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Los gobiernos de las principales potencias capitalistas utilizan a la gran nación turca como un corredor de criminales mercenarios y una base de comercio y tráfico de armas para intervenir de manera agresiva contra la República Árabe Siria. El régimen de Recep Tayyep Erdogan, considerado como “islamista moderado” por la Unión Europea y Estados Unidos, se convirtió en el aliado de las guerras que Occidente adelantó hace 10 años contra la República Árabe de Irak y el apoyo en 2012 y 2013 a grupos terroristas empeñados en derrocar al gobierno de Bashar al-Assad en Damasco.

  Noventa años después de la proclamación de la República de Turquía, las autoridades que despachan en Ankara, usan el territorio sagrado de su país para servir a los intereses británicos, estadounidenses y franceses en la vecina nación siria. Afortunadamente en la patria de Mehme Akif existen autores, ciudadanos, estudiantes, pensadores, políticos y trabajadores que se oponen a las guerras y advierten a sus compatriotas acerca del peligro que significa la actual política exterior de Erdogan.

  León Panetta, ministro de Defensa estadounidense, fue recibido con honores el mes de enero por parte del gobierno turco, cuya principal tarea en una década ha consistido en estar bien alineado con la política guerrerista que priva en Washington, D.C., no obstante presumir al presidente Barack Obama como Premio Nóbel de la Paz desde el año 2009. Algunos demócratas progresistas, simpatizantes de izquierda y musulmanes de las escuelas shiíta, sufi y sunita protestaron por la visita del funcionario norteamericano quien viajó hasta Ankara para supervisar la instalación de baterías Patriot, unos dispositivos militares que la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) facilitó a Turquía para prepararse y responder ante una “eventual incursión militar siria”.

  Islamismo moderado significa para las potencias capitalistas una corriente que tolere los abusos, crímenes y robos de Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel, principalmente, a países árabes o de mayoría musulmana como Indonesia, República Islámica de Irán y Turquía. De la tolerancia mantenida por algunos gobiernos de países islámicos se ha pasado a la complicidad con los imperios en aras de negocios jugosos que benefician exclusiva y grandemente a monarquías y tiranías que no sólo niegan, sino también persiguen y reprimen al Islam.

  En Ankara y otras ciudades de la gran nación turca se oponen a las guerras imperialistas no exclusivamente los musulmanes. Desde el año 2003, cuando George W. Bush, ordenó invadir la República Árabe de Irak, personalidades de Turquía, como Orhan Pamuk, autor de La vida nueva  galardonado con el Premio Nóbel de Literatura en el año 2006, se pronunciaron con firmeza a favor de la paz y cuestionaron la política imperialista.
  “A veces lo que pasa en Turquía me enfurece tanto que no me puedo quedar callado. No resisto: me toca expresar mi coraje. Estoy contra la invasión a Irak, en primera instancia, por razones humanitarias. Luego, porque odio la idea de que Estados Unidos haya decidido dirigir el mundo en función de su propia agenda y de sus propios criterios sin preocuparse de nada más. Odio la forma tan vulgar en que actúa la administración Bush”, expresó Pamuk a la periodista francesa Anne Marie Mergier al comenzar el mes de marzo de 2003, mientras se multiplicaban las marchas y manifestaciones en diferentes países asiáticos, africanos, europeos, de nuestra América y en varias ciudades de Estados Unidos, oponiéndose a la guerra.

   Abdel Latif Shinau, ex vice primer ministro y Suad Tchaglayan académico y analista político, ambos nacidos en Turquía, han cuestionado recientemente la actuación del gobierno de Erdogan a quien señalan como uno de los principales instigadores de la actual crisis en Siria. En los siete meses recientes, pobladores sirios y turcos aumentan sus dudas acerca de los supuestos intereses “humanos” y “patrióticos” que aseguran defender las autoridades de Ankara. Se repite la historia y en 2013 como en 2003 Turquía es nación-factor indispensable de la avanzada imperialista contra naciones árabes y las amenazas hacia la República Islámica de Irán.

  Walid Mualen, ministro sirio de Relaciones Exteriores, llamó desde Moscú a los diferentes grupos opositores a un diálogo para detener la violencia y conseguir la paz en el país árabe. Antes de que los voceros de cada uno de los grupos de oposición dieran una respuesta, el gobierno de Turquía opinó públicamente que “no existen condiciones ni garantías para dialogar con el régimen de Al-Assad. Otro gobierno de país con mayoría musulmana, el de Qatar, desconociendo los valores de la solidaridad entre hermanos, aconsejó a la oposición armada, seguir la guerra contra las autoridades de Damasco.

  Derrocar a Bashar al-Assad se ha vuelto una obsesión para las principales compañías petroleras británicas, estadounidenses y francesas. Los imperios han invertido millones de dólares en la guerra contra el pueblo sirio y no están dispuestos a respetar la soberanía de la nación árabe. A diferencia de Orham Pamuk, autor también de El astrólogo y el sultán, David Cameron, Barack Obama y Francois Holland, quieren que continúe la desestabilización en Siria, porque no les interesa la humanidad. Una persona no vale nada para el gran capital. Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia quieren decidir la situación en la región de Medio Oriente y el Golfo Pérsico, de acuerdo a los contratos e intereses de empresas que les arrebatarán los recursos al pueblo sirio, en nombre de la “democracia”, “la civilización” y el “islam moderado” de Recep Tayyep Erdogan.
  Turquía merece y necesita un gobierno que defienda los intereses de la población, entre los cuales es fundamental el derecho a vivir en armonía con sus vecinos y poder practicar el Islam que es su religión mayoritaria. Vivirla como enseñó el profeta Muhammad, es decir, con amor fraternal y respeto por los demás.

*Fernando Acosta es periodista colaborador del periódico La Jornada de Jalisco y de la Revista Biblioteca Islámica
 
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