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Durante siglos, estuvo prohibido plantear esta pregunta en serio: sobre los musulmanes (como sobre los cristianos en relación con la Biblia) pendía la amenaza de la excomunión con todas sus consecuencias. ¿Y quién puede cerrar los ojos al hecho de que, desde las primeras conquistas islámicas, las cruzadas, la toma de Constantinopla y el sitio de Viena hasta la revolución iraní bajo el ayatolá Jomeini, esta pregunta ha dividido profundamente a la humanidad desde el punto de vista político? Pues tan evidente como era para los musulmanes- desde África occidental hasta Asia central e Indonesia- decir sí al Corán en cuanto palabra de Dios y orientar conforme a él su vida y su muerte, así de evidente resultaba también para los cristianos piadosos del mundo entero decir no al carácter revelado de ese libro. Y no sólo para ellos, sino también, luego más tarde, para los estudiosos de la religión de los secularizados países occidentales, quienes, con la misma naturalidad, entendían el Corán no como palabra de Dios, sino sistemáticamente como palabra de Muhammad.

El primero en analizar con perspicacia este planteamiento, todavía amenazador para muchos fieles de uno y otro credo, fue en 1963 el estudioso canadiense de la religión Wilfred Cantwell Smith. Y hay que darle la razón: ambas respuestas, que curiosamente eran mantenidas tanto en uno como en otro campo por personas inteligentes, críticas y del todo sinceras, se basan en último término en una no cuestionada y dogmática pre-comprensión (pre conviction). La concepción en cada caso contraria era tenida bien por la incredulidad- para los musulmanes, la respuesta negativa de los cristianos- bien por superstición - para los cristianos la respuesta afirmativa de los musulmanes. ¿Es cierto entonces lo que un colega norteamericano de Smith, Willard Oxtoby, solía enseñar como advertencia a tener en cuenta en el estudio de las religiones: "You get out what you put in" ("Uno extrae como resultado lo que previamente ha puesto")? Así pues, quien de antemano considera el Corán palabra de Dios, ¿verá siempre confirmada su opinión por la lectura del mismo y viceversa? Sin embargo, me pregunto si no es posible escapar a esta contradicción, que a la larga no resulta en absoluto satisfactoria desde el punto de vista intelectual. ¿No hay cada vez más cristianos, y quizá también musulmanes, que disponen de informaciones más precisas sobre su propia posición y sobre la fe de los otros y que, por tanto, plantean preguntas autocríticas? Aquí me gustaría formular antes de nada una pregunta crítica a los cristianos: ¿es posible para un cristiano entender el Corán como palabra de Dios dirigida a los musulmanes? Durante demasiado tiempo, la teología cristiana descalificó sin más el Corán como un "Libro mendaz", confeccionado a partir de elementos bíblicos. Incluso el laudable autor de la "primera traducción alemana a partir del original árabe", el profesor David Friedrich Megerlin, presentaba en la portada de su obra (1772) el Corán como la "Biblia turca" y, en la contraportada un grabado, un grabado en cobre de "Mahoma, el falso profeta". Y algo parecido hizo el primero que tradujo directamente el original árabe a una lengua vernácula europea, el francés André du Ryer (1647). Por fortuna, el teólogo de Tubinga Johann Adam Moler fue el primero que, en un artículo sobre Jesús y Muhammad escrito en el año 1830, resaltó la independencia del Corán en cuanto documento religioso. Si se asume que Muhammad no fue sino un embaucador y un falso profeta, se hace "del todo inexplicable…. el surgimiento del Corán, en el que con frecuencia nos salen al encuentro una forma de piedad por completo original, una conmovedora devoción y una poesía religiosa sumamente peculiar. Es imposible de que se trate de algo simulado y forzado, como no queda más remedio que suponer si queremos ver en Mahoma a un mero embaucador… Muchos millones de personas nutren y cultivan con el Corán una vida religiosa y moral digna de toda consideración, y no resulta creíble que esto se lo deban a una fuente inane". A ello hay que añadir que, históricamente, la misión cristiana entre los musulmanes fue un rotundo fracaso, al igual que, a la inversa, tampoco la misión musulmana entre los cristianos dio - ni da - frutos. Y, cuanto más se conocen entre sí cristianos y musulmanes y renuncian a "convertir" sencillamente al otro, tanto más crecen entre los cristianos las dudas acerca de la pertinencia de su negativa actitud ante el Corán. Para nuestro actual planteamiento teológico, lo decisivo no es cómo recibió Muhammad la revelación, sino si fue testigo de una revelación de Dios.

Pero ¿puede uno como cristiano plantearse siquiera semejante pregunta? De acuerdo con la Biblia, ¿no debería rechazar de antemano tal posibilidad? ¿No contiene en Nuevo Testamento una plétora de manifestaciones negativas sobre el error, la tiniebla y la culpa del mundo no cristiano? Estos juicios se dirigen, en realidad, contra aquellas personas que culpablemente se cierran al mensaje bíblico. Sin embargo, no se trata tanto de juicios condenatorios definitivos cuanto de claras exhortaciones a la conversión. Y no debe olvidarse que, junto a ellos, se encuentran no pocas declaraciones positivas sobre el mundo no cristiano, según las cuales existe un anuncio originario de Dios al conjunto de la humanidad. En efecto, tanto según el Antiguo como el Nuevo Testamento, también los no judíos y los no cristianos pueden reconocer al Dios verdadero: para ellos está abierta la posibilidad de reconocer en la creación lo que estos mismos textos entienden como revelación de Dios. Ante este trasfondo bíblico, ¿podemos, pues, excluir que, gracias a la revelación de Dios en la creación, innumerables personas de épocas precedentes y del presente tuvieron y tienen experiencia del misterio divino? ¿Podemos excluir que, de este modo, se comunique asimismo a personas concretas un conocimiento especial, se les encargue una tarea singular, se les conceda un carisma impar? Y, a la vista de todo lo dicho, ¿no podría ser ése precisamente el caso de Muhammad, el profeta de la pagana Arabia? "Extra ecclesiam nulla conceditur gratia" ("Fuera de la Iglesia no ha sido concedida gracia alguna"): esta opinión fue condenada incluso por el magisterio de manera explícita. Sea como fuere si reconocemos a Muhammad como profeta poscristiano, también debemos conceder en consecuencia aquello que los musulmanes más le importa: que su mensaje no es sólo palabra de Muhammad, sino palabra de Dios.

Fuente: El Islam, Historia, Presente y Futuro, Hans Küng, Editorial Trotta S.A, Madrid, 2006, pp. 96 a 98

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