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Es evidente que el Islam es una religión de ámbito mundial y carácter eterno. Mientras el Santo Profeta (BP) estuvo con vida, fue él quien lideró su comunidad; después de su fallecimiento el liderato debería pasar a manos del más digno y del pueblo que estuviese preparado para recibirlo.

El debate respecto a que si el liderato, después del Profeta Muhammad (BP), es una jerarquía derivada de una orden Divina y estipulada por Su Mensajero, o es producto de una votación, se divide en dos diferentes opiniones: la escuela Shî'ah sostiene la idea que este rango es por designación Divina y el sucesor del Profeta (BP) debe ser elegido por Dios; mientras que la escuela Sunnah opina que éste debe ser elegido en una votación realizada por la Ummah

Los sabios Shî'ah, han expuesto en sus obras religiosas, muchas razones que demuestran la necesidad de que el califato debe ser por designación Divina, no obstante lo que queremos realizar aquí es un análisis de las características del gobernador en la época de la revelación, lo cual constituye un testimonio evidente que respalda la opinión de la Shî'ah.

Si estudiamos la situación política, tanto interna como externa del Islam, que reinaba en tiempos del Profeta (BP) observamos que dicha situación exigía la necesidad de que el sucesor del Mensajero fuese elegido por Dios Sapiente a través de éste, pues en esos momentos la sociedad islámica se veía atacada por tres frentes: el Imperio Bizantino, el Reino de Irán y los hipócritas. Los intereses de la Ummah exigían que el Enviado al escoger a su sucesor político, unificase a todos los musulmanes en contra del peligro exterior, para acabar así con la influencia y el domino que ese tenía, el cual se enriquecía con las diferencias internas. A continuación explicamos esta cuestión:

Uno de esos peligrosos frentes, estaba formado por el Imperio Bizantino, potencia que se encontraba instalada al norte de la Península Arábiga. El Profeta (BP), hasta los últimos momentos de vida, estuvo planeando el modo de deshacerse de ese enemigo.

El primer enfrentamiento militar de los musulmanes con el ejército cristiano tuvo lugar el octavo año después de la Hégira en las tierras de Palestina, finalizando este enfrentamiento con la muerte de tres importantes comandantes musulmanes llamados Ya'far Taîîâr, Zaîd Ibn Hârizah y 'Abdul.lah Ibn Raûâhah y, por consiguiente, la derrota del ejército islámico.

El retroceso de las tropas musulmanas frente al ejército de los incrédulos, llenó de coraje al ejército del César, que quedó ansioso esperando el momento adecuado para atacar e invadir la capital del Islam. En el noveno año después de la Hégira, el Profeta (BP), acompañado de un gran ejército, se dirigió a la frontera de Damasco para dirigir personalmente el enfrentamiento militar. Fue este viaje, lleno de penurias e inconvenientes, el que hizo que el ejército islámico recuperara su prestigio e iniciara de nuevo sus actividades políticas. Sin embargo, esta victoria no satisfizo al Profeta (BP), por lo cual, unos días antes de su enfermedad, formó nuevamente un ejército comandado por Usâmah, con órdenes de dirigirse a la frontera de Damasco y permanecer allí.

La segunda de las amenazas era el Emperador de Irán, Jusrû, quién había roto con furia la carta de invitación al Islam enviada por el Mensajero de Dios, quien con insolencia había echado a su enviado. Después de lo cual Jusrû escribió al Gobernador de Yemen ordenándole que tomara prisionero a Muhammad (BP), y si éste se oponía, debía matarlo.

Sabemos que Jusrû Parwîz –Emperador de Irán– murió antes que el Profeta (BP) pero la cuestión de la independencia que veían venir los seguidores de Jusrû en la región del Yemen –región que durante una época formó parte de Persia–, cegaba el odio y orgullo de los cortesanos iraníes, quienes no podían soportar la idea de un nuevo poder.

El tercer peligro, los hipócritas, quinta columna que viviendo entre los musulmanes provocaban felonías y creaban hipocresía hasta el punto que intentaron matar al Profeta (BP) atacándolo en el viaje de regreso de Tabûk a Medina. Uno de estos grupos murmuraba que con la muerte del Enviado se desintegraría el movimiento Islámico, recobrando así la tranquilidad.[1]

El poder de destrucción de los hipócritas era tal, que son recordados en el Corán en los suras: La Familia de Imrán (3:), Las Mujeres (4:), La Mesa Servida (5:), El Botín (8:), El Arrepentimiento (9:), La Araña (29:), La Coalición (33:), Muhammad (47:), La Victoria (48:), El Hierro (57:), La Discusión (58:), La Reunión (59:) Los Hipócritas (63:).[2]

¿Acaso, no era lógico que el Mensajero Divino, con la existencia de tales enemigos poderosos que esperaban el momento adecuado para emboscar al Islam, escogiese a su sucesor religioso, político y... para la nueva sociedad islámica?

Los cálculos sociales demuestran que el Profeta (BP), al presentar a un portavoz y líder, pretendía evitar cualquier discordia después de su muerte y al crear una estrategia defensiva, aseguraba la fraternidad islámica; del mismo modo prevenía cualquier suceso inesperado, evitando que después de su fallecimiento, cualquier grupo dijese: "El Amîr debe ser de los nuestros".

Este cálculo es el que conduce a la correcta afirmación de que el liderato, después del Profeta (BP) debió ser por designación Divina.
Otro testigo: Dichos del Mensajero de Dios (BP).

Tomando en cuenta las bases sociales, además de otras causas, el Profeta Muhammad (BP) desde los primeros días de su nombramiento –bi'zzat– hasta los últimos días de su preciada vida, repetidas veces expuso la cuestión del sucesor; tanto al inicio de su tarea, cuando invitó a sus familiares para informarles de la misión que se le había confiado, como también los últimos días antes de su fallecimiento, o cuando regresaba del hayy de despedida en Ghadîr Jum, y en muchas otras ocasiones a lo largo de su vida. Para obtener más información al respecto puede consultarse la pregunta número dos de esta obra, donde se encontrará con tres ejemplos fiables respecto a este tema, los cuales han sido registrados por los sabios islámicos en sus libros y respaldados con documentos.

Tomando en cuenta las condiciones en las que se encontraba la sociedad islámica y al analizar los textos del Mensajero de Dios respecto a la designación de 'Alî Amîr ul Mu’minîn como su sucesor, se evidencia la necesidad inevitable de que el califato debió ser por designación Divina.

[1]. Sagrado Corán At-Tur (52:30)

[2]. Extraído de "La Luz de la Eternidad", de Ya‘far Subhâni.

Fuente: al-shia.org


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