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«¡En el nombre de Allah, el compasivo, el misericordioso! Allah es la Luz de los cielos y de la tierra. Su Luz es comparable a una hornacina en la que hay un pabilo encendido. El pabilo está en un recipiente de vidrio, que es como si fuera una estrella fulgurante. Se enciende de un árbol bendito, un olivo, que no es del Oriente ni del Occidente, y cuyo aceite casi alumbra aun sin haber sido tocado por el fuego. ¡Luz sobre Luz! Allah dirige a su Luz a quien Él quiere. Allah propone parábolas a los hombres. Allah es omnisciente.»
(Corán XXIV, 3 5.)
La aproximación teosófica expresada en el arte, unida al propio espíritu árabe: lógico, rítmico, teórico y mágico, queda incompleta si no se justifica a partir de la belleza que penetra  a través de los sentidos. Tanto en la poesía como en las artes plásticas, esta se configura a través de la simetría y el equilibrio, premisas sobre las que construye la armonía en la que reposa.

Fruto de su propio entorno, ilimitado por el horizonte del desierto, y de las iniciales condiciones de nomadismo, consuetudinarias a los seguidores del profeta, el carácter del muslín se define a partir de un espíritu profundamente contemplativo. El propio hecho de llegar al conocimiento de Dios a partir de la recitación de sus nombres, como alienta el Corán, no es sino un acto de meditación fonética, que origina una reflexión profunda. En este punto, las artes visuales – incluyendo la caligrafía-  buscan en esta observación dinámica la capacidad de abrir una vía de progreso y conocimiento. El proceso sería justamente el inverso al occidental, donde siempre se parte del racional, aquí el punto de partida es el corazón, que se conmueve en lo que contempla, descubriendo a través del sentimiento razones incapaces de generarse por la propia razón.
La  contemplación parte de dos axiomas, sin los cuales es imposible su verificación, En primer término, la existencia de la belleza, pues sólo la belleza es susceptible de ser contemplada; por otra parte, el ritmo, ya que en todo proceso que se realiza es necesaria la influencia, es imposible concentrarnos en algo inmóvil, pues nuestra mente se agotaría deteniendo la acción.

La belleza nos remite a Dios. Dios es bello y ama la belleza, a partir de lo bello penetramos en lo perfecto y en la virtud Dios ha prescrito la perfección. Tanto el artista como el artesano musulmán han de buscar la máxima de lo bello, ya que es base de lo moral y espiritual. Todo artista es un contemplativo de Dios y del hombre, lo que impegna la obra de una poética que revela el intento de perfeccionamiento de la naturaleza humana  a través de lo sensible, de aquello que nos penetra por los sentidos y empuja una visión mística semejantes a la promovida por las corrientes sufíes. El mundo que penetra por los sentidos  es fugaz, carácter que se materializa en el arte a través de lo decorativo, de la luz y del agua, obteniendo nuevamente a partir de estas vías expresivas la representación de la cosmogonía islámica.

Muy próximo a la caligrafía en los trazos rítmicos, fluidos, se desarrolla el arabesco, conformado por motivos vegetales y florales provenientes de influencias helenísticas, de próximo Oriente incluso de china, que olvidan el rigor naturalista hasta perderse en la abstracción  absoluta. Se trata de tallos convertidos en expresiones lineales en avance, que alternan sus movimientos en fases de evolución e involución, de expansión y contracción, marcados por esquemas curvos con espirales de remate, en una idea de progresión y eterno retorno a la unidad.

El arabesco inicia su desarrollo en el arte islámico en época temprana. Sus manifestaciones más antiguas se pueden observar ya en las decoraciones del palacio Mshatta de época omeya, donde los roleos vegetales, tomados de las formas clásicas, se curvan y pueblan con toda clase de animales, dando nueva actualidad al tema del árbol de la vida. Parecido desarrollo y significado podemos apuntar a decoraciones igualmente tempranas como los mosaicos de las enjutas de la Cúpula de la roca, o los dispuestos en le mihrab de la gran Mezquita de damasco, hasta abundar a partir del siglo x en el total de las realizaciones artísticas. En relación con el arabesco, hay que señalar el entrelazo. Algunos historiadores del arte consideran el entrelazo árabe derivado de los pavimentos romanos de mosaico, sin embargo , su carácter es bien distinto, siendo más probable su presencia en formas arcaicas vinculadas al lenguaje simbólico, a las que el Islam dota de una complejidad geométrica y un ritmo.

Las formas del entrelazo surgen de varias figuras regulares inscritas en un círculo y desarrolladas según los principios de los polígonos estrellados, lo que significa que las proporciones de la figura fundamental se repiten a diferentes escalas. La continuación del entrelazo invita a seguirlo, transformando la visión en experiencia dinámica, acompañada de una satisfacción mental proporcionada por la regularidad geométrica de un conjunto, en el que los espacios ocupados y las zonas vacías se equilibran mutuamente. El entrelazo conformado a partir de una línea o cinta que va revolviéndose sobre sí misma, vuelve nuevamente a reflexionar sobre el tema vertebral del Islam: la unidad en la variedad, y la variedad en la unidad, expresión de la esencia.

La progresión sobre sí mismo del entrelazo permite cubrir la totalidad de las superficies en esa huida del vacío, que se desarrolla en el interior de los motivos como la nada existente. Idea que se acentúa en aquellas composiciones donde el dibujo se produce en negativo en el fondo, haciendo que el vacío sea capaz también de  contener, justificando su propia existencia, a la cual la matemática árabe expresó a través del concepto encerrado en el cero. El intrínseco significado contenido en este tipo de composiciones hacía posible el desarrollo de dos funciones en el arte: por un lado, la propiamente estética; por otro, la contemplativa, razones que llevan a los estudiosos del tema como Titus Burckhardt (Burckhadt T. Barcelona, 1999,pp.66), a afirmar que el entrelazo es la forma decorativa que más complace mentalmente al artesano musulmán.

Otro aspecto muy controlado dentro de las artes es la luz. Esta posee un fuerte contenido místico que remite a la unidad divina y a la creación, pues la luz es sustancia que modela, al crearse a partir de ella misma las sombras. Aparte de la dimensión mística, físicamente la luz crea los volúmenes y las formas, por lo que cumple en el campo de la arquitectura una importante misión alquímica, como transformadora de los espacios y las decoraciones, otorgando a ambos una cualidad fugitiva.

Los materiales empleados en la construcción y decoración de las arquitecturas fomentan el juego con la luz, provocando reflexiones, refracciones… dado el sutil uso que se hace de superficies varias: yeso que se arrugan en múltiples marañas decorativas, azulejos brillantes  y polícromos, celosías de madera, espejos… conforme avanza el día, las formas van cambiando según los ángulos de luz y sombra creándose fuertes contrastes, a veces, igual que ocurre con el agua, se crea una proyección móvil de dibujos: así cuando la luz atraviesa los calados de las celosías, el trazo de esta se refleja en las paredes de fondo, que poco a poco se van moviendo y deformando, tiñéndose en ocasiones con colores mudables proyectados a partir de los objetos próximos al foco de luz. Estos efectos, probablemente aprendidos del mundo tardo clásico, se desarrollan en el mundo islámico desde sus inicios, adquiriendo un desarrollo y complejidad exclusivos de esta plástica. Enjutas de los arcos, celosías de los vanos, tragaluces abiertos en bóvedas y artesonados, se construyen en base a una superposición de tramas, capaces de fragmentar la luz en minúsculos haces, que juegan y se mueven en el interior del espacio arquitectónico. Ta y como ocurre con la luz, el agua indica el fluir constante, el desarrollo del tiempo, aportando otro elemento indispensable de expresión visual. Más que en los edificios religiosos, donde el agua tiene una función ritual, es en los palacios y casas donde entra a formar parte y a jugar con la arquitectura. Para el musulmán el agua es una utopía deseable, por cuanto no abunda en su medio; de una naturaleza parecida a la mujer, es fuente de vida, es sensual y suave. El agua es purificadora, refrescante en el estío y cargada de aromas de plantas que la rodean, esta agua por tanto ha de deslizarse suavemente provocando tan sólo leves murmullos. El agua es una referencia mental, por eso basta su presencia aunque sea en cortas acequias o en estrechos canales que penetran en el interior de la arquitectura.

El agua recogida de este modo en estanques geométricos, básicamente rectangulares, es un espejo en el que se refleja la arquitectura y multiplica sus repertorios decorativos, distorsionando en ocasiones la realidad. Su remanso refleja la eternidad, lo inmutable. Sin embargo, su reflejo expresa lo dinámico, lo fluido. El desarrollo de estas planchas de agua ayudan también a marcar los ejes primordiales que ordenan la arquitectura a partir de parámetros geométricos.

Fuente: Gil, Porras Concepción, Arte islámico, Vincent Gabrielle Creaciones, Madrid, España,
págs.  31 a 35

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