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La tarde caía sobre el pueblo, la luz tenue del sol iba desapareciendo en el occidente, dando paso a las sombras grises y opacas de la noche.
En un portón blanco en las afueras del pueblo dos niños jugueteaban, corriendo de lado a lado de la calle, intentando tocarse el uno al otro.
Al rato, dejaron de jugar y se sentaron en unas piedras que aun permanecían calientes por el sol del día.
  • ¡Oye Pepe! ¿has escuchado lo que dice la gente por ahí?— preguntó Chus uno de los dos niños al otro.
  • No, ¿Qué dicen?
  • Que en el pueblo asustan por las noches.
  • ¡Locuras! — Contestó Pepe.
  • ¿Y qué tal si vamos a ver si es cierto?
  • ¡Estás loco, ya es noche y mi mamá me regaña si llego tarde a la cama!
  • ¡Tienes miedo!... ¡tienes miedo!...
  • ¡Que no!— gritó Pepe.
En ese instante, la mamá de Pepe pasó por ahí.
  • ¿Qué hacen aquí los dos? — les preguntó.
  • Niña Marta — Dijo Chus, ignorando la pregunta de la señora — ¿usted ya ha escuchado lo que dice la gente?
  • ¿Qué cosa?
  • Que en el pueblo asustan.
  • Sí, me lo contó una señora en el mercado, pero, son puras mentiras.
  • ¡Ya ves, es mentira! — exclamó Pepe, mientras le daba un empujón a su amigo.
  • ¿Y por qué preguntas? — dijo la señora, frunciendo el seño.
  • Es que… vera usted… le decía a su hijo que si íbamos a dar una vuelta al pueblo, tal vez veíamos a los fantasmas que dicen.
  • ¿Y tú crees que mi hijo va a ir? Si le tiene miedo hasta a su sombra.
  • ¡Mamá! ¡no digas eso!
  • Jajaja, ya ves — dijo Chus—, no vas porque tienes miedo.
  • ¡Que no tengo miedo! — gritó Pepe.
  • Entonces ¿vas a ir?
  • ¡Voy a ir! — Contestó— ¿Mamá me das permiso de ir? Sólo daremos una vuelta y regresamos.
  • Está bien — contestó la mamá al ver que estaba en juego el honor de su hijo.
  • ¡Gracias mamá!
En ese instante los dos niños corrieron hacia el pueblo, ante la mirada expectante de la mama, quien no se movió hasta verlos desaparecer a lo lejos.
Cuando los niños llegaron al parque del pueblo, ya era bien entrada la noche y sólo se podían ver las luces de las casas a través de las ventanas.
  • No veo nada— dijo Pepe, mientras se mordía las uñas — vámonos a casa.
  • Esperemos un rato, no me digas que tienes miedo.
  • No.
  • Entonces sólo demos una vuelta al parque y nos vamos.
  • Está bien, pero promete que luego nos iremos.
  • Sí hombre.
En ese instante las pocas luces de las casas se apagaron, quedando sólo un farol de luz opaca alumbrando una solitaria esquina; y el resto del parque se sumió en una tétrica oscuridad y sólo se lograba apreciar el lánguido avance de la neblina por entre los árboles.
Los niños le dieron la vuelta al parque, y ya se disponían a marchar cuando alguien gritó a lo lejos helándoles la piel.
  • ¡Un fantasma!
Luego se escuchó que alguien corría desesperado por la calle.
  • ¿Oíste eso? — dijo Chus — Un fantasma, vamos ver.
  • No es necesario — le contestó Pepe— quedémonos aquí, ¿y si es cierto?
  • Pues si eso iremos a ver… si es cierto.
Chus tomó a Pepe de la mano y empezó a caminar hacia donde había escuchado el grito.
Cuando llegaron al lugar no vieron nada y se pararon un momento sin saber para donde agarrar; cuando a lo lejos observaron a una mujer con vestido blanco que se acercaba.
  • Disculpe señora— dijo Chus, cuando la tuvieron cerca— ¿usted fue la que gritó?
  • ¿Yo gritar? Están locos, no tengo tiempo para eso. ¿y qué hacen dos niños tan noche en el pueblo?
  • Buscamos fantasmas.
  • Si serán locos; los fantasmas no existen.
Chus y Pepe, se miraron el uno al otro interrogándose con la mirada, pues, después de todo quizás la señora tuviera razón.
  • Bueno gracias — le dijo Chus.
  • Cuídense niños— les dijo la señora y se dispuso a retirarse, pero luego se paró un momento para interrogarlos — Por cierto niños ¿han visto por acá a un niño más pequeño que ustedes?
  • No — contestó Chus.
  • Bueno, si lo ven le dicen que lo ando buscando.
  • Está bien señora — contestaron.
Y la señora continúo su camino, desapareciendo entre la neblina, que ya había cubierto el parque con su manto gris.
  • ¿Nos vamos a casa? — preguntó Pepe.
  • Si nos vamos.
Los niños doblaron una esquina y al otro lado del parque escucharon de nuevo un grito.
  • ¡Un fantasma!
  • ¿Oíste eso? — dijo Chus y haló a Pepe de la mano.
Cuando llegaron al lugar sólo se encontraron a una mujer tendida en el suelo, al parecer desmayada.
  • ¿Está muerta? — preguntó Pepe.
  • No, se debió desmayar al ver el fantasma.
  • ¿Y si los fantasmas sólo los pueden ver los adultos? — dijo Pepe.
Chus, se le quedó viendo intrigado.
  • Puede que tengas razón, pero yo no me cansare de venir hasta que no vea un fantasma; pero, ahora ya es muy tarde vámonos a casa.
  • Sí, vámonos.
Y los dos niños empezaron a caminar por la calle adoquinada, atravesando la bruma con sus delgados cuerpos; saltaban de un lado a otro, luego llegaron al portón donde habían estado jugando horas atrás, antes de emprender la aventura; entraron en él y cada cual se fue a acostar a la tumba que le correspondía.


*Héctor Dennis López es narrador y parte de los talleres de literatura de la Asociación Cultural Islámica Shiita de El Salvador impartidos por el escritor Mauricio Vallejo Márquez.
 
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