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Miguel había avanzado lo suficiente en su lectura, tanto que ya no era capaz de distinguir si sus ojos pestañeaban o era el monótono voltear de las páginas que tapaban con brevedad la escasa luz que coloreaba de naranja sus hojas. Estaba a punto de terminar un párrafo cuando el instinto lo obligó a ver el suelo. Una delgada serpiente de agua entraba por debajo de la puerta de la calle y amenazaba con ensancharse por el diminuto cuarto de tres metros cuadrados.
-¿Qué es eso? -pensó mientras se levantaba de la silla sin soltar su libro.
El líquido abrillantaba las lozas rojas de su casa y se acercaba a los libros. Levantó con rapidez los que estaban junto a su cama y los colocó sobre ella. Mientras ordenaba la lluvia llegó  hasta sus tobillos. Repasó entre las gavetas de su ropero hasta que encontró una capa y una bolsa plástica negra en la que guardó sus libros. Abrió la puerta y el agua invadió sin remedio todo el cuarto. Afuera el mesón era una piscina, así que con grandes zancadas logró salir a la calle creyendo que afuera dejaría de caminar con el agua hasta sus rodillas y así fue, estaba inundada de paraguas, sombrillas, bolsas plásticas y periódicos extendidos que sobresalían entre las botellas plásticas y trozos de madera que emergían a sus alrededores y que poco a poco aumentaron junto al nivel del agua.

Las carreteras se convirtieron en ríos caudalosos que empujaban los carros apilándolos entre los árboles que se amontonaban en los callejones y así las ciudades fueron lagos que  se juntaron para formar un inmenso y único océano.

Miguel llegó a la carpintería donde trabajaba, al parecer a ningún otro se le ocurrió llegar allí y construyó con algunos tablones lo que él llamó barco, cuyo albergue era una tienda de campaña azul cubierta por una enorme luna cerúlea. Tiritaba de frío mientras observaba que a su alrededor sólo había lluvia. Consiguió algunas latas de comida que guardó junto a sus libros. Remaba con sus brazos en busca de alguna embarcación. Por momentos paraba y se ponía de  pie para otear, pero nada. El agua se confundía con el cielo y no permitía ver más que algunos metros durante la noche, así que desistió de seguir y durmió bajo la lona.
Por la mañana distinguió que al norte un grupo de barcos peleaban entre sí. Lanzaban botellas con fuego. Había disparos y zumbidos de flechas. Miguel remó hasta que no sintió los brazos y fue vencido por el sueño. Uno de sus brazos apenas acuchillaba el agua en silencio.
Al despertar avistó a lo lejos un conjunto de barcos y tablones que formaban un islote amorfo de madera y plástico. Al rato de estudiarla se percató que sus habitantes eran niños. Se le dibujó una media luna en el rostro y se puso en pie.
-¡Hey, hey! -gritó agitando sus manos, luego se inclinó para comenzar a bracear, pero antes de poner su mano en la isla, un niño le apuntó con una kalashnikov en la frente.
-¡No te acerques! - vociferó, luego cerró con fuerza su boca, tanto que parecía un pico de pato.
-¡Déjenme pasar! -suplicó con una inmensa arruga en la frente, limpiando con su mano el exceso de agua que bajaba por su frente.
-¡No te acerques! -interrumpió otro niño incitando al resto para que repitiera la frase tantas veces que sus agudas voces se confundieron con la lluvia. Miguel limpió sus lentes empañados con la manga húmeda de su camisa y con su entrecejo tan arrugado como el resto de su rostro remó hasta que ganó distancia.

-"Y subieron las aguas y crecieron en gran manera sobre la tierra; y flotaba el…" -leía en voz alta y en penumbra cuando detuvo su lectura al escuchar disparos. Una embarcación atacaba la isla de los niños. Tras media hora los balazos cesaron. Avistó un reflejo de luz, pero al observar se dio cuenta que era una fogata y por el olor su estómago le dio aviso que asaban carne. Ese aroma logró que su barriga le reclamara tanto que Miguel tuvo que abrir una de sus latas de reserva. De pronto una mano que emergía del agua provocó que su desayuno tiñera sus ropas descoloridas.
-¡Ahhh! -gritó tomándose el rostro entre las manos.
El miedo apenas le permitió apreciar como una niña subía a su embarcación. Ella llevaba un vestido que alguna vez fue blanco, pero ahora parecía un largo trozo de concreto con muchos agujeros y ese color gris sucio apenas dejaba ver que temblaba de frío. Miguel reaccionó y la invitó a entrar a la tienda. Le dio una frazada café que logró un largo suspiro. La niña lloraba, él la abrazo con fuerza. A miguel no le importó mojarse, pero si que casi se le escapan los anteojos, ante el fuerte y estrecho abrazo. La apartó con ternura, se arregló los lentes y salió del refugio y al colocarse en proa braceó. La isla se alejó aún más. Pasados los días ambos regresaron. El silencio era total. Sólo se escuchaba la lluvia golpeando con fineza el agua.
-¡Qué raro! -expresó Miguel colocándose bien los lentes con el dedo medio. El barco estaba atracado en la isla, parecía la cabeza de una inmensa tortuga de madera. Nadie se asomaba a cubierta, así que Miguel gritó:
-¿Hay alguien?
Pero nadie respondió, así que decidió abordar el barco. Al subir tropezó con un cadáver, al observar la cubierta descubrió que la embarcación parecía una morgue. El olor a hongos y a muerte era pesada y lúgubre.
-¡Niña ven! -gritó y la pequeña subió al barco y se quedó quieta al ver los cuerpos. Sus ojos se abrieron tanto que tardó más de  medio minuto para volver a parpadear.
Tras arrojar los cuerpos al mar ordenaron los libros en uno de los compartimentos de la isla al que Miguel escribió en el dintel de entrada la ya olvidada palabra "Biblioteca". Se sentaron juntos frente al fuego y rieron.
-Toda esta lluvia comenzó y yo no me di cuenta -le contó Miguel, que con lentitud abría una lata de maíz. La niña apenas lo miraba mientras jugaba con su plato vacío.
-Sí, tenía horas leyendo cuando vi que el agua estaba en mi cuarto -y juntaba sus ojos para hacer reír más a la niña.
Rieron tanto que no se percataron que afuera la lluvia había acabado.
Mauricio Vallejo Márquez
Cuento inédito enviado por el autor en exclusivamenta para la Revista Biblioteca Islámica

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