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La invasión y las resistencias
Cuando en agosto de 1990 los norteamericanos lanzaban su invasión a Iraq pocos podían imaginar lo que la potencia imperial habría de desatar sobre la población iraquí. Destruida su infraestructura civil y militar, asesinados un millón quinientos mil iraquíes durante las acciones militares, muertos cinco mil niños por mes como resultados de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos, el gobierno norteamericano consiguió con estas acciones "desestabilizar a la OPEP, ejercer el control sobre los precios del petróleo y crear una nueva correlación de fuerzas a favor de Washington en la zona donde se encuentran las reservas de crudo más importantes del mundo" (1) . Sin embargo se le permitió a Saddam Hussein  conservar el poder represivo suficiente para evitar el incipiente levantamiento shií en el sur y centro del país.
Trece años más tarde, el veinte de marzo de 2003 se inició la segunda invasión norteamericana a Iraq, pero esta vez Estados Unidos procedería a la ocupación total del territorio y al derrocamiento, captura y asesinato de Saddam Hussein. ¿Qué motivó a la administración norteamericana a cambiar de estrategia en el nuevamente invadido país? Algunos analistas sostienen  que la respuesta está en los intereses del lobby petrolero estadounidense que, con alarma, había visto como, durante la década del noventa, las compañías petroleras europeas consiguieron favorables acuerdos con las autoridades iraquíes. De acuerdo a esta lógica, la invasión y posterior ocupación procuraron garantizar el completo control de los recursos iraquíes y posicionar una fuerza militar de gran magnitud en el Golfo Pérsico que acompañe la estrategia norteamericana en Oriente Medio y Asia Central. Sin embargo, esta hipótesis resulta por lo menos insuficiente. Estados Unidos y sus aliados podrían haberse quedado con el control total del petróleo iraquí, de su seguridad y de los suculentos contratos para la "reconstrucción" procediendo simplemente al derrocamiento de Hussein, sustituyéndolo por una figura más afín a sus intereses, sea por medio de un golpe de estado o a través de un proceso supuestamente democrático. En cuanto al despliegue militar no debemos olvidarnos que Estados Unidos cuenta con bases en Arabia Saudita y Kuwait que le garantizan un rápido y efectivo despliegue en la zona. Como veremos más adelante la explicación a la pregunta antes planteada presenta un mayor grado de complejidad.
La invasión de 2003 supuso, además,  el surgimiento de un variado espectro de movimientos  que llamaron a resistir el proyecto norteamericano. Encontramos así grupos shiíes como el de Muqtada As Sadr (que tantas complicaciones le generaron a las tropas estadounidenses en los lugares sagrados del shiísmo), grupos nacionalistas  (formados la mayoría de ellos por ex miembros del Partido Baaz, anteriormente en el poder) y organizaciones sunnitas radicales de dudosa procedencia. Llama la atención que el segundo de los grupos mencionados fuera considerado por algún sector de la izquierda europea y latinoamericana como los representantes de la "resistencia iraquí" cuando fueron los mismos elementos que se beneficiaron con los acuerdos que Saddam Hussein mantuvo con los Estados Unidos durante toda la década de 1980 (2) . Coincidentemente se llevó a cabo desde los medios de comunicación un sistemático ataque al grupo de Muqtada As Sadr acusándolo de responder a los intereses iraníes. El último grupo, en tanto, será sobre el cual pongamos mayor atención ya que se trata de un actor hasta entonces desconocido en la escena política iraquí. Es decir, la invasión norteamericana generó de alguna manera el surgimiento de los grupos sunnitas que, curiosamente o no, se han dedicado con mayor ahínco al hostigamiento de la población shií que al combate efectivo contra las tropas de ocupación. De esta manera, organizaciones con supuestos "vínculos con Al Qaida" contribuyeron a sembrar, desde el momento mismo del desembarco norteamericano, el caos en el suelo iraquí (lugar donde nunca antes estas milicias habían tenido cabida), al tiempo que cada una de sus acciones sirvieron para legitimar la continuidad de la ocupación norteamericana.

Lecturas sobre la "retirada"
La "retirada" norteamericana, producida en agosto del 2010, ha recibido distintos tratamientos. Algunos han visto en la decisión de la administración Obama, el fracaso de la estrategia norteamericana en Iraq, destacando el rol de las múltiples resistencias. Siguiendo esta línea, Estados Unidos habría priorizado la campaña en Afganistán para evitar en ese país el empantanamiento en el que ya se encontraban las acciones en Iraq. Los responsables directos del "fracaso" norteamericano serían especialmente los grupos de la "resistencia" nacionalista y los sunnitas radicales. Sin embargo, esto no parece resistir análisis alguno si consideramos que buena parte de los ex miembros de las fuerzas baasistas fueron  absorbidas por las nuevas instituciones policiales del débil gobierno iraquí y que, como ya dijéramos, los sunnitas radicales han causado muchísimo más daño en la población civil shií que en las tropas de ocupación.
Por nuestra parte, estamos convencidos que el proyecto norteamericano para Iraq no ha fracasado en lo más mínimo, y que, muy por el contrario esta "retirada" se produce en el momento apropiado y deseado por las autoridades estadounidenses. Los grupos sunnitas a los que nos hemos referido han actuado en sintonía con los intereses norteamericanos exacerbando hasta el límite las tensiones entre las distintas escuelas del Islam minando cualquier posibilidad de una reconstrucción nacional integradora en el devastado país. Manteniendo durante  tanto tiempo la ocupación, garantizando la impunidad de sus tropas para cometer los más horrendos crímenes contra la población autóctona, Estados Unidos no hizo más que debilitar cualquier posibilidad institucional legítimamente iraquí que pretendiera reorganizar  el entramado político. Iraq se presenta hoy como un país arrasado, sin infraestructura básica para el desarrollo, con 50.000 soldados de ocupación, una policía heredera del antiguo régimen, un gobierno central debilitado, organizaciones paramilitares que fomentan el enfrentamiento hacia el interior del Islam y carente de FFAA en condiciones de garantizar la defensa de la soberanía y de reprimir a las facciones desestabilizadoras. Más adelante veremos que todo esto responde a lo que la potencia ocupante pretendía para Iraq.

El cerco a Irán
Nos preguntábamos en las líneas precedentes sobre los motivos que llevaron a Estados Unidos a ocupar Iraq para transformarlo en un espacio dominado por el caos, desestimando la hipótesis que hacía referencia al control del petróleo y la presencia militar norteamericana en la zona. Comprender el proyecto norteamericano nos exige una mirada global que trascienda las acciones desarrolladas en un solo país. En este caso en particular debemos posar nuestra mirada también en Afganistán y en especial, en Irán. 
Por lo que se desprende de la información que nos llega a través de las grandes cadenas de noticias, Estados Unidos no ha podido, desde fines de 2001 (3) , controlar el territorio afgano a pesar de haber desplegado en el terreno una de las mayores fuerzas militares de la historia. Lejos proceder al mero desplazamiento de los talibanes del poder, la invasión norteamericana acabó con cualquier posibilidad de desarrollo del pueblo afgano estableciendo alianzas con los elementos más corruptos de la política afgana y destruyendo de tal manera los ya débiles lazos nacionales que el inevitable reflujo identitario se produjo hacia los espacios tribales más despóticos. La producción de opio, que el gobierno talibán casi logra erradicar, ha alcanzado cifras record desde la invasión. Así, aunque explotada hasta el hartazgo desde los medios para legitimar la acción norteamericana, la situación de la mujer y de los niños afganos está hoy en las mismas condiciones que durante el gobierno de los talibanes.  Para darnos una idea del nivel de precariedad en el que se mantiene a Afganistán es útil recordar que recién durante 2009 la capital, Kabul, recuperó la energía eléctrica.
Como en el caso iraquí, además del control de los recursos y riquezas naturales afganas, Estados Unidos ha procedido al desmantelamiento total del aparato estatal afgano. Contrariamente a lo que la potencia imperial ha realizado, velada o explícitamente, a lo largo y ancho del planeta en ocasiones anteriores, no se ha contentado esta vez con sustituir al gobierno de turno y colocar en su lugar una administración leal a los intereses norteamericanos; en Iraq y Afganistán se han desarticulado los lazos nacionales, se han exacerbado las diferencias inter-religiosas e inter-étnicas y se ha deteriorado sistemáticamente el nivel de vida y las posibilidades de desarrollo de estos pueblos. En definitiva: se ha garantizado un espacio para el caos perpetuo.
Irán queda entonces asediado por fronteras inestables, "porosas" y sin la posibilidad de exigir a entidad estatal alguna el control de las mismas. No sorprende que hayan surgido nuevamente grupos terroristas contrarios a la Revolución (como ocurriera durante la década del ochenta) (4)  que consiguen equipamiento militar y entrenamiento en Iraq y Afganistán para, desde estos países, ingresar a territorio iraní y llevar a cabo acciones desestabilizadoras. No sorprende, si tenemos en claro el panorama regional, que Irán esté interesado en la rápida reorganización institucional de sus vecinos (5) .

La lógica de la descomposición
Estas estrategias de devastación han tenido su antecedente más claro, aunque en menor escala, en la intervención norteamericana  a Somalia en 1992, donde Estados Unidos ha jugado un papel crucial a la hora de evitar la reunificación del territorio somalí y la recuperación de los atributos de un Estado nacional (6) . Nos parece entonces, y para finalizar,  que estamos frente a una nueva lógica imperial en Oriente Medio que hace uso de la tecnología militar más avanzada para garantizar la completa destrucción de las estructuras estatales de los países que invade, pauperizar el nivel de vida de sus habitantes, minar sus posibilidades de desarrollo y profundizar hasta donde es posible las diferencias internas.
En el espacio que domina el caos sólo la fuerza  se impone y Estados Unidos sabe que ese recurso  le pertenece.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

  1 CALLONI, STELLA y DUCROT, VICTOR. La invasión a Iraq. Ediciones  del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2003. Página 43.
  2   Véase por ejemplo el sitio www.resistenciairaqui.com.ar, cuyo referente consiguió publicar un libro en defensa a Saddam Hussein en la Editorial de las Madres de Plaza de Mayo.
  3   Año de la invasión norteamericana a Afganistán.
  4   Grupos que, no está de más recordarlo, contaron con el apoyo de los Estados Unidos e Israel.
  5  Esto ha sido aprovechado por los sectores sunnitas radicales para señalar que Irán no se había opuesto contundentemente a la invasión a Iraq, cuando en realidad las autoridades de Irán intentaban colaborar para reencauzar la dinámica institucional lo más rápido posible.
  6     No tenemos más que recordar el apoyo explicito de los Estados Unidos a los ataques y posterior invasión etíope sobre territorio somalí con el fin de combatir al Consejo de Cortes Islámicas de Somalia.

*Ángel Horacio Molina es profesor e investigador del Departamento de Estudios Orientales de la Universidad de Rosario, es colaborador frecuente de la Revista Biblioteca Islámica. Si desea saber más visite su blog en oidislam.blogspot.com

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