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Debo admitir que no soy teólogo, que quizá mis meditaciones sobre Dios no están a la altura de los grandes filósofos creyentes, pero esto no impide que reciba el impacto de frases que definen nuestra conducta en el diario vivir, dichas frases merecen que los humanos las meditemos aunque sea de vez en cuando, al hacerlo nos daremos cuenta de su profundidad y de nuestro alejamiento de Dios.“No hay más Dios que Dios…”, reza El Corán, parecen seis inocentes palabras, pero cuánta verdad, advertencia y lecciones  encierran si las aplicamos a nuestro entorno, en el que estamos rodeados de dioses y semidioses creados por la falsa expectativa del consumismo capitalista.

Endiosamos deportistas, clubes deportivos, actrices, religiosos, objetos, el dinero, las posesiones, a cuanto ser humano que nos simpatiza en extremo, leemos que “los impuestos son sagrados” o que tal o cual cosa es “sagrada”.

Si no endiosamos nos dejamos llevar por la corriente para estar “in”, gustosamente nos sometemos a las exigencias del materialismo sin importar las consecuencias de nuestra conducta, porque nos enseñaron que Dios nos perdona todos los pecados, incluyendo el de no adorar a Dios.

Si analizamos las prédicas alrededor de Dios de los falsos “pastores”, éstos tampoco le ofrecen a sus “ovejitas” la oportunidad de meditar, por el contrario les piden dinero afirmando que esa “ofrenda” es para la obra del “señor”, incluso algunos se atreven a afirmar que “Dios le devolverá el doble”. Lo triste es que los seguidores de estos falsos profetas se creen semejante mentira. Veladamente estos señores predican los falsos dioses,  las falsas acciones y falsas creencias.

Endiosar personas o cosas nos convierte en seres egoístas, nos aleja de la caridad tan citada pero no practicada, nos vuelve violentos al aferrarnos a lo que damos categoría de “sagrado”, nos volvemos propensos a los vicios para disfrutar esos dioses… “¡Ah!, esta es bebida de dioses”, solemos exclamar al paladear un licor.

Tal es la consecuencia de creer y crear dioses que hasta damos la vida por defenderlos, nos negamos a separarnos de ellos, entregamos a ellos nuestros mejores intenciones y sentimientos, olvidándonos de los seres humanos que es donde en verdad se materializa Dios.

“No hay más Dios que Dios”, nos obliga a cambiar nuestra conducta, porque al dejar de endiosar personas y cosas podemos ver con más amplitud la vida, nos volvemos generosos, le damos sentido a la caridad, la generosidad, la solidaridad, la compasión, la humildad… y tanta virtud opacada por el materialismo.
Incluso, nos damos cuenta de que al llegar el poder muchos se creen dioses capaces de cambiar el destino de las personas y exigen pleitesía a cambio de dádivas, basta ver la historia de los dictadores en Latinoamérica para comprobar este acierto.

El someternos a falsos dioses nos lleva a la violencia, como los conflictos en los estadios por seguir a tal o cual equipo, las discusiones inútiles alrededor de quién es mejor o quien tiene lo mejor, a la pérdida de la vida por proteger lo que creemos divino sin meditar en Dios.

La unicidad de Dios, tal como lo plantea la frase “no hay más Dios que Dios”, es indiscutible, sin embargo ¡cuán a menudo quebramos este mandato! Y en ello dejamos la plenitud de nuestra existencia, para terminar víctimas de nuestras propias acciones con traumas, equizofrenias, temores, inseguridades, violencias, hipocresías… es decir, víctimas del lado más oscuro del ser humano, oportunidad que los lobos disfrazados de ovejas no dejan pasar.

Por Néstor Martínez, IndamislamPress

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