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Es tentador celebrar la creación de Israel como un gran triunfo, tal vez el mayor de la historia judía. Por cierto, la historia de Israel ha sido leída a menudo como la saga heroica de un pueblo marcado para la extinción, que emergió de los campos de la muerte nazis – de Auschwitz, Belzec y Treblinka – para establecer su propio Estado en 1948, un refugio judío y una democracia que ha prosperado aunque se ha defendido valientemente contra incesantes amenazas y agresiones árabes. Sin disminuir en nada los sufrimientos de los judíos europeos, insistiré en que esta manera de pensar sobre Israel – aparte de su mitologización – tiene mérito sólo como una narrativa partidaria. Trata de aislar a Israel contra la acusación de una colonización devastadora falsificando la historia, camuflando la dinámica imperialista que produjo su existencia, y negando el futuro peligroso que enfrenta ahora a los judíos, Occidente y el mundo islámico. Cuando examinamos las consecuencias resultantes de la creación de Israel, cuando contemplamos los mayores horrores que todavía podrían surgir de la lógica del sionismo, los triunfos de Israel se ven con otros ojos. Nos vemos obligados a examinar esos triunfos con cada vez más horror e incredulidad. Los primeros triunfos de Israel, aunque reales desde un estrecho punto de vista sionista, se han mutado lentamente mediante un aciago proceso en círculos de conflicto en permanente expansión que ahora amenazan con escalar a grandes guerras entre Occidente y el Islam. Aunque este conflicto tiene su fuente en ambiciones coloniales, la dialéctica de este conflicto lo han dotado lentamente de la fuerza y la retórica de una guerra de civilizaciones: y tal vez algo peor: una guerra religiosa. Es la tragedia de Israel. No es una tragedia fortuita. Impulsados por la historia, la oportunidad y la astucia, los sionistas se insertaron entre dos adversarios históricos: Occidente y el Islam, aprovechando la fuerza del primero contra el segundo, han producido las condiciones de un conflicto que se ha profundizado con el pasar del tiempo. La historiografía sionista describe la emergencia de Israel como un triunfo sobre el antisemitismo centenario de Europa, en particular sobre su manifestación del Siglo XX: el plan demoníaco, industrial, de los nazis de eliminar la existencia del pueblo judío. Pero ésta es una lectura tendenciosa de la historia sionista: oculta la histórica oferta que el sionismo hizo a Occidente – la oferta de librar a Occidente de sus judíos, de llevarlos de la cristiandad a Palestina islámica.

Al ofrecer la “limpieza” de Occidente de los “odiados judíos,” los sionistas trabajaron con los antisemitas, no contra ellos. Teodoro Herzl, el fundador del sionismo, tenía una idea clara de esta complementariedad entre el sionismo y el antisemitismo; y estaba convencido de que el sionismo prevalecería sólo si la Europa antisemita podía ser persuadida de trabajar por su éxito. Es verdad que los judíos y los antisemitas han sido adversarios históricos, que los judíos han sido las víctimas de la vendetta religiosa de Europa desde que Roma abrazó por primera vez el cristianismo. Sin embargo, el sionismo entraría en una nueva relación con el antisemitismo que funcionaría a favor de los judíos. La inserción de la idea sionista en el discurso occidental produciría un cambio profundo en la relación los judíos y los no-judíos occidentales. A fin de tener éxito los sionistas tendrían que crear un nuevo adversario, común a Occidente y a los judíos. Al elegir Palestina para colocar su Estado colonial de asentamientos – y no en Uganda o Argentina – los sionistas también habían elegido un adversario que profundizaría su cooperación con Occidente. Era mucho más probable que el mundo islámico activara las ambiciones imperialistas y el celo evangélico de Occidente que África o Latinoamérica. Israel fue el producto de una asociación que a primera vista parece improbable, entre judíos occidentales y el mundo occidental. Es la alquimia poderosa de la idea sionista la que creó esta asociación. El proyecto sionista de crear un Estado judío en Palestina poseía el poder singular de convertir a dos antagonistas históricos, los judíos y los no-judíos, en aliados unidos en una empresa imperialista común contra el mundo islámico. Los sionistas aprovecharon las energías negativas del mundo occidental – su imperialismo, su antisemitismo, su nostalgia de las Cruzadas, su intolerancia anti-islámica, y su profundo racismo – y las concentraron en un nuevo proyecto imperialista: la creación de un Estado sucedáneo occidental en el corazón del territorio islámico. Para las ambiciones imperialistas de Occidente, este nuevo proyecto colonial ofrecía una serie de ventajas estratégicas. Israel estaría ubicado en el corazón del mundo islámico; estaría a horcajadas sobre la confluencia de Asia, África y Europa; protegería la puerta de Europa al Océano Índico; y controlaría los acontecimientos en el Golfo Pérsico con sus vastas reservas de petróleo. Para Occidente, así como para los judíos de Europa, fue un momento creativo: por cierto, era una oportunidad histórica. Para los judíos europeos fue un golpe de brillantez. El sionismo iba a apalancar el poder occidental a favor de su causa. A medida que el plan sionista se desarrollara, infligiendo dolor al mundo islámico, evocando la cólera islámica contra Occidente y los judíos, las complementariedades entre los dos se profundizarían. Con el tiempo, se descubrirían – o crearían - nuevas complementariedades entre las dos variedades antagonistas de la historia occidental. En USA, el movimiento sionista daría aliento a los protestantes evangélicos – que consideraban el nacimiento de Israel como el cumplimiento de las profecías del fin de los tiempos – y los convertiría en partidarios fanáticos del sionismo. Además, la civilización occidental que hasta entonces había rastreado sus ideas e instituciones centrales hasta Roma y Atenas, sería reempacada como una civilización judeo-cristiana. Esta reconstrucción no sólo subraya las raíces judías del mundo occidental, también insiste en enfatizar que el Islam es el forastero, el adversario. El sionismo debe su éxito sólo a esta insólita asociación. Por su propia cuenta, los sionistas no hubieran logrado nada. No podrían haber creado Israel sobornando o presionando a los otomanos para que les otorgara una patente para colonizar Palestina. A pesar de sus ofertas de préstamos, inversiones, tecnología y su pericia diplomática, Teodoro Herzl fue repetidamente rechazado por el sultán otomano. Es aún menos probable que los sionistas hayan podido en alguna época movilizar un ejército judío en Europa para invadir y ocupar Palestina, contra la oposición otomana y árabe a la creación de un Estado judío en tierras islámicas.

La asociación sionista con Occidente fue indispensable para la creación de un Estado judío. Esta asociación también fue funesta. Produjo una poderosa nueva dialéctica, que ha alentado a Israel, tanto como el centro político de la Diáspora judía y como el principal puesto de avanzada de Occidente en el corazón del mundo islámico, para que se vuelva más audaz en sus intenciones contra el mundo islámico y más allá. Por su parte, un mundo islámico herido y humillado, más resentido y determinado después de cada derrota, ha sido llevado a abrazar ideas y métodos cada vez más radicales para recuperar su dignidad y poder – y para lograr esta recuperación sobre la base de la fuerza de las ideas islámicas. Esta dialéctica desestabilizadora ha llevado ahora al propio Occidente a una confrontación directa contra el mundo islámico. Ahora tenemos la mirada fija en el precipicio. ¿Pero tenemos la voluntad necesaria para apartarnos de él?

M. Shahid Alam es profesor de economía en Northeastern University, y autor de “Challenging the New Orientalism: Dissenting Essays on America's 'War Against Islam'” (IPI Publications: próximamente en 2006).


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