Menu

Por Allamah Tabatabai:

















Es evidente que el árabe es una lengua rica y poderosa, capaz de exprimir con mayor precisión y claridad, las aspiraciones íntimas del hombre; en este dominio, ninguna lengua puede serle comparado. La historia atestigua cómo los Árabes de los tiempos preislámicos – la mayoría nómadas privados de los bienes y usos de la civilización urbana - , eran reputados y estimados por su elocuencia y su verbo; por así considerarlo, no se pudo encontrar a lo largo de los años, un solo adversario capas de rivalizar con ellos en este dominio. Para los árabes, un bello discurso era la cosa más estimable; a sus ojos, las bellas palabras, la elocuencia literaria, debían ser veneradas; en el interior de la ka’aba colgaban en los muros de la cámara  de los ídolos, las mejores poesías, los más agradables propósitos de sus literatos y ordenes de primer orden. Además, dominaban perfectamente esta lengua tan rica en reglas, gramática y signos, componiendo en su precisión y en su belleza.

Cuando los primeros versículos del Corán fueron revelados al noble profeta (que Dios le bendiga) y conocidos en público, una  gran emoción se emparó de los Árabes y sus poetas; jamás habían escuchado una palabra tan bella; el propósito coránico había removido su corazón y trastornó su alma, de tal forma que olvidaban sus propias poesías y poetas. Entonces descolgaron los poemas suspendidos (mu’laqat) en los muros de la Ka’aba. El discurso divino fascinaba por su belleza y su profundidad a todo oyente;  el ritmo acompasado enmudecía a los mejores habladores. Sin embargo, la revelación coránica no gustaba a todo el mundo: las tribus idólatras y no-creyentes se inquietaban, pues el mensaje coránico exprimía con claridad, la prueba de la doctrina monoteísta y blasfemaba la idolatría y el shirk (asociación). El Corán desprecia estos ídolos, estas estatuas de piedra, de madera que veneraban los árabes: la palabra divina no les atribuirá ningún poder, ninguna facultad y desdeñaba, rechazándolos, estos falsos dioses.

Estos Árabes salvajes, cegados por la arrogancia y el orgullo, vivían de rapiñas, de asaltos y de muerte. El profeta, que les invitaba a seguir el camino de la verdad, la justicia  y el humanismo, de apagar la llama de la fe, romper el estandarte de la guía divina; pero jamás conseguirían sus fines.

Al principio de la revolución de Muhammad, el noble profeta (que Dios le bendiga) fue presentado a Walid, un orador árabe célebre por su elocuencia; le recitó algunos versículos del sura “ Claramente expuestos”; Walid escuchaba atentamente, y cuando el profeta recitó el versículo : “si se vuelven, diles: Os eh advertido de la amenaza de una destrucción parecida a la destrucción de los ad y los Tamud” (Corán XLI, 13), Walid empezó a temblar y entonces perdió el conocimiento; el incidente puso fin a la reunión. Algún tiempo después, ciertos Árabes descontentos fueron a Walid y le criticaron su actitud, que les había hecho perder ante Muhammad. Walid les respondió: “Os juro que os equivocáis; sabéis que no tengo miedo a nada y que no pretendo obtener la menor ganancia, o cualquier posición privilegiada: soy un hombre de letra y elocuencia, pero las palabras recitadas por Muhammad no se parecen a las de la gente común. Son agradables y emotivas; no se puede clasificarlas de poesía, ni nombrarlas prosa; son profundas y llenas de significación; si verdaderamente queréis que os dé mi juicio al respecto, dadme un plazo de reflexión durante tres días”.

Al término de este plazo, volvieron donde Walid. Este, les dijo: “Las palabras de Muhammad fascinan y envuelven el corazón de los hombres; provienen de la magia y la brujería”. Así, muy pronto los asociadores calificaron a Muhammad de brujo y el Corán de brujería ; exhortaban a las gentes a no escucharles con el  fin de no impregnarse por su verbo mágico. Cuando el profeta recitaba los versículos coránicos en la mezquita de Al-Haram, trataban de cubrir su voz haciendo ruido, gritando, o aplaudiendo.

A pesar de ello, la palabra coránica les atraía misteriosamente;  por la noche , escondidos, iban a escuchar al profeta que recitaba a los otros : “Una palabra tal, no puede venir de una criatura humana.” A este sujeto, el Corán precisa “ Sabemos perfectamente lo que oyen cuando ellos te escuchan e incluso cuando están en círculos y los injustos dicen: ¡ No seguís más que a un brujo!” (Corán XVII,47). Cuando el profeta (que Dios le bendiga) recitaba el Corán en las proximidades de la Ka’aba y llamaba a las gentes a seguirle, los oradores árabes que pasaban por allí, inclinaban la cabeza para no ser reconocidos: “¿Acaso no es para esconderse de él que se repliegan sobre ellos mismos?” (Corán XL, 5).

Fuente: INTRODUCCIÓN AL CONOCIMIENTO DEL ISLAM

Páginas:  98, 99,100

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

No se permite bajo ningún criterio el lenguaje ofensivo, comente con responsabilidad.

 
Top