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Los «hijos de un Allah menor» continúan expiando la herencia de un odio transmitido de generación en generación, por una culpa que no les corresponde. Los soldados israelíes se han metido a la perfección en el papel de múltiples Herodes contemporáneos: son ya 253 los niños palestinos masacrados en este ataque. Un horror sin fin, por el que ningún soldado, ningún oficial del ejército, ningún gobierno israelí será obligado a asumir jamás sus responsabilidades penales como criminales de guerra. Si estas víctimas inocentes reciben siquiera un instante de perdón, no será desde luego en los lugares que albergan los juegos, sueños y ansias de crecer de aquellos a quienes les han arrebatado a sus padres y madres. Los orfanatos se han convertido en el nido favorito de las aves mecánicas israelíes, a ellos van los aviones de combate a poner sus bombas. Los compañeros del ISM me escriben desde Rafah: «Domingo 11 de enero, aproximadamente a las tres de la madrugada, los cazas F16 han bombardeado el centro de huérfanos de la asociación Dar al-Fadila, en el que había una escuela, un instituto, un centro informático y una mezquita, en Taha Hussein Street, en el barrio de Kherbat al-’Adas al noreste de Rafah. Parte de los edificios fueron completamente destruidos y los que aún aguantan se encuentran seriamente dañados. La escuela daba servicio a unos 500 niños que habían perdido a sus padres». La personalísima yihad israelí contra los lugares santos del islam a lo largo de la Franja continúa, ante la «aprobación silenciosa» de la comunidad internacional: contando la mezquita de Kherbat al-’Adas, son ya 20 las mezquitas arrasadas hasta ahora. Afortunadamente ningún «cohete» Qassam ha rozado aún las paredes de una sinagoga, ya que de otra manera no dudamos que hubiéramos escuchado, con certeza, alzarse gritos de indignación desde todos los rincones del mundo.

Dios tiene que pagar el precio de recibir oraciones de los palestinos. De las casi 950 víctimas, el 85% son civiles. La máquina infernal de destrucción israelí sigue avanzando lentamente por toda Gaza, destruyendo casas, escuelas, universidades, hospitales, sin que se adviertan signos tangibles ni voluntad de sanción por parte de los gobiernos occidentales. Ha llegado entonces nuestro turno, el de los simples ciudadanos sin otra ciudadanía que el sentimiento de pertenencia a una sola comunidad: la familia humana. Ahora es el momento de meter un palo en este maldito engranaje infernal.

Me he visto con el doctor Haidar Eid, profesor en la Universidad Al Quds de Ciudad de Gaza. Un intelectual de izquierda, curtido y al tiempo alegre, apasionado, generoso, como ya no se encuentran en Italia, desaparecidos o escondidos en algún sótano de la memoria porque no se han podido reciclar con el uniforme bipartidista que hace avanzar cogidos del brazo a posfascistas y poscomunistas, unidos en una sola letanía para justificar a Israel después de cada masacre. Haidar se ha presentado como portavoz del PACBI (The Palestinian Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel) y del BDS (The
Boycott, Divestment & Sanctions Campaign National Committee, http://bdsmovement.net/) y con él he hablado de boicot.

La historia enseña pero no tiene alumnos… y es imposible que Mandela y Mahatma Gandhi concedan clases particulares. Pero está la propia historia de Sudáfrica mostrándonos el camino para obligar a un Israel racista y colonial y forzarlo a alcanzar un compromiso. Si no boicotear entonces aquel régimen del apartheid fue considerado en parte como ser cómplice, ¿qué es lo que cambia hoy? Como yo, la inmensa mayoría de los palestinos no creen que la mejor respuesta a la ocupación israelí y a esta masacre sean los atentados, los kamikazes y los ataques contra Sderot. El boicot es pacifista, no violento, la mejor respuesta humanamente aceptable a la barbarie de un conflicto que ha convertido cada gesto en inhumano. La mejor arma en el arsenal de la no violencia, como nos recordó Naomi Klein en un reciente editorial en The Guardian. Haidar consigue sacar algo positivo del charco de sangre en que nos estamos hundiendo. Igual que tras la matanza de Sharpeville en Sudáfrica, el 21 de marzo de 1960, cuando 78 negros fueron hechos pedazos por voluntad de un régimen de barbarie, y el mundo se sintió obligado a decir ¡BASTA!, la incomparable masacre de un millar de civiles palestinos podría dar igualmente vida a una fuerte campaña de movilización para castigar los crímenes israelíes. Haidar es también uno de los partidarios de Israel y Palestina unidos en un solo estado, laico, democrático e interreligioso, para él la única y pragmática vía de salida a un conflicto para el que no ve otra solución.

En privado me habla de la Nakba, de la que escapó por pocos años, aunque la ha vivido intensamente en las historias de sus familiares. Me cuenta vívidamente, como hijo de la poscatástrofe, cómo la Nakba se ha ido transmitiendo, alimentando el subconsciente colectivo de miles de palestinos.

La pesadilla se hizo nuevamente realidad golpeando los tejados de las casas el 27 de diciembre de 2008, y desde entonces no ha parado de producir noches de insomnio. Haidar me invita a difundir, por lo que yo apunto en mi maltrecho cuaderno, su petición a todos los italianos de no comprar más productos made in Israel. Los productos israelíes se reconocen en las estanterías gracias al código de barras que los identifica: 729 son las cifras iniciales. Para obtener la lista completa de productos es posible acceder a la página http://www.boycottisraeligoods.org. Imprimid el listado y pegadlo en la puerta de la nevera o metedlo en el bolso de vuestra madre o vuestra mujer cuando se van al mercado. «Si compras un solo vaso de agua proveniente de Israel, estás comprando también un proyectil que, tarde o temprano, se incrustará en el corazón de uno de nuestros niños».

El movimiento de boicot, que vio la luz en 2005 en Palestina, está haciendo grandes avances y se está extendiendo entre los millones de consumidores de todo el mundo. El presidente venezolano Chávez, que ha expulsado al embajador de Israel y roto las relaciones con el Estado que está estrangulando Palestina, debería ser un ejemplo a seguir para todos nuestros políticos.

Los líderes sudafricanos de la lucha contra el régimen del apartheid, Mandela, Ronnie Kasrils y Desmond Tutu, sostienen que la opresión israelí contra los palestinos es, con mucho, peor que la de aquella Sudáfrica; se trata de voces por descontado más autorizadas que la de los políticos italianos Frattini y Fassino. Varios judíos israelíes se han unido a la campaña de boicot, alrededor de 500 hasta la fecha, entre ellos Ilan Pappé y Neta Golan, y supervivientes del Holocausto que ahora gritan «nunca más». El poeta israelí Aharon Shabtai nos invita a la acción: «Tengo esperanza en la ayuda de los europeos, que los descendientes de Voltaire y Rousseau ayuden a Israel, porque Israel no pondrá fin a la ocupación hasta que Europa no diga “basta”. Sólo la presión por parte de los países democráticos y civilizados puede cambiar la situación y devolvernos la felicidad. La situación actual—en la que es el ejército el que dicta las leyes— no se puede cambiar desde dentro. Por los valores de los que es portadora, Europa no puede continuar colaborando con Israel. 729 tiene que ser nuestra shoah: ¡nunca más!».

Fuente: Vittorio Arrigoni, GAZA Seguimos siendo humanos, Madrid 2010, Bósforo Libros, págs. 91-95
 
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