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La palazón

Tino bajó volumen a su radio ladeando la cabeza para asegurarse si eran cuetes o balazos los que apachaban el silencio. El cucho de Nacasio espigó las orejas.
-¿Qué fue…?
Nicasio buscó el ruido con la frente. Se compuso los anteojos y se limpió el sudor. Se apelotó un viento escurcando las ramas. Callado se puso aquello. No hacía mucho que se había marchado el día. Apenitas se habían colocado a distanciarse en las canciones, mientras la Rosa echaba ceniza en las brasas.
-Ya no se oyó nada Tino ¿Cómo que fue allá por la tarea de los Chihuis?
-¿Balazos?
-¿A saber? Pero aquí no pasa nada. Vos sabés que las polainas. Como que ya ordenó la Rosa. Bueno. Ya se acerca el acueste…
-Sí. Quizás ya me voy. Como estás recién.
-¡Pst! Hoy no se puede.
-Pues quizás me voy a ver la casa. No sea el diablo que vengan ésos, y allá mi mamá, la Anita y los bichos solos.
-Ya el cura avisó. Pero si de aquí se trata, no te preocupés mano.
-Sí. Ya me voy. No vaya a ser.
El chucho ladró con toda su alma. Tino sintió hondo.
Las piernas de la Rosa se miraban detrás de la cortina del excusado enrollándose en un calzoncito rojo. La casita nueva, seis horcones, cinco vigas, tambaleó con los ladridos.
El chucho ladró de nuevo y más preciso, y la Rosa pronunció más de tres veces el nombre de Nicasio. Por donde los Chihuis había incendio.
De la espesura verde los palos comenzaron a subir, a comerse el asombro. El chucho ladraba reculando hacia los pies de Nicasio. Verde seguían creciendo. Y así chiflaba el viento.
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-¡Puta!- Exclamó Tino macizando la cacha del corvo. Los estómagos y la espalda se erizaban, se les iba a entiesar la esquina de los labios.
Por  donde los Chihuis se oía el dolor tocando la inmensidad con la punta de las llamas. La palazón tomó forma. Verde se acercaba ahuellando incertidumbre.
El chucho corrió a encimarse sin dejar de ladrar. Moviéndose como boca de cocodrilo quiso morder, acabarse el mal solitito para regresar a los pies de Nicasio. Y fue un solo semillazo, tronó en su cabeza volándola a pedazos en chilguetes rojos y blancoamarillosos que caminaron por el patio en busca de caricia. Tino, quieto.
Como buscando a su mujer, Nicasio salió preciso a mirar por el excusado. De ahí se metió a la casa.
-No se preocupe mi Rosa.
Ya aquello estaba cercado. Las gallinas levantaban sus nahuas y se escurrían junto al gallo por los espacios que dejaba la palazón del infierno que iba engulle y engulle por la fuerza.
-¡Nicasio! ¡Nicasio! –gritaba desesperado Tino- Vení manito. Me joden estos hijos de puta.
La Rosa empujó a Nicasio señalándole con una mueca el lugar donde estaba el corvo. Afuera se oían carcajadas, las casqueadas, mochazón de plantas, y los gritos de Tino.
-¡Suéltenme… suél… tennnmmmme! ¡Nicasio Nicasio- Vení manito.
¡Nicasioooo! Quítame a éstos.
Nicasio se prensó fuerte a la mujer, la apretó con las ganas que da el miedo de ser el merito hijo de Dios, o ser piedra, o tejo por ahí tirado, pero no esar a merced de lo que no se quiere. No estar humillado esperando sacar un as pulsudo que nos libre del juego, no estar renegrito de los ojos machucados por el abrazo.
Tino ya sin fuerza griaba, se estaba, se estaba ahogando en un llanto saltadito, gutural, brincador, el llanto de la muerte.
-¡Nicas… sio! ¡Niccc…kkgkgasssioooo!
¡Suel-ll-l-l-lttennmmmeee…hijos de…!
Silencio. La palazón chupaba a tino. Verde se había pintado aquello, verde como el gesto de la boca. Cuando los santos se esconden… así sentía la Rosa. Miraba a Nicasio afligida y descorazonada.
-FIFAFIFAFIFAFIFA! No hay San Pedro,
                                   Con el miedo.
                                  Miedo miedo. –Decían una gringas
                                  Que como que eran el puro tino.
-Ni San Martín
 Cachinfín sin fin.
 Ni Virgen de Candelaria
Decían otras.
-Ni San Bartolomé
 Peregué peregué.
Nicasio escurcó sus bolsillos. Las manos frías se amortajaban escogiendo papeles. Afuera danzaba la palazón bruja, y de miedo se acurrucaban las sombras.
Sobando fuerte la cintura de ella, desaforado se soltó hacia afuera.
-¡Yo tengo carnet! ¡A nosotros no!

Publicado en La Pájara pinta Mayo de 1979


Chipes al sol

Dos chancletas todas chucas pie de hule y boca de pato estaban panza abajo de garrobos por el basural.
-Vé que estamos uniformados.
Le dijo una a la otra con risa de melcocha de niño de atocha. La carrazón pasaba echando el juelgo negro y poniendo las nalgas creídas.
Les habían salido espinillas y sudaban pegajoso. Aquello ahí bien chipe. Sin sombra.
-…y que yo soy ñurda.
-...Y yo, a dónde está Cristo
-Mirá esas maliciosas.
Unas señoras iban pata arrastrada con unas sus chanclas de cuero de chivo que no quería morir, al otro lado de la calle que tiene joroba y está dormida como niño.
Los cipotes que venían de la escuela pasaron entre la basura del basural tirando patadas hasta desapartar a las dos mironas boca de pato. La diestra cayó patas arriba para ver el sol de astrónoma que no era.
-Mirá que bichos
-Si, vos. ¿Y yo no sé ni porqué estamos aquí?
-¿No sabés?
-No.
-Nos guardaron y con encantamiento nos aparecieron en el campo.
-¿Campo? No fregués, si hay van los carros.
-Sí, pero aquí es el campo.
-A pues vámonos. A lo mejor nos tirotea el dueño los fondíos.
-Este no tiene.
-¿Fondío?
-No, dueño.
-Tengo miedo.
Y las dos mejor filosofaban pues como sus patas son el esqueleto partido en un millón de alfiler casi no se movían para acercarse y cuidarse del miedo.
Ve, vos sos torcida. Por vos estamos aquí abandonadas.
La torcida sos vos, ¿qué no te mirás?
!FAFIFA!
Un cantil pasó pescuezo de caporal haciéndoles muecas con su boca de sapo.
Garrobito ¿Verdad que esta si que no...?
-Ve, y a mí me preguntan tarailas, yo no soy garrobo.
Y se metió de burócrata el cantil por el zacatal. 
Una muchacha que andaba sereando los barriles y con los pies chuñas les echó el ojete. Y de tres zancadas las agarró de la boca y les samaqueó las nalgas contra el suelote y ni ay dijeron que bravas que estaban.
-Con una lavada van a quedar chelitas.
Se puso las chancletas que aún tenían cabales los tirantes y las dos se callaron porque había gente.

Publicado en La Prensa Gráfica, julio 29 de 1979

A Lilo Cabrero lo vieron tristón

Lilo Cabrero estaba sentado en un andén। Pero Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.
-Esta sentado /San Pedro en el sol/ con el calzón roto…
Y una seño que mirusqueaba por la ventana arreglándose los ganchos sandinos, con tal de dejarse ver por la cuadra fue a platicarle. Lilo calló.
-¿Qué te pasa niño? ¿Y tu mamá? ¿Por qué andás así por aquí todo triste?
Lilo miró para el cielo que casi se le tiraba, y ahí vio la cara de la señorita que estaba chula y huelía a perfume. Bajó los ojos y se puso a darle vuelta a una cajuela.
-¿Niño?¡Ay Dios que le sacaba platica! Lilo era recontramudo con la gente que se le ponía de muy así estirad y llorosa, aún creía en el derecho que es derecho, pero esta señora se veía alegre y como en la alegría no hay limítrofes de calzón ¡Chas! Que sonríe y suelta la cajuela.
-¿Y tu mamá?
-Allá en la casa.
-Vení te voy a dar una espumilla.
Lilo Cabrero se paró con la mano de la señorita en su hombro y se compuso una risa cholca que pedía socorro de simple por tanto tragar saliva.
Al entrar vio un zapato negro y brillante que como que era de charol.
-Que bonito zapato. Se ve bueno
-Si, se ve bueno. Se le perdió el otro a mi papá y ahí está.
-¡Ah! ¿Y no lo ocupa?
-¡No!
-Me lo da
-Si querés. Y risotada que hicieron los ojos, Lilo se comió la espumilla, y con un Dios se lo pague se despidió de la señorita chula no sin antes pensar que si la señorita le hacía la espera más allacito se casaba con ella.
Al ir por la calle se miró los pies chuñas, las piedras, la basura y los tragantes podridos. ¡Fum! Pasó un camión arenero salpicando con su carga. El radiopatrulla se miraba rondineando al otro lado del barranco, se agarraba de juguete. En las champas a la orilla del boulevard tenían cerrado por el ventarrón que apuñaba ojos.
Lilo Cabrero caminaba. Iiii caminaba. “Yo me lo trabo”, pensó y ya lo tenía puesto. Dejó ir una miradita para el otro lado del barranco, imaginándose que por ahí a lo mejor lo encontraba. Apachó un ojo para comerse la mitad de la tristeza, era como si a este, lado las champas, luego el río, y para aquel las casotas.
Así que no abrió el ojo, y aunque le quedaba Aladino, se vio el zapato a la medida. Y ¡Jilín! Salió para su casa, pescueseando como lagartija, así de señor de reloj, banco, perfume, carros y amantes.
El tufo del río le pareció flor, el color del sol sobre aquel lodo: miel y oro.“!Chivo!” Li lo Cabrero se había contagiado con la alegría de la seño.
Llegó a la champa y la mamá que chinchineaba a un cipote prendido de su pecho mientras espulgaba la cabeza de una niña, lo ojió de luceada de reflector.
-Ve. ¿Y dónde has andando?
Lilo se calló pelando los dientes. Remigio el que lo sigue soltó una tela con lodo que andaba levantando con una varilla de paraguas para jugar de desfile. Y se le acercó al chile señalándole el zapato.
-Mire el Lilo mamá. Anda de vieja pícara.
-Ve que bicho –dijo la señora detonando en sus uñas un piojo- Ya te toca ir a vender a la estación.
Remigio le acercó la cajita con chicles y mentas y Lilo se hizo el loco. Andaba de viaje en OVNI. Se había ido hasta por Guazapa a las tierras de don Julián, a donde vivieron en la misma champa de ahora, que se la trajeron junto con el pato y el candil. No la pudo imaginar pues tenía el ojo pacho, ni aún teniéndola enfrente.
-Alcanzame el pañal, que ya se durmió el niño, y andá quitate eso.
-¡Mamá! El reparto
Remigio colocó la caja en la mesa, avisó, y nervioso desequilibró a Lilo que andaba de viaje, haciéndole chulear los ojos.
-¡Chist! Ya se llenó de mierda el zapato.
Toda la gente del champerío se aglomeró agitada ahí por la casa comunal. La mamá acostó al cipotío y jaló a los otros para el reparto. El Lilo se quedó un rato limpiando el zapato con tejo y choyándolo en el zacate.
El reparto que se desmoronaba por las tormentas y el desempleo venía representada por Perlita del Manantial. traía enfermeras y víveres.
Los hacían llenar los dedos de tinta y marcarlo en una papeleta para afirmar que se sentían satisfechos con la organización, luego daban la bolsada con arroz de miga, maiz y leche en polvo descremada.
Lilo Cabrero se limpió las manos en el ruedo y volvió a meterse el zapato con ganas de tirarle de patadas al excremento del chucho, seguro que el de Gonzalo, el de la par, que estudiaba en la universidad porque era de la policía especial y se cochaba con la policía universitaria.
-¡Hijo! La seño del zapato.
Perlita del Manantial ya sin los ganchos sandinos repartía víveres y sonrisas, y a cada bolsada una foto. ¡Clachk! ¡Clachk! Otra. La mayoría de fotos las mandarían al periódico.
Sin tristeza que estaba, Lilo la miraba todo apagado como cuando miraba el reloj en la torre del parque de Guazapa, como la vez que vió pasar tanques y soldados a la guerra contra aquel ejercito de estudiantes que venían de gritos y cuadernos por la Veinticinco, como cuando la hija de la Chenta tortillera jugando mica se le apretó con besito y salió corriendo con su travesura. Puso así, piquetero el zapato y atortujado fue a saludarla.
-Señora… ¿Cuántos son?
-Seis pero él ha ido a los cortes. Sólo cinco, señorita.
Perlita del Manantial le acercó la tinta y la papeleta. Lilo corrió y se arrimó a la mamá, con el ombligo retorcido que era una brasita deslizada por el esófago frío después del sorbete. Corrió encogiendo el pie con el zapato y risueño para que lo viera.
Nacas de verlo. Apachó el ojo, y Perlita ni se mosqueó.
Que bien se sentía con el ojo pacho pero para Perlita era igual, ni se acordaba, era como salir en las páginas sociales y ni trazas de recordar lo que habían platicado. Lilo se sintió triste.
-Pasen allá ¡Jujú!
¡Clachk! Foto. Risa. Bolsa. Clachk! Foto. Risas. ¡Clachk! Las enfermeras con jeringas en la mano cantaban y se movían como hadas, como cascabeles en celo.
-A la víbora víbora de la mar
Por aquí puede pasar,
El de adelante pasará/ y el de atrás se quedará.
¡Tras y tras y tras y tras!
A cada uno lo vacunaba y ¡pich! Vacunadota. Lilo venía en la cola detrás de su mamá.
-Pase el otro
-Yo quizá no, seño.
-Vacunarse es por su bien
-Si me obligan, me echo limón, mucho duele.
Lilo con el ojo pacho asintió a la mamá instándola con la mirada para que se vacunara.
Remigio y la niña iban secando con las pestañas una lagrimita negra y sobándose el brazo.
-Señorita, ¡Por favor!
Y soltó la mamá de Lilo su diccionario de suplicas. La enfermera hervía algunas jeringas. Lilo huelía que por un pelo no se ponían en juego las puteadas.
-¿Qué pasa aquí, enfermera? –Preguntó Perlita del Manantial 
-Que esta señora no quiere vacunarse y que si la obligan se hecha limón.
Las otras angelitas palomas de algodón y éter, seguían enchutando agujas.
-Bueno, vamos a ver.
Perlita sobó sus labios, sacudió las uñas y se tronó los dedos mientras fruncía el ceño.
-¡Y los campesinos! ¿Qué hubieran dicho?
Se entrometió la enfermera en aquel silencio.
-Esos no leen. Bueno, déjeme pensar.
Si se dio ración de seis, se necesita de seis. Bien. Se puede prescindir del muchachito.
-Gracias niña- se abalanzó la mamá de Lilo haciendo un bendito alabado sea el Santísimo y poniéndole ojos de gratitud.
-póngase la vacuna, le hará bien. Si no duele. Ya va ver que le van a dar el ejemplo.
Lilo con su ojo pacho oía chantes y caída de agua sobre las piedras. Notas iridiscentes que tallaban un cristal en forma de rastrillo hasta limpiar entero de hierbas el espacio.
Se agachó y limpiándose los zapatos, con la boca temblorosa y húmeda se ofreció como voluntario. Más de un cincuenta por ciento inclinado para ser visto y reconocido por la seño.
Bien que se podía la cara de los que peregrinaban y de rodillas por todo Guazapa se arrastraban hasta el santuario para pagar su promesa.
-Pongan toalla.
-Los delantales.
O la cara de los nazarenos en la procesión del centro, de los viejos que llevaban su candela.
-“Venid pecadores
Venid con la cruz,
A adorar la sangre
De mi buen Jesús”.
Y así la puso pues. Perlita del Manantial le sonrió sin conocerlo, y Lilo se fue a las nubes. Se acercó a la enfermera y puso por delante su pie con el zapato.
-¡Ah! Hola niño, sos el que estaba triste en el andén de por la casa.
-Si
-¿Y qué tal?
-Bien.
Y dio la vuelta Perlita a lavarse la boca, el rostro y las manos.
-Vamos a ver –dijo la enfermera.
Masajió con un algodoncito, apretó el brazo, agarrando impulso le ensartó la aguja.
Lilo encogió el pecho y cerró el otro ojo.
La mamá fue a contemplar a los otros cipotes.
El ventarrón azotó un su poco. Viajaba del cerro al volcán. Vibraron las láminas y los cartones, algunos rozos de ladrillos cayeron, y el airecito apretó los ojos a la calavera de Lilo. La luz no fue más que una plasta de huevo estrellado con tomate y canela. Ya no había división de que aquí las champas y allá las casotas, aquí el zapato y para acá el pie descalzo. No había paisaje, ni era niño. Era como si desde siempre hubiera vivido. Como hubiera querido otra espumilla, otro zapato, y la señorita chula como si nada. Con el recuerdo comía otra, con el recuerdo se hacía el par. Y pensaba cosas con un llanto hondo y callado y deseaba cosas con un llanto hondo y callado y deseaba cosas y hacía friyito. Sintió cosquillas y el pie comenzó a crecerle con todo y zapato. Como de payaso se le volvieron. Perlita del Manantial se pintaba los labios. Chepe chancleta miraba doble y empañado recostado en las graditas de palo y tierra de su champa. Remigio y la niña se iban en la corriente del río. Se detenían por un higuerillo en papelero negro que saboreaba cada centrimetro que se humedecía y regresaban. Vio bien a la Marinita la hija de Pepe diablo, que no se le miraba cerca de seis a seis, quizá por la fábrica, o por la calle Arce puteando. Pálida boqueaba con una sonrisa que chiniaba sus cachetes chapudos de tanta espinilla. Estaban: Chito, la Sonia, Boby, Eugenia y el chivo de Mauro Cangrejo.
Y creció el zapato. Elevó la suela, la alargó, subió el tacón y engordó y en su desarrollo asustaba a las hormigas que andaban de curiosas escondiéndose por la arenilla. El zapato de Lilo cabrero se extendió y apachó todo a su paso. Había que destruir el palacio, las plazas, los parques, las iglesias, restaurantes, destruir todo de lo que ellos estaban marginados.
-¡Vaya, vaya!
Ya estuvo, ya estuvo. Así con el algodón. Te la apretás bien. Aquí te lo voy a dejar llenito de alcohol. ¿No duele verdad?
Como que lo succionaba un tragante. Lilo regresaba. Vio con sus ojos apachados a Perlita del Manantial riendo con tamaños colmillos chorreando sangre. A la enfermera chelita chelita con los dientes amenazantes y negros. El zapato en fin de coito, se reducía. Y ya no podía crecer y apartarlas de su vista. Con que amor le vomitaba. La dejaron el algodoncito con alcohol. Lilo Cabrero lo agarró y abrió los ojos.
La mamá, Remigio y la niña regresaron a la hora para la champa. Se repartió a toda la gente y Perlita del Manantial ofreció traerle a los niños a la primera dama de la república con pelotas, sorbetes y dulces.
Lilo cabrero dio vueltas en las calles del champerío, arando con su zapato la basura aquella en cada espacio donde se cagaban las moscas, los cipotes, los cuches, las gallinas y los patos. Hedía con ganas, quien sabe que más que aloja el tuetano de los extraños que lanzan sus miradas cuando pasan por el boulevard.
Se escondía en sombras, palos carcomidos, laminas oxidadas con agujeros y pintura, piedras y trozos de ladrillo para defender del viento, lodo, plásticos, cartones, en humo. Se escondía en sombras y apechugado en las ramas de los pocos árboles estrechaba el tiempo y hacía huequitos en los techos para caer encima del sueño de los hombres.
El volcán se tragaba el sol, las nubes lo jalaban. Lilo cabrero fue llegando a la champa. Remigio y la niña jugaban con otros esperando los frijoles. El tierno chillaba. Las gallinas de más arriba cacaraqueaban.
-Ya venistes? –dijo la mamá de Lilo.
-Ahí está la cajita en la mesa, andá que aún se puede.
-Me duelen las manos –replicó Lilo.
-Pero tenés que ir…
-¿Y si llueve?
-Va a llover hasta para el día de difuntos. Eso si llueve.
-A Remigio ya le tocó. Andá
-¡Quiere! Me duele el brazo…
-¿Para qué andás de ofrecido pues?
Lilo Cabrero que aún llevaba puesto el zapato caminó para atrás y se volvió a llenar.
-¡Chis! Ya me llené de mierda.
Y tiró el zapato a las nubes con temor a que creciera en el aire y los agachara a ellos.
A Lilo Cabrero lo vieron tristón vendiendo chicles y mentas por los andenes de la estación de oriente. Perlita del Manantial estaba en su casa poniéndose los ganchos sandinos. La hija de Pepe diablo se iba para la calle Arce.
Remigio y la niña se encontraron el zapato. Con un palo lo enchutaron y anduvieron de juego y juego con los demás, tirándoselo así todo lleno.
-Remigioooooooo –gritó otra señora.
Los niños salieron corriendo para sus champas. Solo Remigio se quedó atrás con el zapato. Y el zapato aún tenía la influencia de Lilo que se dice magnetizado. Con un tejo lo limpió, y lo escondió por un volcán de ripio.
Camino a la champa iba cuando el zapato a la gran carrera llegó por sus pies chuñas y se ensartó en uno de ellos.
-¡Remigioooo! Apurate o te vergueyo.
¿Cómo dejás que la niña venga sola?
Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.
-Estaba sentado
San Pedro en el sol,
Con el calzón roto
Y de fuera un coyol.
-ñaaaabjubjuñañijñbjñjy- chillaba la niña y el tierno.
Remigio apachó un ojo.
Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.



Un no sé quién vivía

Un no sé quién que vivía por el río de los chorros, tenía color de túnel encima del pelo, y trabándose su camisa se puso las sandalias y comenzó a caminar cuesta arriba. Arriba del río. A pasos queditos desbastando la cuesta para llegar a la calle con cinco metros de ancho.
De pronto, se le atrompó el corazón al oír gruñidos de gato de monte en la bajada después de doblar dos curvas delante de la casa de Camilo y la Geña. El camino lleno de baches, abrochado con tejos, y terrones que se iban aplanando al formar molduras de zapatos. La alambrada de las fincas con izotes, magueyes y xxxxx xxx xxx quedaba al ras del camino. Las gallinas habían cacareado buenas noches, y las tortolitas se arrullaban entre zacatales de jaragüillo.
Gruñó de nuevo. Era un trueno con ganas de comer puntos cardinales. El no se quién se acurrucó vigilante detrás de un copinol arriba del bordo a esperar que pasara el gato de monte, que parecía un huracán, a todo tropel. Enojado por tanto fuerte a costillas del otro. Dispuesto a destruir para la edificación de nuevas cosas. Nada evitaría sus zancadas de hasta aquí.
El raspó suelo para sacar nerviosismo de la tierra. No sabía si se raspaba el corazón, porque éste, rojo y dulce, le torcía la piel con empujoncitos desde las sienes hasta los diez pares de uñas.
Ver al gato de monte es obligado. Esperar el huracán calmará la duda. Un sonido es como noticia. No tiene forma y suena, o tiene forma y no suena.
Oír el ruido y hacerse disimulado  correr, es como querer tapar el hoyo de un cántaro cuando ya no tiene agua, porque se encoge la mitad del cerebro y no se estará a gusto por mucho tiempo. Y es que las cosas nunca deben dejarse como están cuando no satisfacen.
El vibra como orejas de conacaste. Hay un aire espina en su garganta y fierro listo para marcar ganado.
Más cerca que lejos viene, y es el camión de la tabacalera que viene cojeando. Los baches lo quiebran en andado malicioso y recto. Viene con ganas de prender día en el camino. No es un huracán. Muy simple para tener el arrojo para hacer cambios, muy grande en volumen para ser un gato de monte.
El corazón saltó de su lugar para coloriar el rostro del no sé quién. Dan ganas de deshacer el camión a puñetazos. Choyarlo hasta hacer un pozol de lata y aventarlo donde no se le sienta ni el zumo.
Baja del bordo y aprisiona en la tierra dos plantas de caída. El camión se aleja y bocinea para atorzonar a los grillos de silencio.

Publicado en la Prensa Gráfica diciembre 11 de 1977

En la sangre navega el pez

Cerca del río Las Cañas, por la estación del tren, de una boca pálida y carnosa fluía una corriente de espuma chapaleando entre la vida y la muerte. Nada le importaban sus miembros y sus costillas quebradas. Se importaba él con el deseo de estar. La mañana se rascaba las canas.
-¿A saber dónde está? Ya lleva dos días.
-¿Y qué no le dijo que para el sábado ya estaba aquí pues?
La señora calló un momento. Se limpió las manos en el delantal, lo levantó y limpiándose los mocos dejo caer la voz en una bolsa.
-¡Por eso! Ya me imagino. Estas gracias ya las he hecho. Pero andá ve, a lo mejor ya está en la casa. Apurate ahorita que no hay venta.
La lluvia cae en pringas sobre su cabeza. Boca abajo y quebrado, sin poder mover más que un débil quejido que restablece. ¡Aaaouuhmm!, suave teponahuaste que prepara su marcha, que desgarra su camisa blanca y su pantalón, mostrándolo desnudo. Hay que llegar, pensaba cuando bajaba la noche de antier ahí por la quebrada, con medio litro en la barriga y con una pacha entre sus caderas y el cincho. La noche clara, sin nubes de tormenta. La calle sola, algodonada, detenida en los paredones, venía de Soyapango.
Dos días y no lo han visto. La lluvia que comenzó a caer de madrugadita, se ha calmado. Mira casi trabando los ojos en el otro mundo. Y mira a la gente que camina para la estación. A él no lo miran. No puede gritar y llamarlos, apenitas levanta el mentón.
¡Oommm! ¡aaaummm! Más de alguna gente debe verlo. No es posible que sea tan fácil quedarse. Y así porque así, sin querer. Aunque ya no es raro, uno aparece Juan en la alcaldía, de oficio albañil, y aparece por otro lado sin nombre, de oficio cohetero.
De un callejón saltaron cuatro sombreros, y dos corvos se le abalanzaron de punta deteniendo enseguida su andar. Eran dos hombres oscuros con la mirada en el filo y en el abdomen de Toño. Les brillaba sudor en las comisuras.
-Sacate lo que traés, y no te movás porque te destapo.
Toño no halló qué hacer. Aún pensaba en lelgar y no en que nadie sabe po dónde lo ponen al brinco triángulo lamiendo espalda y dejando quieto, o manos arriba ponele cordoncitos. Los otros dos miraban triste sosteniendo su cuchillo.
-¡Nombre, no me jodan! No traigo…
-Sacátelo cabrón.
-Nombre, de veras no traigo… ¡Por Dios, no me joda mano!
-¡Agarralo bien Lencho! –Gritó temblando la punta del corvo en el ombligo de Toño- Y no te movás porque ya sabés.
A Toño se le iba y se le venía la borrachera como una hamaca meciendo un niño tierno que no quiere dormir.
-…escurcalo Cuche… a ver qué trae. ¡Y vos, no estés de inútil! Vigiá que no venga nadie.
De los montarrascales el silbido de culebras enhebraba bisbiseo de gusanos, cubriendo el horizonte de cabeza chillona. Los cuatro hombres llenaban aquel espacio.
-Tres pesos y ficha… y una pacha.
-Traé, ya lo vamos a repartir.
-Quiero ver qué más… cédula… una Magnífica… ¡Esperate!... todavía le quedan unas tres monedas.
-Hay dejáselas, nos puede salar. Llevátelo por el puente y le das su talegazo para que no nos siga.
-Pero no me jodan manos…
-¡Callate cabrón! Y caminá, que aquí nadie mata… encaminalo Lencho… y vos Cuche.

Con el amanecer vino la lluvia. Con el mediodía el calor. Ya es de tarde y la gente pasa para la estación. Las mujeres con canastos contándose sus cosas, o jalando a los cipotes para que le anden, y los hombres despaciosos mirando hacia los lados.
-¿Ya llegó Toño?
-No mamá. Dicen que quizá anda con Lico allá en Guayabal.
-¿Y le dijiste a mi mamá?... buena la ha hecho de hijo, ¡esperate que venga!
Un duro golpe en la cabeza con el mango del corvo lo arrodilló atontado tapándole la nariz para bajarle agüita. Los oídos le zumbaron. Y el golpe como principio de una acción lo puso en movimiento y en escape. Salió chipustiado corriendo a la orilla del puente sin saber para adónde.
El río Las Cañas va haciendo el amor, tapándose con sus manos el sol de la tarde. Una telita blanca ha encimado las pupilas de Toño, y su quejido se ha ido a sonar en lo profundo del alma.

Publicado en la Prensa Gráfica julio 2 de 1978


Agua de ritual

A mi venadita, compañera hasta el fin
No llevo la bolsita con las semillas. Se ha ido de la ciudad huyendo de sí mismo. Su sombra va adelante y parece un coyote. La luna hunde luz en su coronilla. Mas el coyote agoniza y no ha exclamado en el hombre ni un grito.
Su pelo en la frente; la frente en su cabeza; la cabeza en su cuello que se prolonga en una capa para el frío. Entre sus sandalias se cuela un polvo seco y molesto con tiritas de negrura.
Un amigo le había dado la fórmula para curar su amor.
¿Por qué no cogés un ojo de venado? Cuando la luna esté tierna y sobre el tercer amate de la macolla de cinco, lo echas al agua, si flota es varón si no flota es hembra. Decís el nombre de ella, y al que guarde la bolsita va  a tenerla muertita. Guárdala bien y ya vas a ver cómo ella solita cae para bien tuyo.
La selva se le va metiendo en las pupilas. Va a quitarse el aire que lleva en el pecho, va a olvidarla. Más allá de donde el ojo es prisión la percibía. Ella cedió al hechizo de los ojos de venado.
Un día un alacrán entró donde descansaba, llegó por su cabeza para picarlo. Hacía calor, y el aguijón en la frente lo despertó. De fuego era el aire, de fuego los oídos y la picada.
¡Sifí sifí! Decía el sonido de la noche.
¡…,…,…! Pasó un cantil y dos más.
El se lenvantó, salió y miró el cielo, miró la luna y las estrellas.
Pasó un bólido. La ponzoña se ha metido. Pasó una flor. Cuando la encontraba le miraba los ojos de azulejo tierno. Ya la tenía muertita. Lo sabía con saberlo se sentía bien. La había dejado estar y tener ansia por él. Pasó la flor y chorreó el pedazo de una canción.
La noche calló para darle paso. Era la noche del Kay Nicté.
El hechizo nos había sido por fregar. La quería él y su cuerpo como el jaguar quería a la hembra y a la selva.
Era la noche del Kay Nicté. Por una poza de piedra roja, debajo de una argolla de quequeshque, quiebracántaros centavitos y un palo voladore, ella, desnuda se introducía al agua. Una vieja de cuatro dientes, iniciada en el rito, cantaba junto a seis doncellas dando vueltas alrededor, nueve por un lado, nueve para el otro. Ella, se sumergía, emergía. Se deslizaba por sus hombros en gotas que caían estrellas hasta perderse en el infinito de la poza. Levantaba sus labios hacia el cielo y humedecía la voz con la mirada vaga.
No ha visto mis ojos.
No ha visto mis labios, mi fiebre.
No ha precisado de mí.
Que venga.
Que venga a mis brazos.
A estremecer mi vientre y mi pecho.
A dar fertilidad a la tierra,
A sembrar la semilla de jade y barro y sol y obsidiana.
Que venga.
Que caiga en mis brazos.
Que se empape de tibieza y no se levante.
Que caiga.
Que venga.
No lleva la bolsita con las semillas. Las tiró lejos para perder el hechizo. Para soltarla a ella, para soltarse él. Sigue siendo llamado por dentro muy íntimo, por fuera desde allá. Hacia atrás quiere ir, hacia adelante va. Hubiera estado bien con ella, los dos hechizados para siempre y ese amor determinado de afuera lo había espantado, no era dueño de sí.
Tibio el espacio, tibia la sangre de las mujeres, tibia la sed de sus almas. Alargaba su cuerpo y se enredaba en las ondas de agua. Su talle reventaba la superficie, se volvía de almendra. Las doncellas y la vieja entonaban canciones mágicas. Ella giraba por cada nota, aprisionaba todo el monte de enfrente sin agarrarlo. Sus manos bajaban a coger arena, la subía a su cuerpo y cuando quería sentirse el corazón llevaba en sus manos el agua del fondo de la poza y la esperanza. Le tiraron flores blancas.
¡Vendrá! ¡Vendrá doncella a tus pies!
¡Vendrá!, contestó el coro a la vieja. Y lanzaron todas las flores que pudieron hasta esconder el agua alrededor de ella.
Sintió dolor de cabeza. El alacrán aún movía las patas. El calor le hizo hervir los pies y facilitar el efecto del veneno. Ahí fue donde sintió rajar su cabeza y su rostro en dos mitades, algo se le salía, se le iba sin querer.
Guardó pétalos de las flores y un poco de agua. Salió de la poza, se vistió y dio también las nueve vueltas. A todas les brillaban los ojos y elevaban las manos en llave hacia el cielo. El tiempo se embrocaba.
Después de lavar el nixtamal y bañarse, llegó a la casa de él enterada de su fiebre por la picada. Habló con los de la casa, miró al macho deseado, tendido y chapudo, lo miró como si ella se mirara.
Ya huele a mañana, ya huele a luz. No lleva la bolsita con las semillas. No lleva nada más que lo necesario, pero lleva el hechizo. Si tan sólo no hubiera tomado la pócima curativa. Le habría dicho que la quería. Demasiado esperó para decirlo. La tenía muertita. El sol se desamodorra. Por unos Picapica él aminora el paso. El sol se estriega en las nubes. Por unos Picapica él se detiene.
Cuando ellos quisieron mandar a traer al curandero, ella ofreció una pócima que cura todo dolor. Con recelo y curiosidad la vieron y aceptaron sin decírselo. Ella fue a traerla. Saltineó con una canción y en el camino se detuvo a comer cutupitos. Dulce la boca, dulce el deseo, dulce el cutupito. Sentía felicidad y cansados los párpados. “Estaba hermosa aun sin belleza”.
El coyote se desintegra, el sol lo va moldeando. Lleva la cola entre los pies, regresa a la ciudad. Le dieron su agüita de vengavenga, está encantado. ¡…,…,…,…! Pasó un cantil y dos más. En la ciudad la bolsita con las semillas la encontró el amigo.

Caparazón de añicos

Me había sentado a la orilla del escritorio a hojear unas páginas. Apagué el cigarrillo y sacudiéndome los dedos levanté la cortina que da a la calle. De nada sirvió desabotonarme la camisa y tratar de leer algo, el escozor de la tensión no muere, sólo nace y se transforma.
Afuera, ojos oblicuos y suéter gris, un hombre golpeaba con sus puños y machacaba la frente contra el poste de la luz eléctrica. Sus acciones eran mías, lo envidiaba pues, él había encontrado manera cómo realizarlas y yo era una canoa sin remos en un río. Algo grave descargaban los golpes. Había furia en sus manos, no importa si colérico o sufrido, la vida lo ha despedazado y sus puños clamaban salir del laberinto que dejan los desenlaces. Volteó hacia mí; sus pestañas descubrían de repente la mirada preocupada y acusativa, diferente a Mauricio que siempre lleva la paz en el rostro.
Ayer, chorreando recuerdos, las cosas cerca de mis manos se destruyeron. Se fueron las cartas de Guadalupe, los poemas de Mauricio y un libro de Kipling.
Conocí a Mauricio en el cafetín donde nos reunimos a conversar sobre temas de literatura. En sus manos mostraba temeroso un número grueso de cuartillas y de nuestros poetas frustrados salían arrogancias y desdeño, motivándolo a que siguiera la línea neófita de su estilo. Su comienzo. Vale la pena contemplar el comienzo de algo, como ver reventar una flor o escuchar el primer viento de tempestad.
En una exposición de grabados y acrílicos me presentó Guadalupe, vestida de largo y azul, aberturas de fuego en las caderas y un escote mostrando la división de sus senos. Esbelta y blanca, sus labios desangrados en carmín y sonrisas.
No sé qué pasa, en más de dos años no ha mejorado en el oficio de escribir, de seguro será parte del gremio que murió en los versos y espera resucitar junto a la taza de café. Los poemas son malos, no tienen emoción ni estructura. No sirven, le sugeriré que busque otro medio para desplazarse.
Cada quien con su pesar, ahí estábamos. El hombre del suéter gris y ojos oblicuos; diferentes por la distancia y cerca por la situación y el momento. Ha perdido algo o en algo y lo han engañado, posiblemente adulterio, homicidio u otras manifestaciones del trajín cotidiano.
Fruncía el ceño y ponía el cuello en el hombro con el mentón hacia adelante; frente a frente, pregunta a respuesta y viceversa, lo mismo en lo mismo, por eso me aparté, pues, dos cargas iguales chocan en la soledad.
Herví agua para café y busqué vanamente un cigarrillo; los fósforos desordenados sobre el escritorio en ademán de reto.
Guadalupe vino con guitarra, caricias y maletas a mi casa. Sucedió de pronto como un segundo. Yo tenía desconfianza como todo hombre la debe tener con la sombra, el murmullo y la miel. Hace una semana se marchó a casa de Mauricio, con maletas, caricias y guitarra, dejando en mi cuarto un libro de Kipling, su olor y sus cartas.
Taza en mano fui sorbiendo el café hasta llegar a la ventana. La fosforescencia de la lámpara, formando espectros con las hojas penetraba débil en mis cabellos trayendo el vaho de afuera, los misterios inmundos de la tierra. El hombre se había ido.

Publicado en la prensa gráfica12 diciembre 1976

Cuando las cipotas cambiaron su risa

Nada en especial de buscar una sola trenza. Se ha puesto a caminar sin hacer historia.
Hace días que se aloja en el río de Tierra Blanca. Empezaron a notarlo cuando las cipotas cambiaron su risa y la hicieron más ancha y silbadita como el viento que pasa contento entre ramas de pino. Hoy se limpian, después de comer, la boca con las manos y plisan sus faldas hasta hacerlas puño en medio de las piernas, con los pies inclinados tambaleando como si fueran trompos tataratos. Cucan a los cipotes de la misma edad. Ellos se hacen los locos y se van a encumbrar piscuchas o juega capirucho, metiendo la estaquita en el vasito de madera.
Busca a las de pelo largo y las enamora con rigia, incansable, les echa piropos hasta por los codos. Don Dieguito bien sabe que les ve, y todas las noches les deja una rama de bejillo amarrada con lirios. Por lo general recorre el trayecto hasta el pueblo, para jugar con los gatos y con los chuchos. Luego regresa al canón a prenderse del amate que cuida un trapiche, a tirar bocanadas de calor que se van a alojar a los suspiros de las cipotas.
Es el único que recoge el cansancio del sol, rosado en los manantiales de las lomas, y lo tira detrás del cerro para emitir cancioncitas de flauta que sacan humito del campo, levantan estrellas de los charcos y bajan la luna para que grite su brillo en los cumbos de lata. Al aparecer la mañana con su risa blanca, el se unta en los ojos de ellas. Limpiará antes el cielo con sol y rocío y esconderá debajo de arbustos las pesadillas.
En la casa del trapiche, una mata de ruda le platica, y don Dieguito, el duende de los breñales recuerda. Si Quetzalcoat hubiera definido con certeza el día de su regreso, se habrían evitado sumisiones.
Tiene clavado lo viejo y lo chiquito, para siempre encendido en su voz pícara que ojean sus labios achuchados, que dicen palabras dulces como cutupitos y chupamieles. Su juelgo caliente a reventado en las cipotas que a veces no saben para donde agarrar. Su juelgo saca memoria en las mayores.
A la entrada del pueblo, dos viejas aguachinadas y preciosamente arrugadas y preciosamente arrugadas, hablan pepescadito y los focos de los postes de la calle, enmantequillan las esquinas.
-No venía desde hace mucho. Desde cuando la Toña se fue con el guardia aquél.
-Sí, y decían que se había enamorado de ella porque la consiguió un viernes santo mientras ella encendía la candela para ir en la procesión.
-Fijate, como pasa.
-El duende se le acercó como fósforo, y allí quedó agarrado, hasta que la Toña se fue. ¿Y de vos que no se agarró?
-No. Fue de mi hermana. Siempre ha venido, fuera antes o después. Es bueno. Pero a mi no se me acercó fuerte.
Las dos viejas se miran los ceños como si se miraran el alma. Recuerdan cosas de la época de ellas, cuando les llegó Don Dieguito, y ríen trabado y achinchinado, como si fueran cipotas.
Publicado en La Prensa Gráfica  mayo 28 de 1978


El mundo del lunar

Estaba dentro de mi conmigo cuando por un hueco del alma se metió un rayo carmín. A veces tiene uno sus locuras y a lo mejor son verdades, fantasías, evidencias, pero ninguna dista de ninguna, todas están en el todo. Nadando en una pluma de infinito.
El día atoraba sombras, y las cosas resplandecían quemando sus negruras. El rayo carmín venía de los ojos negros de ella. Sólido, rápido, direccional, con ganas de agarrar y de punta. De ella, la muchacha del planeta del lunar, la que yo no sabía que era ella hasta después que me dí cuenta. A lo mejor es un sueño, no se en que tiempo fue, o en que tiempo será. Dentro del sueño aprendamos a morir, por lo tanto aprendamos a deshacernos del tiempo, y aprendamos a mentirnos.
Entonces te dije a ti, si quieres me dejas ir, en medio del rayo hay un tubo de anillos y rosas que han perfumado mis brazos y hacen saltar la alegría de mi ombligo. No, me dijiste muy dentro. Puede pasarte lo que a Chacuán en el país de la gota de agua. Que salió un día correteando en un rayo de luna, y cayó preso en un granito de todo.
Sí. Así fue. Te callé, y fui a ls ojos de ella con la mirada. Primero cruzamos parques, calles, patios, la casa, y después entre nosotros. Yo giré en el disco de oro, esa serpiente de fuego que duerme como gato. Amor, pensaba, eternidad. Y luego caía en un vacío café. Dios arriba miraba y yo me enternecía y la envolvía en un beso, y nos íbamos de viaje por la saliva recorriendo las bocas. Ella vino del sueño. Ella vino nada más. Fue en uno de esos besos que encontré su lunar. Descendí pequeño hasta el lunar. Salí de mi planeta en busca de lunas. Ella guiaba. Abrió brechas. Los árboles en noches se mecían por sus dedos abriendo paso a la vista. Mi sed se detuvo ahí. Habían musgos y helechos sobre las piedras índigas, el barro caía mandarina sobre el manantial y explotaba en humito de copal. Allá sonaba un piano y un verso se me hacía nudo, caminaba en su lunar, y regresaba a ella con beso. La brisa y el mar eran mucho más penetrantes que en la Tierra. El aire se volvía plomo y atorado en el esófago nos hacía decir que todo lo podemos olvidar en una semana, pero el único que olvida es el que no vive, y luego el plomo se reía y echaba polvito de carbón.
Como que llegaba a Dios de cañonazo pero sólo era la explosión de trancazo en la ilusión. Así fue. Yo me deslizaba por el hielo, iba a fondo, y no topaba donde a verdad se debería topar. Porque ir a fondo es ir a fondo en lo que se es y en lo que se quiere y no un final de comidita chula.
Apoyé mi mentón en una de sus rodillas. El espacio se doraba y los centros se volvían claros. Miré desde el espacio su lunar. Subí a la estrella de Quetzalcoatl y lo observé en toda su orbita. Había comenzado a llover y el poema parecía por sus hombros. Y aquí ¡Viva la anarquía! ¡Viva yo! ¡Vive tú! ¡Viva ella!
Como una borrachera pasó. Luego regresé a ti, y te vi más distante que cuando te buscaba. Sufría las gomas de mi acción y tenía que aguantármelas. Cuando quería enjuagarme de esa luz tuya se oscurecían los párpados. A pesar de ese tiempo, para volvernos humanos, que tu aparentaste voltearme la espalda siendo en mi, te digo: fui feliz. Tu debes saber también como yo que la muchacha del lunar era interesante. A veces me hago muy pequeño, tanto que me hago invisible, y voy a ese mundo del lunar para ver como andan las cosas sin acordarme de que pertenece a ella para no mirarla, sino: “Luna dame pan
si no tenés
vete al volcán. 
O sino
Vamos al mar
A conseguir
A quien amar”.

Publicado en La Prensa Gráfica  marzo 25 de 1978

Por ahí donde el zope duerme

Por ahí donde el zope duerme cayeron las espinas de luna en el brujo que se hace malo, que se hizo pipí de pura cólera.
Se levantó dando patadas. Apretó la boca, y que me machuca una muela picada. Y dolor jodido, alboroto de avispas correvenado. Tiraba patadas chúcaras queriendo gemir. Y para más fregar se enchuta cinco espinas.
Corrió de un lado, gruñendo saltó para otro como yoyos. Arrancaba flores, tronchaba plantitas, despescuezaba pájaros. Por su dolor quería orden.
El cristo de un pueblo se pedaceaba hasta salir hormigas acarreadoras siguiendo el rastro de una bejuquilla.
–¿Para adónde van hormiguitas?
¡A Belém, a Belém!
De vuelta para Belém.
La poca gente se reunía y se preguntaba cómo hacer para detener la furia del brujo. Si sacarlo del papel o pnérsele firmes.
–Llevémoslo al dentista.
Decía el maishtro Chico con su cara bien seria de reunión de delegados que sólo dicen sí.
–Está bien ¿Y qué hay si no quiere?
El maishtro Chico encumbro los hombros, y rió despacito mirándome y sobándose la quijada.
–¿Y quién se le acerca?
El maishtro se rascó de las pulgas por el sobaco, se quitó el sombrero, y fuerte para que no quedara duda le dijo:
–Pues yo, hombres. Pues yo.
Y carcajada soltarn al ver al maishtro Chico que hasta le costaba rascarse de las pulgas.
El tetasdecuche, timbón y vos de palo, levantando el cuello se apelmazó las llantas mirando de reojete al viejo.
–Vos viejo, ni para zancudos. En fin. ¿Qué cómo vas hacer? Pregunto yo.
Ya que sos todo peche y todo viejo.
–¡Más gordo y más flojo!...
–¡Ya va estar usted más socadito, pues!
El maishtro rió de nuevo echando puchitos de aire y rascando su espalda con una pértiga de guayabo.
–Pues sí, ya les dije, llevémoslo al dentista, pues ¿Qué no es por un dolor de muelas que chinga el mico ese?
–El brujo maishtro Chico.
–Qué brujos ni que ocho. No que se graduó. Y yo me di cuenta. Yo lo ví, no dejaba de velo en la casa del difunto Uleas que en paz descanse. Así con sesos de general o póngalo al lomo y lo llevo, no aprendió ni jota. Así que el inútil sólo ve por los ojos. No hace tanta bulla el mosco, dolor ayer, dolor ahora… y mañana, tanto para él, triple para nosotros, pues ¿entonces?
A todo esto, el brujo seguía revirando con su dolor, dejando bocanadas de humo, llamas y alaridos, y se acercaba al pueblo.
Había caído un billete de a peso, oscuro sobre el día. Chicotes y papalotas habían salido a sacar música de las lámparas, los chuchos se tiraban las rancheras, y el hijo de la Tina se acababa de casar ya estaba roncando con la Paquita. Los demás esperaban atentos a ver qué es lo que haría el maistro.
–¡Chis! –decía uno– Ya ha de estar acurrucado.
Cuando ¡joom! Un vientazo se les metió con tierrita dentro de los ojos y los puso a mosquear. El viento hula del brujo.
–¡Nacos! –decían las mujeres– ¡Sólo por un brujo que no es tales!
El brujo venía saltando con su dolor, haciendo malas caras y arruinando todo. Cuando, nadie se fijo de dónde le encasquetaron un leñazo en la nuca, y pulungún al suelo se detiene el mal. Detrás apareció el maishtro limpiándose las manos.
–¡Vamos a ver! –dijeron corriendo hasta el sitio que era cerca del parque.
–¡Maishtro Chico!! ¡Maishtro Chico!! ¿Lo llevamos al dentista?
El maishtro y los demás se acercaron al brujo para llevarlo, y quisiera abrirle la boca de curioso pero la tenía bien tiesa como los ojos, fría como el pellejo y muda como los mudos.
–¡Híjole! ¿Y ahora qué hacemos?
Dijo, rascándose el sobaco, y mirando despacito a los demás
Publicado en La Prensa Gráfica  Octubre 22 de 1978

El bombillo de savia

Tonacatepec no era éste ni por cerca, antes quedaba bien arriba. Este era un pueblo de brujos atrincherados con maizales de mentiras. Sucedió pues que un finado día les agarró la gana por hacerse un sol. Por noches enteras chancletearon, invocando a Dios y al mundo de la magia.
El viejo Moticachi vivía cerca en medio de un zacatal. Era un cascarito, curcucho y agrio como los pepenances, que pasaba habla y habla maldiciendo la suerte de oír a los brujos.
Estaban menénadose los ojos y el fuego, cuando uno de ellos tirándose de cabeza emitió un chillido de mico. Agudo se encaminó como punta de tacuache. Chillido que paró el viento y el sonido. Dios y el mundo de la magia habían dado la solución.
-¡De maíz, tapiz, nariz de lombriz!
-Dios en tu boca.
-¡De maíz!
Harían el sol con granos de maíz.
Cuando se hizo de noche, sacaron entonces los bollos brujos. Carrizos de bambú de la medianoche enrrollados a hilo de araña que come sapos y violetas. Se untaron ceniza y ruda, y lanzaron los bollos. Azul negro se iban pintando a la búsqueda de maizales.
¡Titicochichi! ¡Titicochichi! 
 Allá iban.
Al caer se enchutaban fecundando a la par de los surcos. ¡Titicochichi! Dando pita iban.
Con el alboroto Moticachi se despertó y salió a espiar.
–¡Achis! – dijo– esos volados hacen como mi nombre.
Y se rió tapándose la boca pues estaba como niño tierno.
En los cielos vio como brujo tras brujo se montaban en el aire y se los tragaba la comba para regresarlo con así de tanatadas con maíz.
En los pueblos alaraqueaban hasta los mudos. Se jalaban los sesos tratando de averiguar quién los dejaba chipes en plena cosecha.
Y así pasaron cinco noches. Los brujos sin doblar ojo en el petate. El viejo Moticachi por ahí, quedó y lenteando.
Moticachi llegó por Tonacatepec. Todo andaba ombligo para atrás.
–Ya caigo –dijo en su cabeza– Los ventistas de la molotera son los brujos.
Se acaracoló cusuquito y se fue zafando hasta regresar a su rancho.
Agarró de la cocina un machete de obsidiana y un puro espanta espantos, tomando por una loma hacia el maizal de mentiras. Y a saber cómo, cosas de Dios, pero se metió entre el ajuatero que no picaba. Vio y comprendió. Se detuvo, las manos viejas le tembelequearon, destripó una garrapata y sacando el puro se sentó a mascarlo. Con los ojos rebizcos entre patas de gallo que cantan al anochecer, sentía amplificarse el espacio y el andado de los zompopos que andaban enganchados por el maizal de mentiras.
Entonces se abrieron campo. ¡Titicochichichi! Virados iban los bollos a buscar maizales. Adentro del pueblo se miraban los hilos aunque nublados. Dando pita iban ¡Moticochicochi titicochichichi! Y empezó el trabajo para los brujos.
Moticachi agarró su machete y se metió en el pueblo. Le temblaron las patas y se puso pispis. Suerte. Todos los brujos habían salido. Moticachi buscaba y buscaba aturrando la cara y la sangre, la raíz de donde subían los bollos. Pero andaba algo despistado, Juan Caballo, parecido a los de armas buscaniguas niguas pen. A la púchica con el viejo Moticachi.
Del horizonte en deslizón aparecían. Moticachi abrió la boca sin dientes y quiso moverse más sólo pudo apretar el mango de su corvo. Y qué hacer si hasta ni cómo salir sabía.
Los brujos venían pelando las jetas. Moticachi corría angustiado. Y no había logrado su cometido de destruir la raíz de los bollos. Los brujos venían por los aires.
–Son babosadas– se dijo, y parado con los ojos cerrados entiesó la cara echada abajo, y descubrió la calma. Se tiró al suelo y de iguana buscó las raíces, no tardando en hallarlas todas llenas de una neblina gruesa gruesa. Y dice mano al machete y empieza a darle al tronco. Los brujos venían hasta echando baba.
Todos cayeron. Esto sucedió ya requetequetiempos.
Los ojos fijos de Moticachi vieron explotar a cada uno, ¡Bosh! Y se elevaban en cruz nubes doradas rellenitas con gris, que iban a enroscarse con las ramas de los árboles. Moticachi salió corrido sin dejar ver que de las nubes goteaban granitos de maíz que se amelcochaban y hacían brotar de nuevo al brujo.
Así fue esto. Los brujos mejor se fueron quién sabe dónde
Publicado en La Prensa Gráfica  octubre 8 de 1978

Sangre para descubrimientos

José arrastra, falto de zapatos y andrajos, una sonrisa entre su barba triste y sus pies comunes a las piedras.
Hace tiempo, de ojos brillantes con un café profundo y callado, se presentaba mensualmente en la barbería. Vestía Tricot y Mac Arthur y botas de cuero curado. Corte de pelo y barba; salía arrogante con el sombrero y la mirada bajo el brazo. Para esos días trabajaba en la hacienda El Concaste, al norte, donde las colinas aíslan los sentidos.
-¡Veni Chepe!...
La voz sorprendió su rostro y detuvo los pies.
Julio con la boca abierta y apoyado en la mocheta, un pie adentro de la casa y el otro afuera, insistía.
-Diez…
-¡Sí hombre! No hay más.
-No, no quise decir eso.
-Traételo, por aquí nos van a prestar un vaso, el agua de seguro nos la van a regalar. ¿Verdá niña Inés?
Naguas en el piso, recostada en el cancel, la anciana infló los labios en un ademán de afirmación. José tomó el bote, zambulló el tapón de corcho y ni corto ni perezoso salió ligero de brazos con las monedas apuñadas.
Fue un corto quemón y un agriar de cara y un hilo de brasas a través de sus gargantas. Las palabras comenzaron a salir, a gatas y en pininos.
-Sólo para el hoyo de la muela…
Julio pasaba los nudillos de la mano por sus labios y escupía.
-… Verdad que cayó vergón, aunque… ni chillar me hizo las tripas. Ve… Vos ni hablás por empinar el codo. ¡Niña Inés!... niña Inés. Mire: ¿Por qué no nos regala otro vasito de agua? Sólo este poquito y nos vamos.
-¡Borrachos!
-Fíjese pa´ que no se enoje… le vua dar serenata; sin cuerdas, pues, ya ve, mi guitarra no se a que juruneras la fui a recomendar.
-¿A ver cuándo empeñan los calzones?
Comenzó a cantar; su voz despreocupada y alegre, hacía vibrar el polvo, el bahareque, las tejas y las vigas amarradas de telarañas y alambres. Sentía un placer por dentro al igual que el alcohol.
El vaso quedó en la boca de José. Trataba de adormecer en sus párpados paraísos de colores suaves y diversos, mar de perfume sin borrascas. Resulta digno y virtuoso escapar de la verdad cruda; arrepentimientos inútiles y ridículos. Rocas para cargar en el estómago. Porque el gato de mi casa anoche se lo comió…
Julio ponía el ritmo en el techo, absorto de ruidos perdía la vista al ver el alma de sus pupilas. Jugueteaba con los botones y los bolsillos de la camisa. A veces movía los hombros y los bolsillos de la camisa. A veces movía los hombros, los puños, el tórax y la boca hacia adelante.
-No tengás miedo, negrita
De ese maldito ratón
Porque el gato de mi casa…
José Cerraba los ojos para perderse en el vacío, un intento al menos.
-Ese ratón que te digo yo
El gato se lo comió…
El trago lo sentó en la grada, con los pies estirados, las manos caídas y la cabeza tirada hacia abajo. Apenas –escuchaba- 
-Ese ratón que te digo yo
El gato se lo comió.
No tengas…

Publicado en La Prensa Gráfica  enero 16 de 1977

Sangre de cada día

Comienza la zumba un sábado, para una Semana Santa o para cuando las jícamas se están vendiendo y se van en matatas arriba de las parillas de las camionetas con rumbo a San Salvador. Al meterse los primeros tragos se sacar la camisa y su vozarrón canta hasta hacer vibrar ombligos de los que junto a él y la botella ondulan horas sintiendo samaqueadas después de rasparse con la uña del aguardiente y apelmazar brasitas y agüita helada de porrón en el estómago.
En la colonia Zacamil tiene a la mujer y a los hijos. Hogareño y trabajador, más el día que lo pican en una fiesta o en otra donde se piteen los tragos agarra camino y se viene para el pueblo, adonde viven sus hermanos, sobrinos y su papá, señor delgado y de mirada triste y lejana a quien ya lo reclama la tierra.
A mitad de una zumba estaba cuando la goma lo arqueó en un andén a eso de como las diez o las once, pues el pueblo estaba sin tiempo con el reloj de la torre de la iglesia parado. Era martes o jueves, días malos para traguear. Se fue, al levantarse, cerca de la cantina del barrio a la consiga y encontró a unos con los cuales no era de confianza, eran, haciendo asociaciones por los lados que los había visto y con la gente que platicaban, de más o menos por ahí por el Ujushtal. Sus aleros de chupa quién sabe dónde estarían. Su caminado de una mano para aquí y la otra para allá, y de una pata para aquí y la otra para allá, y de una pata para aquí y la otra para allá como el de los pingüinos que saca por el ojo grandote del televisor, se acercó a los conocidos no muy conocidos y murmullando lluvia de mañana en un temporal, preguntó por sus aleros. Pregunta sin querer decirla, nomás para no sentirse solo a esas horas de la noche, cuando ya en las casas de sus hermanos estarían cerradas las puertas a las cosas que no fueran sueños. Las colinas que detienen el avance del pueblo ¡yendo por el lado de El Calvario y la caja de agua tienen cara con cabeza de araña negra de las que cuando se meten a las viviendas acaban apachadas y no les sale mucho triperío de sus entrañas, así se escabulle la luz de los focos de los postes al comenzar la cuesta de la calle a San Martín, pálida y cadáver de un día; cerca del último poste se encuentran él y los otros untándose con ese final de pocas entrañas de araña negra.
La pregunta se iba en nudos a enroscarse en las gotitas de sereno que se prendían poco a poco en los alambres de la luz y en las hojas de los palos. Entonces, con ojo de gato les cachó que tenían una pachita y entre lisonjas habló anochecido, menos que habla gestos con sonidos duros, lanzándoles la piedra desde su vozarrón que se carcomía con la goma, lanzando como quien tira un resorte.
Ellos se hicieron los locos, los que no oían pero él, dominado por el ardor de la pegajosa cruda, volvía a pedir aunque sea un traguistiyito, aunque sea el “diablo” el que tiran al destapar la pacha para que no les venga mal el guaro. No, contestó uno de ellos encorvándose y poniendo tensos los pectorales y los brazos como pies cascorbos, mientras destapaba la pacha y un zumo alentador picaba como jején en el galillo.
El habló con los demás y cuando se dirigió de nuevo a el de la pacha, ya ésta iba a la mitad. El reprocho con humildad y se hizo el gracioso y dijo chistes malos y rió entre dientes y fuerte en honor a su vozarrón. La pachita se extinguió en la lengua de los otros. De ahí se agarró él y les dijo que la regaban, que él tenía pisto y los podía agüevar, que si alguien era hombre pues que pelearan a mano limpia, pero no era a la verdad que él decía todo esto.
En los primeros días de la zumba se va de bolsa y a la mitad se queda a la buenaventura y a las disposiciones de otro. De sus familiares nadie le da un aporte económico para que no siga y se vuelva para la capital. Nunca fondea en las calles del pueblo y si alguna vez se le vio, fue en la salida para el cantón a unos trescientos metros de la casa en la finquita del papá donde se queda durante la zumba, y conste que un sobrino le hizo la bulla, y de que se riegue en todas las puertas, la misma gente informada se encarga.
Ellos eran tres, bastante más jóvenes que él, que vestía una camisa blanca y manga larga, con los puños sueltos, zapatos negros, raspados, puntudos como mangos picudos y con las cintas sueltas arrastrando su sombra; el pantalón le corta las nalgas, cuartillo de culo tapado por la tela de torón.
No fue a la verdad que lo dijo, fue para sentir menos el peso de la indiferencia, para desenguishtarse de la incomodidad que resulta ser el humilde ante una necesidad. En la cara se le notaba y ellos no lo notaron aunque no lo hicieran caso.

Otro de ellos, con sombrero y con zapatos siete leguas, sacó de los bolsillos del pantalón, largos como alforjas y hondos como un pozo de agua, una pachita, para darle chile. El dejó de hablar de pisto y de pelear, al abotonar en el ojal de sus pupilas el nuevo envase de licor que surgía como una untada de mertiolathe para un pelón o una herida con hoja de afeitar, pidió, casi rogó por el traguito ansiado, casi se hincaba y dejaba la voz en los calcetines de éste otro y éste otro negó diciendo: vos creés que porque los pericos comen masa cagan tortillas.
El pidió repetidas veces el ansiado trago, y los tres conocidos no muy conocidos se enzaguanaron el líquido dejando a oscuras la claridad de esperanza que ampliaba las avenidas de su pensamiento, sintiendo los colmillos de la goma penetrar más hasta puyarle el alma. Entonces él les dijo que ya la regaban, como si no fueran de por aquí, ustedes son jodidos güillos babosos, yo los puedo agüevar, yo tengo pisto…
Ellos, los tres, ya se habían encaronado con los tragos y el de labios estirados y apuntando como puñales, quien se había tomado la mitad de la primera pacha desde su hombro hizo brotar como matita de frijol un puñetazo que fue a descansar en la boca del estómago de él, y con una recia patada en las nalgas, se lo acostó. Ellos eran tres, y rieron ante la desgracia, y uno lo tendió, se encaramó encima de la barriga, otro le agarró las manos y el otro las piernas y descargo el de las manos libres, golpe tras golpe. Él sintiéndose ahogarse trabó los ojos y quiso gritar pidiendo ayuda pero sólo le saltó una tos que movía hacia el cielo su cuerpo apresado. Atragantado de saliva, sentía un pital, un torzal de tiras entre el pecho y la lengua. Sintió la muerte sin morir. Ahí lo dejaron tirado; triste por el dolor de la muerte que lo tenía vivo.
Con los ojos guiñados telañareando las patas de gallo y las arrugas donde antes tenía camanances vio alejarse a los tres que se fueron enredando con las patas de araña negra que sombreaban la cuesta de la calle a San Martín. A poco rato se levantó, con el ocre empapelado en su cara, los aleros habían llegado a las rejas de la cantina y la goma hirviendo ansiosa lo hizo sonreír con una mueca de dolor en la frente.

Publicado en La Prensa Gráfica  octubre 16 de 1977

Danza Sangre 

Ya haría un año que andaba cargando en el brazo izquierdo el tetuntillo de plomo que un municipal le metió para la noche de un veinticuatro, y andaba igual como hace años cuando empezó a pasar rasuradora, tijeras, navaja, alcohol, polvos, y vaselina en las cabezas de la gente del pueblo, con un bucle arriba de sus cachetes amangados, los ojos idos, y la boca yéndose a comer porque sí el infinito. Tomás se llama el peluquero y anda de goma. Las fiestas de San Nicolás Obispo lo atarantan un poco del uno al cinco, y para el seis el dinero se ha terminado.
Listo el combo en los corredores del cabildo, la gente sube y se prepara para la primera competencia de baile. Los premios serán: cinco colones para la mujer, y una botella de guaro para el hombre.
-Subí vos Tomás. Apurate hombre que esa botella hay que echarla para la goma.
Tomás lo vio con el ánimo apretado fuerte en los hombros por medio de la mano del alero de chupa.
-No hombre. Si estos están bien calentados. Ahí han estado en el salón.
-Pero vos le hacés mejor al meniado. Apurate.
Subí arriba y saquémonos el bote.
Calló un rato y contrajo los labios.
El alero sacó de la bolsa del pantalón una pacha a la mitad y se la puso cerca, dándole pequeños impulsos
Publicado en La Prensa Gráfica  Marzo 5 de 1978

Poemas (en postales digitales elaboradas por Ediciones La Fragua)


Ilustración de Elvis Aviv Guzmán






























Audios

Y los quisieron destruir


En este país

Un puño
En avanzada
Pero al enemigo le da pánico
10 años de GGP
Mamá te escribo










 
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