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El 2011 ha sido un año de gran convulsión en diversas latitudes del planeta. El primer estallido social comenzó el 17 de Diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años, vendedor informal de verduras y único sostén económico de una familia de 8 personas, se prendió fuego a si mismo frente a la alcaldía de la ciudad de Sidi Bouzid, Túnez. Un par de horas antes, la policía municipal había amenazado con desalojarlo de la calle por vender sin permiso de la alcaldía y, tras negarse Mohamed a sobornarlos, su mercadería y herramientas de trabajo fueron confiscadas. La noticia de su inmolación se esparció rápidamente a lo largo del país, fungiendo como un catalizador de la rebelión popular que perdura hasta el día de hoy y que, en cuestión de un mes, consiguió espantar al dictador Zine el-Abidine Ben Ali al (cómodo) exilio en Arabia Saudita.

Además de Túnez, en estos últimos meses hemos sido testigos de manifestaciones masivas (que muchas veces han roto récord) en latitudes tan diversas como las de Egipto, España, Wisconsin (EE.UU.), Grecia, China, Inglaterra, Zimbabwe y Chile. Si bien no todas las protestas han tenido las mismas características, ni el mismo éxito, en todas hay al menos dos factores comunes: 1) son una reacción al sensible deterioro, consumado o aún evitable, de las condiciones de vida de las mayorías populares, y 2) entre su liderazgo resalta bastante gente relativamente joven sin vínculos directos o demasiado intensos con las instituciones políticas formales (partidos y sindicatos). Un tercer factor, de considerable importancia en la mayoría de los casos, pero frecuentemente sobredimensionado, ha sido la capacidad nunca antes alcanzada para amplificar los mensajes de la protesta a través del Internet.

El héroe por antonomasia de los “activistas virtuales” en 2011 ha sido Wael Ghonim, ingeniero informático de extracción acomodada, ejecutivo de Google responsable del marketing para el Medio Oriente y el Norte de África, quien en su tiempo libre era administrador de una página web contra la brutalidad policial en Egipto fundada luego del escándalo que sacudió al país por el asesinato en circunstancias aún no esclarecidas de un joven de clase media llamado Khaled Said. Por el rol de esta página web en las convocatorias a las primeras protestas, Ghonim fue arrestado y desaparecido durante varios días en medio de la revuelta que terminó con la caída del dictador egipcio Hosni Mubarak. Tras su liberación (producto de la presión de Google), la cara de este ciberactivista se convirtió en uno de los íconos de la rebelión egipcia. Inmediatamente de la caída de Mubarak, Ghonim pidió públicamente a los manifestantes regresar a sus casas y levantar las protestas que continuaban, para que Egipto retornara “a la normalidad”.

A la población salvadoreña, las noticias sobre estos acontecimientos llegan lenta y escuetamente (si es que sobreviven los filtros de las salas de redacción de varias agencias y empresas mediáticas) resumidas para caber en la esquinita que quedó vacía de la sección internacional de los diarios, o en los  segundos finales de los noticieros televisivos. Esto facilita la manipulación conveniente de las narraciones heroicas para que encajen en los más variopintos discursos y concuerden con las agendas de sectores que poco o nada tienen en común con los protagonistas. 

Una de las corrientes de manipulación más peligrosas, difundida interesadamente desde los grandes medios nacionales, lleva a muchas personas a caer en la ilusión de que en El Salvador, al igual que en “todas” las revueltas del 2011 hemos entrado a una “nueva era de activismo político”, enraizada en las redes sociales de Internet y los blogs de la población. Estas loas a las nuevas tecnologías olvidan que este tipo de manifestaciones no ocurren sino debido a las terribles condiciones de vida que enfrentan los miles de manifestantes desempleados y excluidos, quienes muchas veces ni siquiera tienen acceso a Internet.

Para el caso de El Salvador, la gente con acceso a internet, por muy remoto o superficial que sea, no sobrepasa (según el censo) el 8% de la población total, y la probabilidad de que una persona esté dentro de  este segmento va de la mano con su nivel de ingresos y su posición en la escala social. Esto quiere decir que a este campo de batalla solo entran las clases más privilegiadas de la sociedad.

Al realzar la importancia de las redes sociales y el Internet en el desarrollo exitoso de las revueltas se confunde el fondo (las demandas de las protestas) con la forma (el rol del internet en dichas protestas). Se invisibiliza a la inmensa mayoría de los protagonistas de las revueltas, los millones de desempleados y trabajadores explotados en todo el mundo, junto con sus demandas de “trabajo”, “justicia” y “dignidad”, enfocando toda la atención en los (pocos) activistas de clase media y en sus demandas de “libertad” y “derechos individuales”. Nos quieren hacer creer que los héroes de la revuelta son los Ghonim que en su tiempo libre actualizan una página web, cuando, en verdad, quienes se sacrifican y se juegan la vida al por mayor son los pobres, desempleados y excluidos, los millones de Bouazizi sin futuro del mundo entero.

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