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Este es el título en español de la nueva obra cinematográfica (The Boy in the Striped Pyjamas) que trata el tema del “Holocausto Judío” acaecido durante la Segunda Guerra Mundial. Es necesario reconocer la actuación de los dos niños que forman parte central de la historia. A manera de resumen, el film ve, desde la perspectiva de un niño alemán, en su inocencia, lo cruel de los campos de concentración, convertidos en campos de exterminio de judíos por el régimen Nacional Socialista. El niño alemán (Bruno) entabla una relación de amistad y juego con otro niño (Shmuel) de su misma edad del otro lado de la cerca que marca el límite del campo de concentración, y al final, en un acto de juego y amistad muere junto con su amiguito en una cámara de gas tras los gritos de impotencia de su padre, que además es el comandante de la SS que está a cargo de aquel sitio.


A pesar de no contar con todos los recursos fílmicos como los utilizados en el film de Steven Spielberg en Schindler's List, este trabajo a podido adentrarse en la relación innata de ternura que despierta la inocencia de los niños, y la cólera que puede despertar el que puedan infringir daño a un niño inocente, no cabe duda que el arte cinematográfico norteamericano puede jugar muy bien con las emociones del espectador y llevarlo a un plano de emotividad que pocas veces puede lograr al ver la realidad.


Del celuloide emerge la discusión


A pesar de que en la actualidad existen muchas más voces que antes (al menos unos veinte años) que cuestionan la validez histórica del llamado Holocausto, al menos en la forma como lo presentado Hollywood, El niño con pijamas a rayas cómodamente no se ubica en esta discusión, presenta como un hecho la existencia de las cámaras de gas y cuestiona al victimario en cuanto a que si sentiría lo mismo por la muerte de un familiar en relación a la de sus víctimas, este cuestionamiento es válido, sobre todo en países como los de Centroamérica que vivieron conflictos armados que en determinado momento, como fue el caso de Guatemala, se ubicaron en regiones completamente alejadas de los lugares donde las minorías raciales y económicas se desenvolvían, para esta población, la guerra era algo lejano, no digamos las condiciones que pudieron haberla provocado.


El niño presentado en la película poseía una visión de la guerra poco vivencial, lo cual no pareciera ser cierto por lo globalizante que fue el conflicto a inicios de la década de los cuarenta, sobre todo para las familias de militares.


La carencia de una ideologización por parte del niño, también es incompatible con el hecho de que era hijo de un oficial de las SS, altamente formados con la ideología de la “Raza Superior”. 


Después de sesenta años de haber finalizado la Segunda Guerra Mundial, y después de observar en documentales antiguos, como las tropas norteamericanas obligaban a los poblaciones alemanas cercanas a levantar los muertos de los Campos de Concentración, se me hace difícil creer que “el pueblo alemán” no supiera lo que en estos campos sucedía, recuerdo que cuando las notas de prensa en Guatemala mostraba, a inicios de la década de los ochentas, personas muertas en las calles, sabíamos aun cuando no se dijera abiertamente que era la Policía Nacional la responsable, en todo caso nos obviábamos el hecho y seguíamos adelante con nuestras vidas.


El “Judío” como victima 


Frente a la muerte de otro ser humano no cabe otra idea que la congoja, pero para superar esto existen los prejuicios, los Films del Holocausto han abundado en recalcar el prejuicio racial manipulado mediáticamente, poco se habla de las condiciones de carácter político y financiero que hubo y de los señalamientos reales o inventados por los fascistas, en este sentido no cabe señalar como banqueros, comerciantes y políticos judíos en Inglaterra y Estados Unidos no solo no ayudaron a rescatar a los hermanos que estaban siendo amenazados con ser llevados a campos de concentración antes de 1938, sino que además sabían que la Segunda Guerra Mundial era una oportunidad para los negocios, incluyendo la posibilidad de contar con una nación al finalizar la conflagración.


Era conveniente mantener el Holocausto vivo, no por las victimas ni por su recuerdo, sino porque es un excelente motor de movilización de la opinión pública, Hollywood se convierte en este juego político en la parte de propagandística llevada al plano de arte cinematográfico. ¿Quién no se siente conmovido cuando observa al actor de Oscar Schindler's desplomarse al suelo ante los “judíos que salvo” suplicando que le perdonen por no haber podido salvar más, “por este automóvil me hubieran dado otros diez…” o como es el caso del Niño con pijamas a rayas, la escena en que los dos niños se toman por las manos después de que se les obligara a quitarse las ropas y, ya dentro de la cámara de gas, un soldado alemán esparce el químico  que habrá de provocarles la muerte junto con otros cientos de judíos.


“Todos los judíos son malos” afirma el profesor al hijo del oficial de la SS, e inmediatamente a él viene el recuerdo del niño con pijama a rayas, el cuestionamiento básico es: “¿cómo puede ser malo un niño?” pero más allá de la escena repleta de inocencia, llegados a dos elementos de la simbología de la víctima, el uniforme a rayas, el número, han sido los propagandistas del Holocausto (¿o del Sionismo?) debe de quedar en el imaginario cual marca de producto de consumo masivo, ¡claro!,  de todos los pueblos que han sido sistemáticamente asesinados, el Israelí ha contado con una industria fílmica propia (Miramax), pero no estamos hablando de Hollywood pues, bueno para los que lo saben es precisamente esta industria junto con varios financistas los que mantienen el llamado “lobby israelí” en Estados Unidos, los que hacen posible que a pesar de haber ejecutado a más de 1,500 palestinos frente a las cámaras de los noticieros de todo el mundo se bloqueara las sesiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. 


Incluso en el film de Steven Spielberg titulado Munich que narra secuencialmente el secuestro de los miembros del equipo olímpico de Israel en 1972 y al mismo tiempo “la venganza del Estado de Israel”, el terrorista sigue siendo el otro, el que en palabras de la actriz de la Primer Ministro israelí Golda Meier “no aceptan vivir con nosotros”, esos otros no solo no son presentados por sus principios ni sus causas, sino por sus actos, que además evocan la nueva victimología del judío convertido en ciudadano israelí, del que acepto el bombardeo de campos de refugiados causando más de doscientos muertos todavía paga a un grupo de “valientes israelíes” en Europa para que asesinen a los culpables de lo de Munich, el film como era de esperarse se preocupa por presentar al victimario como víctima de sus propias redes de mentiras y medias verdades, claro con un toque de ternura por su esposa recientemente convertida en madre.


Por supuesto que es necesario mantener viva la imagen del Holocausto, estos Films, inyectan argumentos al discurso de la víctima. Un niño con pijama a rayas no puede ser un victimario, un soldado israelí solo se defiende cuando apunta con su mirilla telescópica y asesina a un niño palestino, que “fue utilizado por el terrorista como escudo humano”.


Después de sesenta años vemos admirados como el Holocausto se mantiene vivo en la creatividad del cineasta y esperamos a ver el próximo.

*Abdel Aziz Valdez es musulmán de Guatemala, antropólogo y máster en psicología social, fundador del Movimiento de Solidaridad con el Pueblo Palestino en Guatemala y escribe artículos para diferentes medios, es además colaborador de la Revista Biblioteca Islámica



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