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Todo ser probará la muerte. Luego se os hará regresar a nosotros. (Corán 29: 57) y a aquellos que hayan creído y realizado buenas acciones les alojaremos en el jardín en aposentos elevados bajo los cuales fluyen los ríos, en donde estarán eternamente. ¡Qué buena la recompensa de quienes obran bien! (Corán 29: 58)


¿Acaso se habrá escrito ya suficiente sobre la muerte de los seis sacerdotes jesuitas en San Salvador en noviembre de 1989?

Los asesinos siguen libres, ríen, sienten, van al fútbol, ocasionalmente van a la iglesia, han visto a sus hijos crecer, a veces se van a un rincón a sus casas y recuerdan aquella fresca madrugada del 16 de noviembre, sonaban las bombas por toda la ciudad, los encargados de las comunicaciones transmitían las últimas noticias, en el Estado Mayor corrían de un lado a otro, ellos habían sido recluidos un día antes para que descansaran, la misión de esta madrugada sería especial, nada extraño para aquellos que habían sido entrenados por boinas verdes norteamericanos.

Algunos no sabían lo que harían, pero los ánimos estaban encendidos, el batallón de reacción inmediata Atlacatl se constituyó en la punta de lanza de la contraofensiva y no perdonaban a nadie.

Subieron en los camiones esa madrugada, el cerco sobre la universidad estaba presente desde que inició la ofensiva, los soldados estaban nerviosos, sabían del avance de las fuerzas insurgentes en los barrios populares, y según los rumores de que los "curas eran subversivos" o "comunistas" a secas, de repente les pedirían cuentas sobre lo que seguramente harían en esa madrugada.

El sol no había terminado de salir, y los gritos y patadas se dejaron sentir en las oficinas, sabían dónde buscar, todo lo tenían planificado, empujones y golpes, fueron lanzados al suelo, y aun en esa posición de indefensión los seguían insultando, hasta que el oficial a cargo hizo un ademán, y sonó como cada fusil "Made in USA" era martillado, se oye como los sacerdotes oran el Padre Nuestro, la grama esta húmeda y verde, muy verde:

"No sabían los asesinos que estaban colocándolos en aquella misma posición en que 50, 30, 20 años antes se colocaron ellos mismos, al ofrecerse para ser ordenados como sacerdotes de la iglesia de Jesús" (http://www.envio.org.ni/articulo/614)

El asesino creía que tirándolos al suelo los humillaban antes de proceder, pero aquellos hombres sabían que habían visto y vivido la pobreza, no sólo la falta de pan sino flaqueza del espíritu aún así era su pueblo, su gente. Pudieron haberse ido, desde hacía años,  desde que la derecha los acusaba públicamente de ser comunistas, pero no lo hicieron, ¿a dónde ir? Si éste es mi pueblo, era difícil de creerlo, aquellos hombres blancos, larguiruchos y con acento extraño demostraban más amor por el terruño que muchos que optaron por callar, esa mañana cuando, sus cuerpos eran bañados por el sol, esos muchos encontraron su voz perdida, la afilaron y cargaron.


El recurso de la muerte

La guerra se alimenta de la sangre de los hombres y las mujeres, crece y se reproduce pero también puede encontrar en si misma su muerte.

La muerte de los jesuitas no tenía valor de carácter estratégico, sólo simbólico, pero contradictoriamente el recurso del miedo lejos de inmovilizar, en medio de la ofensiva "Todos contra la Tandona" lo que hizo fue activar la condena nacional e internacional, ese día los fusiles se empuñaron con más fuerza, ya no sólo estaba la memoria de los caídos sino de la inhumanidad del enemigo que se esconde en un uniforme pinto.

Matar religiosos en medio de un conflicto civil posee otras connotaciones retorcidas, una crítica acérrima entre los que plantean que la religión en función del ser humano y los que piensan en la religión como un cúmulo de ritos, que se puede encerrar en el templo.

"...Sed justos, pues Allah ama a quienes establecen la justicia." (Corán, 49:9)

El tema de la justicia es un tema ambiguo desde la lógica guerrera, el soldado pensó esa madrugada que era injusto que lo tuvieran desvelado haciendo guardia en las cercanías del campus, más de alguno de los veinte perpetradores se molesto con los curas por estar ahí ese día y de que no se hubieran ido, "no puede haber gloria en matar curas en pijamas", sin embargo el convencimiento era algo que se trabajaba psicológicamente en la formación del batallón Atlacatl. Se les enseñaba a que si recibían disparos tenían que ir hacia adelante no retroceder, el cura ahí postrado que oraba mientras los gritos se oían en las oficinas, a ese ser humano que temblaba, solo podía merecer lo que ese momento estaba a punto de pasarle, el disparaba palabras, ideas que penetraban en algo más profundo que la carne, el corazón.


"¡Oh, David! Te hemos puesto como representante Nuestro en la Tierra; juzga con equidad entre los hombres y no sigas tus pasiones [cometiendo injusticias al juzgar], pues ellas te desviarán del sendero de Dios; y quienes se desvíen del sendero de Dios sepan que recibirán un severo castigo por haberse olvidado del Día del Juicio".
(Corán 38:26)


Existe una gran diferencia entre religión y religiosos, probablemente aquellos hombres que acallaron la voz y el pensamiento de los sacerdotes pensaban que le hacían un favor a su gente, o que era cuestión de órdenes, el convencimiento de un acto que ofende las mismas creencias del sujeto no lo exime de responsabilidad ni ante la ley ni ante Dios.

Pero ¿acaso la guerra reconocía leyes? No en el caso de Centroamérica, si no había misericordia hacia las poblaciones civiles que eran sujeto de bombardeos no lo habría para un grupo de personas que habían sido juzgadas y condenadas y no precisamente por lo que pensaban sino por lo que representaban, un cristianismo crítico, uno que llamaba a la reflexión y a la movilización. Podría incluso afirmarse que la muerte de los jesuitas fue de gran apoyo para el ala conservadora de la iglesia.

"...¡Vosotros que creéis! Sed firmes a favor de Allah, dando testimonio con equidad. Y que el odio que podáis sentir por unos, no os lleve al extremo de no ser justos. ¡Sed justos! Eso se acerca más a la temerosidad..." (Corán, 5:8)

Del amor de Allah (Dios) para los justos no solo tiene recompensas en la vida sino en el Paraíso, "Es fácil matar el cuerpo de los cristianos pero difícil arrebatar la fe a una iglesia de mártires" (Revista Envío: http://www.envio.org.ni/articulo/614) el martirio es un ejemplo de entrega y determinación y no de muerte, muchas veces ese error de análisis hace que se ubique el Yihad (literalmente significa Esfuerzo en árabe) en su sentido más político como la Guerra Santa, nada más alejado del sentido epistemológico. Los sacerdotes no buscaban la muerte, no querían figurar como mártires, ellos luchaban por el gozo de la vida, como años antes lo había hecho Rutilio Grande en Aguilares, pero ese testimonio de vida no significaba dejar al injusto regocijarse en su injusticia:

Ignacio Martín Baró vicerrector de la UCA era una de las voces más autorizadas a nivel latinoamericano en psicología social que partía de sus innumerables trabajos sobre las reacciones de los salvadoreños ante la violencia, Segundo Montes el eterno identificado con el drama de los desplazados y refugiados salvadoreños, pilar en el tema de derechos humanos desde la universidad, Armando López el servicio a la comunidad era su aliento de vida, Ignacio Ellacuría el estratega quería convertir a la UCA en más que una universidad libresca y bancaria, sino en una plataforma de pensamiento transformador, Juan Ramón Moreno por su amor a El Salvador y Nicaragua y su relación con los religiosos de toda la región era el ciudadano centroamericano por excelencia, Joaquín López nacido y crecido en la élite económica opto por los pobres, por brindar alternativas desde las escuelas "Fe y Alegría", Doña Elba y su hija, quienes murieron abrazadas luchaban por su sustento diario y eso era ya una labor titánica en medio de la pobreza y la guerra.

Los muertos han visto el final de la guerra, la que se prolongo por casi tres años más, no volvió a suceder un noviembre de 1989, la herida que dejo fue tan difícil de cicatrizar que tuvieron que pasar casi 22 años para que la memoria recuperara el nombre de los 20 asesinos, de aquellos que cegaron las vidas de los seis hombres y dos mujeres, no fueron los únicos que murieron pero fueron el símbolo de la crudeza, de la sed de sangre de la bestialidad de los seres que se escondían detrás de un uniforme.

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