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Desde su triunfo el once de febrero de 1979, la Revolución islámica de Irán ha sido objeto de un sinnúmero de ataques por parte de las más diversas líneas políticas, generando una amplia producción mediática y académica sobre la misma y su posible devenir. La "izquierda" y la "derecha" política occidental respondieron, ante el desconocimiento casi total de lo que ocurría en Irán, con diagnósticos siempre desfavorables para con el carácter "religioso" del movimiento revolucionario.
Intentaremos, a continuación, realizar un breve repaso de aquellas primeras apreciaciones para luego contraponerlas con las que, en la actualidad, abundan en el discurso hegemónico mediático-académico de "Occidente".

La "izquierda" occidental y "lo religioso"

En una pobrísima y descontextualizada lectura de la celebre expresión marxista según la cual la religión no es más que el opio de los pueblos, la izquierda occidental cargó contra la Revolución más por sus prejuicios anti-religiosos que por las medidas económico-políticas por ella llevadas a cabo. De hecho, el desconocimiento de la izquierda sobre la situación iraní al momento de la revolución era casi total, y buena parte del material de esta corriente ideológica que intenta explicar la Revolución y sus actores lo demuestran(1).

En algunos ámbitos intelectuales la Revolución recibió, sólo en un primer momento, una mejor acogida. Como sostiene Gómez Parra, el efecto "novedoso" de una revolución popular explícitamente religiosa fascinó a pensadores tan disímiles como Foucault y Baudrillard, pero estas manifestaciones pro revolucionarias fueron más una excepción que la regla. El mismo Baudrillard recuerda que aquellas expresiones de Foucault le valieron a éste "la enemistad de buena parte de los medios intelectuales y políticos franceses(2)"  .  Ni siquiera Roger Garaudy, pensador musulmán surgido de la izquierda francesa, ha podido escapar a ciertos estereotipos occidentales y los hace suyos en su libro Los integrismos(3), empleando incluso los mismos conceptos de los que se vale la paranoia derechista en su clasificación poco rigurosa de las manifestaciones políticas del Islam.

Tras el desconcierto inicial, la "izquierda" occidental comenzó a valerse del discurso de ciertos grupos iraníes disidentes, sin modificar su postura inicial claramente opuesta a la dirigencia religiosa. Así empezaron a reproducir "denuncias" sobre persecuciones y detenciones a militantes de izquierda en Irán, afirmando que los líderes islámicos se habían valido de ellos para conseguir el triunfo de la Revolución y ahora se desembarazaban de los sectores "progresistas" para organizar un sistema político conservador, reaccionario y básicamente derechista. Estas aseveraciones, que no llegan a ser un análisis, omiten mencionar que sólo una figura religiosa de la talla del Imam Jomeini pudo conducir un levantamiento popular de tamaña magnitud, mientras que la izquierda y los sectores nacionalistas ni siquiera pudieron defender a Mossadegh y sus políticas anti-imperialistas frente al golpe de 1953. Tampoco recuerdan las palabras del entonces presidente soviético Kruschev cuando, al hablar de la situación pre-revolucionaria iraní, sostenía que "Irán es una manzana podrida, y lo único que debemos que hacer es esperar a que caiga en nuestras manos"(4). De hecho, no encontramos una sola mención al imperialismo soviético, sus ambiciones en la zona y sus relaciones con los comunistas iraníes en los materiales de "estudio" de la izquierda. De nada valen las importantes transformaciones económico-políticas que la Revolución ha ido realizando; se desconoce intencionalmente que en 1979 Irán asistió  a una verdadera Revolución popular, anti-imperialista y liberadora, que enfrentó un intento de invasión por parte de fuerzas norteamericanas en abril de 1980, que soportó una guerra impuesta durante ocho años casi inmediatamente después de su triunfo, y que enfrentó a grupos armados terroristas como los Muyahidines Jalk (de inspiración comunistas) legitimados por Europa y apoyados financiera y militarmente por los Estados Unidos.(5)¿Cuántas revoluciones populares en el mundo han podido resistir e estos embates? El cinismo de la izquierda es ciertamente mayor si consideramos que, en esta parte del mundo, ha visto con muy buenos ojos la experiencia político-religiosa de los sacerdotes cristianos de la Teología de la Liberación, y la religiosidad de la revolución nicaragüense donde, según un defensor de la misma como Graham Greene, "la educación está en manos de los jesuitas (…) y los asuntos exteriores están en las de los católicos".(6) Aquí la crítica hacia otras religiosidades libertarias parece estar guiada por un orientalismo eurocéntrico que las deprecia.

La "derecha" occidental y "la radicalidad política"

       La derecha occidental se ha manifestado claramente, desde el inicio de la Revolución, como su enemigo. Aliada incondicional del estado sionista y sus intereses, la derecha se ha valido de un variado arsenal discursivo que pone el énfasis en la "irracionalidad" que caracteriza a los movimientos islámicos, en clara sintonía con los prejuicios orientalistas del siglo XIX en los cuales Oriente encarnaba el espacio de la desmesura. La "radicalidad política" que manifestaba la Revolución sólo podía ser el resultado de esta misma irracionalidad a la que los medios rápidamente calificaron como "medieval" (adjetivo ampliamente utilizado pero nunca rigurosamente definido). Se construyó así la figura de un Jomeini dictatorial, producto de expresiones políticas superadas en Occidente, resultado directo de el atraso intelectual de todo un pueblo; todos los elementos del discurso colonial orientalista estaban presentes en estas ideas.

       Sin embargo, los gobiernos derechistas de Occidente, intentaron minar la unidad revolucionaria en varias ocasiones. La más publicitada, más no por eso correctamente comprendida, fue lo que se llamó el asunto Irán-contras, una triangulación de armas  desde EE.UU. hacia Irán, con el desvío a la contra nicaragüense de los fondos resultantes de la operación.   Poco se dijo que esta acción respondía a un proyecto israelí-norteamericano de fortalecimiento de lo que, según el Informe Ghorbanifar (tal era el apellido del espía), constituía el "ala derechista" de la Revolución conformada por el ejército, la policía y la mayoría de los comerciantes iraníes(7).  El fracaso del operativo fue rotundo y dejó al descubierto la inoperancia de los servicios de inteligencia israelíes y norteamericanos así como la unidad del frente revolucionario iraní.

       Asimismo, las manifestaciones universitarias de Teherán en 1999, fueron presentadas mediáticamente como el resultado del descontento popular juvenil contra las características islámicas de la Revolución y se escucharon, nuevamente, teorías acerca de las divisiones irreconciliables hacia el interior del gobierno. Pero cuando repasamos los nombres de los supuestos "opositores" al régimen nos encontramos con funcionarios y políticos que participaron activamente en los primeros diez años de la Revolución junto con Jomeini, y que las reformas solicitadas en las manifestaciones no implicaban de modo alguno el abandono de la República Islámica.  El fantasma de la división reina así en el discurso mediático de la derecha; las distintas opiniones sobre el futuro de la Revolución son presentadas como manifestaciones de debilidad del proceso, y nunca como el fortalecimiento del espíritu democrático hacia el interior del movimiento.
       
La Revolución como proceso

       Debemos comprender que la Revolución es un proceso que, iniciado en 1979, dista mucho de haber acabado. Las décadas de opresión económica e imperialismo cultural no pueden modificarse en poco tiempo y requieren la atención constante de la dirigencia revolucionaria. Cuando se le exige, desde ciertos sectores de izquierda, reformas socio-económicas más radicales a la Revolución, se desconoce la magnitud del andamiaje opresivo a desmantelar. Otras revoluciones han sucumbido por no estar lo suficientemente atentas a lo que significa la construcción de una alternativa política que trascienda el mero aspecto económico y que sea capaz de mantener su independencia con respecto a las potencias de turno.

       A treinta años de aquel febrero de 1979, la Revolución islámica de Irán sigue siendo, no sólo una fuente permanente de lecciones políticas a analizar sino, fundamentalmente, el ejemplo más claro de lo que el espíritu libertario de una religión puede generar cuando se encuentra firmemente asentado en el corazón de un pueblo.

Notas:
1-Un ejercicio recomendable es la lectura del material que, por aquellos años, intentaba dar cuenta de la realidad iraní desde la izquierda occidental. En la publicación independentista vasca Luchas de liberación en el mundo: Cuadernos monográficos de diciembre de 1985, por ejemplo, los partidarios de la Revolución son descriptos como "Los imprevisibles integristas islámicos" que "han exacerbado su locura" (página 40).
2-Cfr. GÓMEZ PARRA, R. Jomeini. Ediciones B, Barcelona, 1989. Página 17
3-GARAUDY,R. Los Integrismos : Ensayos Sobre Los Fundamentalismos en el Mundo. Ed. Gedisa, 1992.
4-GORDON, M. Jomeini. Ed. Hyspamerica, Buenos Aires, 1991. Página 65.
5-Aunque el grupo fue el responsable del asesinato de 73 miembros del gobierno iraní en 1981, el Parlamento europeo aceptó en 1989 como representante moral del pueblo iraní a su líder en el exilio, Masud Rayavi.
6-GÓMEZ PARRA, R. Jomeini. Ediciones B, Barcelona, 1989. Página 16.
7-RAVIV, D. y MELMAN,Y. Todo espía un elegido. Ed. Planeta,  Buenos Aires, 1991. Página 328.


*El Profesor Ángel Horacio Molina (Hussain Ali) es investigador del Centro de Estudios Orientales perteneciente a la Escuela de Letras de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad Nacional de Rosario en Argentina, es colaborador frecuente de la Revista Biblioteca Islámica de El Salvador y además es administrador del blog islámico oidislam.blogspot.com

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