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Si tal como sostiene Alain Roussillon(1) , afirmamos que el Islam emerge como el "gran Otro" del capitalismo globalizante de hoy, reconocemos con esta aseveración la construcción identitaria que realiza Occidente (2) , adjudicándole a ese Otro características sociales, culturales y políticas que lo determinan como diferente y amenazador.

La amenaza que supone este Islam de diseño radica, siempre según el discurso académico-mediático occidental,  en la violencia constitutiva que supuestamente caracteriza a esta religión. Con el fin de consolidar este prejuicio se insiste en vincular la expansión del Islam en sus primeros años de historia a una serie de acciones militares motivadas más por el deseo de apropiarse de nuevos botines que de difundir La Revelación. La mayor parte de los textos escolares presentan al Islam desde esta perspectiva, fortaleciendo desde la educación temprana el estereotipo que procurará consolidar el permanente bombardeo mediático.

Lejos de quedar relegado al plano meramente discursivo, la construcción occidental de este Islam esencialmente virulento debe tener un correlato palpable en los hechos que permita su abordaje académico y legitime, de esa manera, el mensaje mediático en una permanente retroalimentación discursiva. A tal efecto, la política exterior llevada a cabo por las potencias europeas y los Estados Unidos con respecto a la situación de los musulmanes en el mundo, está encaminada a la instauración definitiva de ese Islam violento como el único existente que justifique la paranoia, el temor y la autoafirmación identitaria.
 
Se procede entonces a la conflictivización de los espacios musulmanes a partir de la exacerbación de las tensiones religiosas y étnicas con la participación activa de las potencias occidentales en estos procesos. No se trata de un accionar novedoso; ya habían comprobado la eficacia de estos métodos  en la larga y tortuosa descomposición a la que  sometieron al  Imperio Otomano durante el siglo XIX y XX. Lo distintivo en este caso es la amplitud de este proyecto que adquiere dimensiones planetarias. No se trata hoy de desmantelar un imperio enemigo sino de proceder a la construcción y delimitación de un espacio religioso-cultural violento que permita la perpetuación de una percepción identitaria occidental, que se piensa superior y al mismo tiempo amenazada.

El caso de Bosnia y Chechenia ilustran muy bien el accionar de Occidente. La caída de la Unión Soviética y sus satélites vino de la mano de la exacerbación de las identidades nacionales vinculadas con lo étnico-religioso. Europa occidental y los Estados Unidos apoyaron las reivindicaciones nacionales de la mayor parte de los pueblos sin que ocurriera lo mismo cuando los que demandaban ese derecho eran musulmanes. Con suma rapidez se reconoció la independencia croata y macedonia, más cuando Bosnia pretendió seguir ese camino se abandonó a este Estado a las ambiciones depredadoras de Serbia y Croacia que contaron con el apoyo económico y militar explícito de Rusia y Alemania respectivamente.  Bosnia lanzó un primer llamado a la comunidad internacional sin recibir respuesta alguna. Sin embargo sus pedidos de auxilio fueron escuchados por otros musulmanes del mundo y varios contingentes islámicos se hicieron presentes en los Balcanes para defender al maltratado pueblo bosnio. Ampliamente documentada está la complicidad de las fuerzas de Naciones Unidas en las matanzas de civiles bosnios llevadas a cabo por los paramilitares serbios, así como su participación en las redes de tráficos de personas. Las opciones que le fueron brindadas a Bosnia fueron: la aniquilación y el desmembramiento  o la constitución de una fuerza militar con características identitarias religiosas (islámica) que procediera a la defensa del territorio. El modelo de un Islam mundializado y  violento ya estaba construido. Surgieron entonces un sinfín de estudios académicos que ponían el acento en los peligros que representaba esta fuerza islámica internacional en el corazón de Europa, implicándola, como no podía ser de otra manera, con todo tipo de redes terroristas.  Estos grupos, llamados "extranjeros", fueron la moneda de cambio que exigió Occidente para detener, en un endeble statu quo, la masacre que se estaba operando contra los bosnios.

El caso checheno ofrece similitudes sorprendentes. Luego de decenas de años de opresión soviética, este pueblo musulmán  inicia un proceso independentista tal como habían hecho otras naciones después del derrumbe comunista. La valentía del pueblo checheno permitió, en un primer momento, la expulsión de las tropas rusas. Algunos recordarán todavía aquella imagen memorable de un anciano checheno realizando dhikr (3) frente a los restos quemados de un tanque ruso en Grozny. Pero la respuesta rusa no se haría esperar y, con la anuencia Occidental, se desatará con una furia inaudita. A pesar de la innumerable cantidad de denuncias por violaciones a los derechos humanos, ningún país occidental intentó sanción alguna contra Rusia. Nuevamente, quienes acudieron en auxilio de los musulmanes chechenos fueron grupos armados de otras latitudes de la Ummah. Como en el caso bosnio, la inacción de la comunidad internacional se presentaba ante los ojos chechenos como la prueba incuestionable de la voluntad de Occidente de destruir a los pueblos musulmanes. Esta percepción condujo a los grupos de la resistencia chechena a la radicalización  identitaria religiosa, único espacio referencial que se había mostrado solidario con sus aspiraciones libertarias.  Occidente tenía entonces la prueba necesaria para demostrar que el espacio del fundamentalismo islámico se extendía por todo el mundo musulmán. 
 
La experiencia reciente de Kosovo y su independencia no escapa, aunque parezca, a la lógica descrita. Si bien la voluntad separatista de Kosovo fue reconocida por buena parte de las potencias occidentales, este reconocimiento apunta a acrecentar los conflictos religiosos en la región. Para que este territorio tuviese  viabilidad económica debería incorporarse a una unidad mayor con referencias identitarias similares como Albania, pero esto de ninguna manera está contemplado. Occidente acepta entonces la creación de unidades territoriales inviables, dependientes del financiamiento usurero de los organismos internacionales de crédito, fuentes inagotables de tensión religiosa e inestabilidad política.

La perversión de este proyecto a gran escala para los espacios islámicos es mayúsculo: se intensifican las tensiones identitarias religiosas y se abandona, luego, a los pueblos musulmanes a elegir entre la radicalización y la militarización o el exterminio. En este proceso, que desangra en vidas a la Ummah, se construye ese Islam radical, violento y amenazante funcional a la necesidad occidental de perpetuar una identidad  social, económica y cultural que se encuentra en una franca, y cada vez más palpable, decadencia.

*Musulmán Chiíta Argentino, colaborador fijo de la revista "Biblioteca Islámica", es además administrador responsable del blog islámico http://oidislam.blogspot.com

Notas bibliográficas:

1-Cfr. ROUSSILLON,A. Oriente, islamismo y diferencia. Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2003.
2-Aunque el concepto de Occidente no resulta el más apropiado, hacemos uso del mismo para referirnos al espacio cultural europeo occidental, norteamericano y  a las construcciones identitarias que se piensan herederas de esta tradición.
3-Recuerdo de Los Nombres de Dios.

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