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Por Ángel Horacio Molina (Argentina):

El 15 de mayo del presente año, España se vio sorprendida por la convocatoria de miles de ciudadanos en la Puerta del Sol; la fecha, desde entonces, se presenta como el inicio del movimiento que se conoció en todo el mundo como “los indignados”. Estas acciones fueron reproducidas rápidamente en otras tantas ciudades europeas sacudidas por la crisis económica y los proyectos de los distintos ejecutivos de profundizar los recortes y las prestaciones sociales.

Un primer señalamiento es necesario: la “indignación” es económica, se reacciona contra el desempleo, la precariedad laboral y las dificultades a la hora de acceder a una vivienda. Otros reclamos se unieron luego, como el de una profundización de los mecanismos democráticos o el de una mayor pluralidad informativa, además de otros derivados de los problemas económicos antes planteados como la crítica al poder de los bancos y la forma que ha asumido el sistema capitalista. Quienes procuraron exportar el reclamo proponiéndolo como modelo global hicieron hincapié sobre todo en estos últimos puntos para desvincularlo de los reclamos originales y propios de la coyuntura europea que le dieron origen. Asistimos así a un intento de magnificar las voces descontentas de Europa utilizando al resto de planeta como caja de resonancia.

En América Latina alguna izquierda optimista quiso ver en los “indignados” la señal de la crisis del capitalismo mundial y el surgimiento de una nueva conciencia planetaria que daría lugar a un nuevo proyecto económico; y justificaron con este discurso su adhesión a las convocatorias del movimiento. Sin embargo este argumento no resiste análisis alguno. No hay una crítica profunda al capitalismo como sistema sino que, simplemente, se reacciona contra algunos efectos del mismo cuando los afectados han sido los ciudadanos de Europa; nuestros pueblos en Latinoamérica, Asia y África venimos padeciendo sus consecuencias desde hace décadas sin que nuestros excluidos, desempleados, marginados y explotados haya generado indignación parecida en estos cientos de manifestados europeos; es más, nuestro empobrecimiento permitió que el capitalismo fuera para ellos, hasta ahora, un sistema “adecuado”.  

No nos engañemos, no hay una nueva conciencia moral detrás de estos reclamos. Como pequeña muestra es interesante notar que mientras “los indignados” salían a la calle, las fuerzas de la OTAN descargaban toneladas de explosivos sobre Libia sin que una sola expresión contra la destrucción del país árabe (orquestada por los mismos poderes políticos y económicos contra los que dicen manifestarse) se escuchara desde este movimiento. Es más, ni siquiera encontramos en sus planteos una crítica profunda a las formas en que el capitalismo depreda nuestros países, posiblemente porque eso supondría detenerse en el papel del capital y las empresas europeas. Cuando el capitalismo, desde sus orígenes, hacía estragos en nuestros países permitiendo el desarrollo de  Europa y los Estados Unidos, no había indignados en esas plazas de Europa.
La superficialidad de los reclamos y el carácter puramente coyuntural (sin “nueva conciencia  moral” alguna) se expresa en lo que los “indignados” consideran una de sus virtudes: su independencia de cualquier ideología política. Su único elemento cohesionador, por lo tanto, es el descontento ante la coyuntura económica de una Europa en crisis. No sorprende entonces que mientras se invita a “Tercer Mundo” a sumarse a esta ola de indignación, los niveles de racismo y xenofobia en Europa lejos estén de disminuir, el mensaje es claro: los no europeos sólo sirven fuera de Europa para potenciar el reclamo de los europeos.

Es interesante  notar que algunos periodistas han intentado vincular las manifestaciones europeas a cierta inspiración en la serie de movimientos que se conocen ya como “la primavera árabe”. Esto puede hacernos pensar, equivocadamente, que existe un espíritu de solidaridad internacional que vincula a los oprimidos árabes con los “indignados” europeos; las muertes de nuestros hermanos en Bahrein, en Yemen, en Somalia, en Libia o en Palestina no merecieron palabra alguna de solidaridad, como si el sistema que ahora los perjudica no fuese también responsable de estos males. Ni siquiera las espantosas imágenes de los últimos momentos de Qaddafi generaron escozor moral en estos “razonables” ciudadanos que con sus votos e impuestos avalan las peores prácticas imperiales sobre nuestros continentes (tal como lo prueba el aplastante triunfo del partido franquista en España).

Europa es un continente en decadencia, sólo capaz de manifestarse cuando su bienestar económico se ve en peligro; ocasionalmente se entusiasma con algún movimiento nuevo y vital en el “Tercer Mundo” pero para desencantarse rápidamente cuando no responde a su modelo ideal pensado, desde la cómoda ociosidad de una Universidad o de un café europeo. Cuando nuestros pueblos encuentran sus propios, dinámicos y creativos caminos de liberación, como sucedió en Irán de la mano del Imam Jomeini, Europa no busca ni siquiera las herramientas analíticas para aprehenderlos, por el contrario, decide  ubicarse como su enemiga ante la indiferencia de los que hoy se dicen “indignados”. 

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