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Gaza

por Mustafa Al-Salvadori

La mañana deleznable
tatuada de fragores
era coliseo;
una mañana
aguda y ácida,
tristemente venenosa.

Las bombas de fósforo
y uranio empobrecido
ya esculpían
el barro macilento
de los rostros de Gaza;
la sangre
dibujaba
su abstracto
en el lienzo asfaltado
de las calles acosadas.

En el hocico
de los
perros de raza
se tallaron
las mentiras agrestes,
y Palestina declamó
su insepulta resistencia.

Un incorruptible
descendiente de Profeta
pronunciaba su feraz
alocución,
mientras hablaba
sus ojos y su mirada
jugaban
como niños enardecidos:

sus ojos
eran nidos de ternura,
su mirada
era el grito de sus ojos.

El travieso encuentro
de su briosa mirada
-o de sus ojos-
con el horizonte
supo a esperanza.

El estado de Gaza
era febril,
la cotidiana masacre
-sangrienta tropelía
del sionismo -
destrozaba el raciocinio
de las masas
que protestaban por doquier:
¡Alto al Genocidio!
y le lanzaban zapatos
al turbio imperio.

Qué frustración
para vosotros impíos,
traidores enemigos,
asesinos de niños
palestinos,
creíais que la Muerte
nos asustaría
como os asusta a vosotros.
Esta es la primicia
de vuestro colofón,
es nuestra eclíptica,
un equinoccio
de valía y de bravura,
un basta a vuestra opresión.

El horror y el sufrimiento
aterrizaron
en el pulmón
de la Casa Sagrada;
los muchachos
(inquietud del paisaje)
fueron resistencia,
y se unieron
al martirio
mis vecinos
de acentos roncos
como
los dulces de limón.

Y en ese invierno
yo tenía
una Intifada
en el corazón
y mi mujer
traducía
el espanto
de ese infierno
para que todos
viniesen en conocimiento.

Gaza
fue fusilada
por Sión;
sus amigos
y los reyes del Oriente Medio
parias junto al faraón
trepidarán en los abismos
junto a sus partidarios.

No es espejismo,
enmudeceos de pavor,
ahora
estáis a la vera
de un ingente cambio.

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