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Henry Corbin

















La procesión “en el cielo”, es una enseñanza tradicional entre los espirituales de Islam que hay dos clases de peregrinación: una es la peregrinación del común de los fieles (‘awamm), que consiste en desplazarse para ir a visitar los Santos Lugares; la otra es la peregrinación de los místicos iniciados (khawass) y el deseo del Rostro del Amigo divino. Lo mismo que hay exotéricamente un templo de la Ka’ba que orienta la mirada de las criaturas (una Ka’ba que es su qibla), también hay esotéricamente una Ka’ba que es el objeto de contemplación de la mirada divina, y ésta es el corazón del hombre. El templo material es la Ka’ba alrededor de la cual van en procesión las gracias divinas. La primera es la meta de los viajeros piadosos; la segunda es el lugar adonde descienden las luces puras. Allí está la casa; aquí, el señor de la casa. Para cada uno hay una dirección (qibla) hacia la que orientarse y que es la Ka’ba personal de cada cual. A cualquier lado hacia el que uno se vuelva, es el rostro del amigo lo que encuentra, es decir, el rostro bajo el cual el Deus absconditus  se revela a él, deviene para él, deviene para él Deus revelatus. Y esta figura que misteriosamente revela lo Inefable bajo los rasgos del  Amigo es lo que chiísmo llama el Imam, y se puede decir que éste es el secreto que está en el centro de la espiritualidad chiíta[1], aquel que encontraremos aquí al término de la explicación de la peregrinación. El templo terrenal de la Ka’ba, como centro, es el lugar a cuyo alrededor se realizan las circunambulaciones rituales. Tiene un arquetipo celestial, al igual que lo tiene, también, el rito, puesto que cada centro es el homólogo del otro, y la circunambulación se vincula a la idea de centro. Así como alrededor del centro arquetipo, explica Qází Sa’id Qommí[2] , que es el templo original en el mundo inteligible, va en procesión, como hemos visto anteriormente (II, 3), una humanidad seráfica de pura luz y los ángeles de las jerarquías más elevadas que, por nostalgia insaciada y éxtasis de amor, circunscriben con su vuelo los alrededores de lo Sublime, así también sobre la tierra del alejamiento y de la separación van en procesión los peregrinos alrededor del templo, a fin de conmemorar y rememorar el estado de esas humanidad seráficas superior  (los Catorce Muy Puros). Pues la Intención divina inicial se manifiesta, de universo en universo, manifestado eo ipso la correspondencia constante entre las cosas de arriba y las cosas de abajo.

Sin embargo, entre el supremo grado del templo en el mundo de la Inteligencia y el plano de la naturaleza terrenal en que se eleva el templo de la Ka’ba, hay abundantes escalones intermedios, y es ahí justamente donde se desarrolla el drama, la historia simbólica que encuentra su desenlace en la edificación  de la Ka’ba terrenal. Sobre este punto tenemos un largo relato tradicional que se remonta al V Imam, el Imam Mohammad al-Baqir. El drama <<en el cielo>> se abre en el momento en que Dios anuncia a los ángeles: << Voy a instituir un vicario sobre la tierra>>(2,28), anunciando así la aparición de Adán, en la forma humana terrenal, como califa de Dios en el universo de la Naturaleza.

En este episodio <<en el cielo>>, tal como es meditado en la gnosis ismailí, está la clave de la hierohistoria, pero para la gnosis ismailí como para gnosis del chiísmo duodecimado los ángeles a los que Dios hace este anuncio no son los ángeles de las jerarquías superiores[3]. Para Qázi Sa’id Qommí  los ángeles en cuestión son los ángeles del universo físico(Malá’ika tabí’iya), aquellos que son el malakút de nuestro mundo visible, ese malakút, decíamos, <<donde nuestros símbolo son tomados literalmente>>. Y son estos ángeles los que se estremecen, presa del asombro y el temor ante el anuncio divino del califato confiado al hombre terrenal, pues les parecía que en razón de la pureza de su naturaleza, no había nada que pudiera superar su nobleza y que este califato espiritual hubiera debido corresponderles a ellos. << ¿Vas a establecer en la tierra, preguntan, a un ser que cometerá desórdenes y extenderá la sangre?... Yo sé, les respondió Dios, lo que vosotros no sabéis>> (2,28). Comprenden entonces el límite de su conocimiento y la insuficiencia de sus fuerzas. La respuesta divina es percibida por ellos como el efecto de un desagrado divino, como si la luz divina se velara entonces a ellos, y por eso, explica el relato del Imam, buscaron refugio junto al Trono donde penetran cada día setenta mil ángeles; marcharon en procesión a su alrededor durante siete días o durante siete mil años, las variaciones en días y años no tienen apenas significación cuando se trata del <<tiempo sutil>>(zamán latíf); solo la cifra siete importa, porque simboliza siempre en este episodio el intervalo de un retraso que colmar, el <<retraso de eternidad>> que redimen los siete períodos o milenarios del ciclo de la profecía[4] . Y por eso, explica nuestro autor, se realizan ritualmente siete circunambulaciones alrededor de la Ka’ba terrenal, una por cada milenario.

El trono alrededor del cual marchan en procesión los ángeles en este episodio es, puesto que se trata de los ángeles del universo físico, el templo de Alma del universo, es decir, el templo en el mundo del malakút, aquel que bajo la forma de su manifestación física es designado como el Trono Glorioso(la IX esfera, supra II,3). Su descripción simbólica marca a la vez su diferencia y su semejanza respecto del Trono de la Soberana Unidad, simbolizado en la Tienda descendida del cielo. El relato del Imam explica que este trono del malakút o templo en el mundo del Alma está constituido por un mármol de blancura inmaculada, exento de todas las impurezas de las modalidades materiales físicas (se trata, pues, de un templo hecho de la materia completamente sutil del mundus imaginalis). Su tejado es de Jacinto rojo. Hemos visto ya que color rojo resulta de la mezcla de la luz y las tinieblas, y que simboliza el estado del ser donde lo divino que es luz está mezclado con lo creatural que es tiniebla. Además, ese tejado es la realidad misma del mundo del malakút, su <<alma>>(al-nafs al-malakútíya), porque el alma es como una diadema colocada sobre el tejado por relación al templo. En cuanto a las columnas del templo, son aquí verde esmeralda, porque son los vestigios que emanan del flujo del Alma del universo sobre el cuerpo universal, y por que el color verde se sitúa aproximadamente en la mitad entre blanco y el rojo (como en el templo de la Soberana Unidad el color violeta de las cuerdas se situaba en la mitad entre el color amarillo oro del mundo de las Inteligencias y el color rojo que resulta de la mezcla de lo divino y lo creacional).

Cada detalle, cada coloración, de la estructura del templo, cuenta con un simbolismo que convendrían explicitar por comparaciones múltiples. No podemos hacerlo aquí. Nos limitaremos a poner de relieve algunas indicaciones sugerentes. Dios consideró con amor esta iniciativa de los ángeles del malakút, y les ordenó <<bajar a tierra>> para construir allí un templo que fuera su imagen (la imitación, la hikáyat, la <<historia>>). Fue el templo alrededor del cual Adán, y después sus hijos, realizaron sus circunambulaciones a imitación de los ángeles del malakút. Pero en la época del Diluvio los ángeles se llevan este templo de la tierra y lo transfieren al IV cielo.

El significado profundo del Diluvio, no ya como acontecimiento geológico sino como cataclismo espiritual, se transparenta en esta transferencia. Traído por los ángeles a la tierra como el santo Graal de nuestras tradiciones occidentales, el templo es arrebatado por los ángeles a la mirada de los hombres, cuando éstos se han hecho incapaces o indignos de verlo[5]. Abraham, el expatriado espiritual, reconstruirá sobre tierra un templo sobre los cimientos del templo desaparecido. Y por eso, realizando siempre los ritos exteriores, el peregrino abrahámico sabe que su verdadera peregrinación se realiza alrededor de un templo invisible, en el espacio del malakút. 
  
Fuente: Templo y contemplación. Ensayos sobre el islam iranio



[1] Resumimos así fielmente una larga anotación persa de Sabzavari, op. cit.,p. 184; es un testimonio del sentido espiritual en un teólogo iranio de nuestros días. Los versículos coránicos por los que concluye son de los particularmente preferidos por la espiritualidad chiíta. <<Cada uno tiene una playa del cielo hacia la que se orienta>> (2,109) y << Hacia cualquier lado que os volváis, allí está la Faz de Dios>>(2,109), Faz que es el Imam (el que guía), porque es aquella bajo la que se revela el Amigo. Ahí está en efecto toda la mística chiíta.
[2] Aquí comienza el c. IV del Kitáb asrár al-Hajj (cf.supra n.32), fol. 182 y 182 b.
[3] Cf. En nuestro trabajo<<Herméneutique spirituelle compaée>>, cit., la nota 149 sobre la interpretación de este episodio << en el cielo>> por la gnosis ismailí, con el texto del Hadíth del Imam Ja’far, contando cómo su padre, el Imam Mohammad Báqir, enseño, junto a la misma Ka’ba, el origen celestial del templo a un misterioso extranjero.
[4] Véase sobre este punto H.Corbin(ed.), Trilogie ismaélienne, cit., Index, s.v.<<sept>>.
[5] Sobre el sentido espiritual del Diluvio y la historia de la Ka’ba sustraída al cielo por los ángeles, cf.supra n.65, así como los 6 y 9 del mismo estudio(el tema de Noé y el Diluvio, tal como es tratado en Swedenborg y en la gnosis ismailí).

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