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En tanto representación imaginada por la Europa cristiana de un mundo esencialmente diferente, y a partir del cual podía pensarse a sí misma, ese siempre impreciso espacio cultural  denominado “Oriente” conserva aun (en su utilización mediática y académica) una fuerte connotación despectiva a pesar de las redefiniciones constantes a la que se ha sometido al concepto[1].

      Aunque ya Américo Castro[2] sostuvo que la distinción Oriente – Occidente sólo sustituía por referencias cardinales los espacios culturales de la Europa cristiana medieval y del mundo islámico, con todas las implicancias ideológicas que esto supone, lejos estamos de la superación de esta falsa antinomia.  Por el contrario, el concepto de “Oriente” sigue siendo ampliamente usado sin que al hacerlo se esclarezcan los prejuicios y preconceptos sobre los que se sostiene. Esto, que ocurre también en buena parte de la producción académica, es especialmente peligroso en los medios de comunicación,  no sólo por la masividad del discurso que transmiten, sino por el permanente enmascaramiento del perfil ideológico de estos espacios informativos con el fin de conferirles una supuesta “objetividad”. “Oriente” y su contraparte, “Occidente”, son conceptos ampliamente utilizados en los medios masivos y los prejuicios que suponen se refuerzan, en el relato informativo, con la impunidad del anonimato. 

      Pocos lectores se detienen a considerar la agencia de noticias que transmite la información de la cual, luego, los periódicos se hacen eco;  los canales de televisión y las emisoras de radio ni siquiera las mencionan. Este ejercicio, al que no estamos acostumbrados, podría ayudarnos a comprender como se construye el discurso desde las agencias de noticias vinculadas a intereses económicos y políticos fácilmente rastreables.

      Las informaciones que las grandes agencias reproducen con respecto a la realidad política del mundo islámico, procuran fortalecer el imaginario del enfrentamiento cultural inevitable, funcional a las políticas hegemónicas de Estados Unidos y Europa. “Oriente” sigue siendo presentado como el espacio en el que la desmesura, en cualquiera de sus formas, gobierna. Esta desmesura supone en sí misma un desequilibrio, y este, a su vez, denota cierta ausencia de capacidad reflexiva y de razonamiento. “Oriente” es entonces representado como el lugar del desequilibrio permanente y de la irracionalidad.

La desmesura política

      Esta irracionalidad constitutiva de lo “oriental” ha servido para explicar la existencia en la región de regímenes despóticos y dictatoriales, que gobiernan sobre masas irreflexivas, a veces virulentas  y en otras sumisas hasta el extremo, pero siempre incapaces de generar procesos políticos basados en el respeto a las libertades individuales y colectivas.  En este entramado discursivo plagado de prejuicios, sólo un conjunto poblacional  surgido de la misma Europa (y por lo tanto “no oriental”) puede pretender encarnar los “valores democráticos”  de “Occidente”; por eso no sorprende que, a pesar de funcionar como la Sudáfrica del apartheid, se siga considerando a Israel como la “única democracia en la región”[3].

      Un muy interesante ejemplo de lo antes expuesto lo constituye la cobertura mediática que recibiera la Revolución Islámica de Irán donde el pueblo movilizado para expulsar a un tirano fue presentado como una masa fanatizada movida por los obscuros designios de un líder casi medieval, encarnación total de la desmesura política y religiosa de la que “Occidente” se encuentra inmune. Las primeras medidas del gobierno revolucionario alimentaron, deformadas, el imaginario de la desmesura oriental.

      Frente a esta desmesura política fundante la única posibilidad de cambio puede provenir desde el exterior, y esta idea es la que se encuentra presente en las justificaciones de las intervenciones de Estados Unidos y Europa en la zona; recordemos en este sentido los argumentos esgrimidos alrededor de la invasión a Somalia, a Irak o a Afganistán. Se omite intencionalmente toda mención al papel que las potencias jugaron en Asia y África para mantener a los gobiernos dictatoriales y despóticos y los intereses europeos y norteamericanos que estarían en peligro si los pueblos consiguieran finalmente su total liberación e independencia.

La desmesura religiosa

      Fortaleciendo el estereotipo anterior y el discurso del conflicto inevitable, la desmesura oriental en el ámbito religioso es también destacada permanentemente desde los medios de comunicación.

      La religión pertenece, en el imaginario “occidental”, al espacio de lo “irracional”, relegada a la práctica individual y privada[4]. La presencia de la misma en el terreno político constituye, entonces,  una señal clara de la irracionalidad de “Oriente”.  Pero la desmesura religiosa oriental está asociada en los medios a las manifestaciones religiosas del Islam. Así, por ejemplo, la conmemoración shií de Ashura  es difundida mediáticamente por estos lares profusamente acompañada de imágenes de penitentes ensangrentados  procurando generar  repulsión en un observador al que no se le brinda el contexto histórico, político y religioso para poder analizar el suceso con mayor imparcialidad. Otro tanto sucede con las peregrinaciones anuales al templo de la Kaaba, donde cada suceso desgraciado en el que se han producido muertes accidentales de musulmanes ha sido utilizado y reproducido hasta el hartazgo para fortalecer el prejuicio de una forma de religiosidad oriental desequilibrada hasta en sus manifestaciones más caras.

      La representación que se hace de la mujer y su rol en las sociedades musulmanas no escapa al preconcepto de la desmesura. Los orientalistas europeos del siglo XIX reprodujeron a una mujer musulmana “señora de los harenes” (imaginados como espacios de lujuria y erotismo), versada en las artes amatorias y en el disfrute desprejuiciado. Los neocolonialistas, por su parte, nos ofrecen la imagen de una mujer musulmana sumida en una opresión de género instaurada desde la tradición religiosa. Lo que atraviesa ambas visiones “occidentales” de la mujer musulmana y de su rol en la sociedad es la desmesura, el desequilibrio por exceso (en los orientalistas del siglo XIX) o por carencia (en los neocolonialistas).

      Por lo expuesto creemos que una de las tareas más importantes que deben asumir los musulmanes en el ámbito de la Ciencias Políticas es sin dudas la de exponer los presupuestos ideológicos sobre los que se sostienen los imaginarios sobre lo “oriental”, poner al descubierto los intereses que se esconden en los distintos discursos que dan cuenta de la realidad política de la Ummah. Esta tarea, compleja y siempre parcial, redundará en beneficio de la forma en que los musulmanes se piensan a si mismos y son percibidos, al mismo tiempo, por los no musulmanes.

Notas:
1-Imprescindible en este punto la lectura del clásico libro de SAID, E. Orientalismo.Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006.
2-CASTRO, A. Sobre el nombre y el quién de los españoles.Ed. Sarpe, Madrid, 1985.
3-Lamentablemente expresiones similares se reproducen en espacios teóricamente progresistas como Le Monde Diplomatique (Edición Cono Sur).
4-Decimos en el imaginario "occidental" pues en los hechos la separación entre Política y Religión en Europa y América es mucho más discutible.

Husain ‘Ali Molina es investigador y profesor de la Universidad de Rosario en Argentina es colaborador de la Revista Biblioteca Islámica, además es administrador del blog  oidislam.blogspot.com

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