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El Corán es el libro sagrado del islam. La Biblia es el libro revelado de los judíos. El Evangelio es el texto fundante del cristianismo. ¿Qué pensaríamos si los líderes musulmanes pusieran en marcha una campaña de “coranización” de la sociedad española, en la que vincularan directamente la religión con la política, identificaran la ley islámica con el derecho civil y fundamentaran la ética civil en la moral islámica? ¿Qué pensaríamos si los judíos iniciaran una campaña de difusión de la Biblia hebrea y de conversión al judaísmo en la sociedad española? Las tendríamos por un provocación y una falta de respeto a la libertad ideológica y religiosa de la gente.  Consideraríamos ambas campañas como una operación de proselitismo religioso tendente a la islamización y a la judaización de la sociedad española. Y estaríamos en lo cierto. Sería un despropósito y un anacronismo.

Pues bien, ese despropósito y ese anacronismo, esa falta de respeto a la libertad religiosa e ideológica es la que pretende llevar o a cabo la Conferencia Episcopal Española (CEE) con su campaña de nueva evangelización de la sociedad. Insatisfecha como está con el proceso de  secularización, que interpreta como una agresión a las creencia, incómoda como se encuentra en la democracia porque ve mermada su injerencia en la vida política, disconforme con la separación Iglesia-Estado, lo que pretende, en el fondo, es cristianizar la sociedad española. Y como no puede hacerlo en su conjunto volviendo al modelo de  cristiandad, lo hace por áreas y sectores.

Empieza por la juventud, de cuyos problemas e inquietudes está totalmente alejada y a la que quiere re-conquistar, con escaso éxito, a través de puestas en escena espectaculares como la Jornada Mundial de la Juventud. De poco le ha servido, porque los jóvenes se distancian cada vez más de un cristianismo cultual y represivo como el ofrecido por el papa en dicha Jornada.  Sigue con la familia, que la CEE ve amenazada de disolución por la legalización del divorcio y el matrimonio homosexual. y busca llevarla al redil del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer a través de las celebraciones masivas de la Sagrada Familia en la plaza madrileña de Colón cada último domingo del año, así como de la Jornada Mundial de la Familia de 2006 con el escandaloso desvío de sumas importantes de dinero a la trama Gürtel.

Luego viene la escuela, que cristianiza por medio de los “idearios” en los centros docentes de titularidad católica, de la clase de religión católica y de la confesionalización de la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Tras la escuela viene la cristianización de la universidad con la creación de universidades católicas y el mantenimiento de las capillas y de la realización de actividades de culto. La voluntad confesional alcanza a varios medios de comunicación, que transmiten, reproducen y legitiman las tendencias más conservadoras, tanto políticas como religiosas, y pretenden influir en la opinión pública a veces con mensajes desestabilizadores de la propia democracia.

La cristianización de la sociedad comporta, en la mentalidad episcopal, la imposición de una moral cargada de prohibiciones en materia afectiva y sexual, así como en las relaciones de pareja. Una moral que hace infelices a los seres humanos y en la que el pecado se convierte en delito.

Con esta intencionalidad cristianizadora, los obispos pretenden revertir el proceso de secularización que reconoce la autonomía de las realidades temporales de toda tutela religiosa. Un proceso, a mi juicio, ejemplar, que ha supuesto la apelación a la conciencia personal y el desarrollo de una ética cívica laica, y que se ha llevado a cabo con escrupuloso respeto hacia las creencias y las prácticas de las personas y comunidades religiosas. Por lo que conozco, la sociedad española es una de las más secularizadas de Europa, que, a su vez, cuenta con la jerarquía más conservadora del viejo continente.  

            Hay, con todo, otra forma de entender la evangelización como oferta de sentido humanizador y buena noticia de liberación de las personas, los grupos humanos, pueblos y continentes enteros más vulnerables y empobrecidos. Es la idea de evangelización que puso en marcha el Concilio Vaticano II y que llevaron a cabo el episcopado latinoamericano en las Conferencias de Medellín (1968), Puebla de los Ángeles (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007),  los teólogos y teólogas de la liberación, las comunidades de base y Cristianos por el Socialismo, que vinculan  evangelio y liberación, cristianismo y promoción humana, esperanza cristiana y utopías históricas,  opción por lo pobres y lucha contra la pobreza.  

La CEE camina en dirección contraria a la historia. Demuestra insolidaridad ante la crisis, sobre la que guardan silencio porque a ellos no les afecta, ya que viven instalados cómodamente en un sistema de privilegios. Quiere convertir a la sociedad española al cristianismo pero sin predicar con el ejemplo. Ese es su modelo de evangelización. El fracaso está asegurado. ¡Cuántas energías desperdiciadas!

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2012). 

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