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Jadiya, una mujer árabe, hija de Juwaylid, distinguido comerciante en la ciudad de La Meca, recibió grandes ejemplos en su casa paterna entre los cuales sobresalieron: la hospitalidad y la generosidad. En medio de una sociedad pagana, que adoraba ídolos y fetiches, en la familia de Juwaylid solamente se rendía adoración al Creador, como lo habían enseñado el profeta Ibrahim (Abraham) y su hijo Ismael. Los árabes que daban la espalda a la idolatría y a los vicios eran conocidos como hanif (monoteístas).
  Los padres de Jadiya también tenían riqueza económica y la heredaron a sus hijos. La fortuna fue dividida entre los hermanos y Jadiya decidió administrar los negocios con dedicación, equilibrio y justicia para que fueran prósperos. Siempre pensó en sus trabajadores y en el prójimo con amor fraternal. Recibió múltiples bendiciones del Creador. Era admirada y reconocida por su pureza. La llamaban princesa, la respetaban y se sorprendían de su extraordinario liderazgo.

  En una sociedad machista y frívola, donde la mayoría de los árabes asesinaban a sus propias hijas por temor a que fueran hechas prisioneras en las guerras tribales, la situación de Jadiya era excepcional. Tenía un primo culto y educado llamado Waraqah quien tradujo La Biblia del hebreo al árabe. Estudiaba las raíces del Judaísmo y del Cristianismo. Waraqah era un buscador de la verdad, proclamaban la unicidad de Dios y aconsejaba a sus paisanos a salir de la ignorancia, alejarse de la idolatría, amar al prójimo y reconocer los derechos de hombres y mujeres por igual.

  Mientras los negocios de Jadiya aumentaban, un hombre joven llamado Muhammad (Mahoma) se distinguía por su honestidad y buen trato a los demás. Era sobrino de un distinguido hombre de La Meca: Abu Talib, quien lideraba el clan Bani Hashim y era guardián de la Kabah, el templo construido por Ibrahim e Ismael para rendir adoración a Dios. El joven Muhammad había quedado huérfano de padres desde niño y su tío se convirtió en su principal protector. Transcurría el verano del año 595, después de Jesucristo (DC) y los principales mercaderes de La Meca preparaban sus productos para enviarlos hasta Siria. Jadiya buscaba un empleado que se hiciera cargo de su numerosa caravana. Cuando Abu Talib se enteró, le propuso a su sobrino que tomara ese empleo. Muhammad tenía 25 años, aceptó y se desempeñó de una manera exitosa en dicha tarea.

  Durante el viaje fue acompañado por Maysara, trabajador al servicio de los negocios de Jadiya, quien regresó gratamente sorprendido de las virtudes del joven Muhammad. Familiares y amistades de Jadiya se referían siempre con respeto al sobrino de Abu Talib a quien los mecanos (originarios de La Meca) llamaban Al-amin que significa: el confiable. El joven Muhammad despertó admiración y simpatía especial en Jadiya, quien había recibido varias propuestas de matrimonio, de hombres famosos y poderosos de Arabia. Ella nunca pensó en casarse. Conversaba con su amiga Nafisah sobre distintos temas y le decía que lo que más admiraba en un hombre eran sus principios éticos y morales.
 Nafisah conversó un día con Muhammad y le preguntó por qué seguía soltero. El sobrino de Abu Talib le explicó a Nafisa que no tenía dinero para costear un matrimonio, formar un hogar y dirigir una familia. La buena amiga de Jadiya continuó el diálogo y le adelantó otra pregunta: ¿Qué responderías tú, si te pudieras casar con una mujer bella, rica, con estatus y honor, a pesar de tu pobreza actual? Nafisah, antes de saber la respuesta le dijo a Muhammad que si aceptaba, ella se encargaría de conversar con Jadiya y arreglar todo para la boda.

  Muhammad, antes de responder a Nafisah, quiso plantear el tema a su tío Abu Talib, quien después de escucharlo opinó que Muhammad y Jadiya formarían una pareja ideal. Después de casarse Muhammad acostumbraba a retirarse temporalmente a una cueva para meditar y hacer oración. Un día del mes de Ramadán, mientras pensaba en la grandeza de la Creación, se le apareció el ángel Gabriel y le sugirió escribir y leer tras entregarle un cálamo. Muhammad escuchó con atención y le contestó con reverencia que no sabía escribir ni leer. Gabriel le explicó que era una orden de Dios, el Único. Así se produjo el milagro y llegaron las primeras aleyas y versículos que integran las suras o capítulos del Noble Corán.
  Cuando Muhammad regresó a su casa le pidió a Jadiya, su amada esposa, que lo cubriera. Después, emocionado, le contó su encuentro con el ángel Gabriel. Jadiya recordó todas las virtudes de su esposo, buen amigo y compañero con familiares y vecinos, caritativo, solidario, siempre amable. Se sintió muy contenta y reconoció en Muhammad a un nuevo profeta de Dios. Después de un pequeño receso, el ángel Gabriel volvió a visitar a Muhammad con la orden del cielo para que se levantara y advirtiera a su pueblo sobre la Unicidad del Creador.

  Desde entonces, Jadiya, la primera mujer que aceptó el Islam, se destacó como benefactora y defensora de los musulmanes. Ella era una mujer rica en bienes materiales, morales y espirituales. En el profeta Muhammad encontró el más grande de los tesoros. Creyente, monoteísta, se dio cuenta que su esporo era un Mensajero de Dios, como lo habían sido: Noé, Ibrahim, Moisés y Jesús.

  Los musulmanes fueron perseguidos, acosados y bloqueados económicamente. Jadiya, la gran dama y primera esposa de Muhammad, entregó toda su riqueza económica y espiritual a la causa del Islam hasta el día de su muerte en un mes de Ramadán, como el actual que corresponde al año 1434 de La Hégira, en el calendario lunar islámico. La vida continúa .Las musulmanas y musulmanes en todos los continentes agradecemos al Creador por habernos regalado profetas como Jesús y Muhammad y mujeres santas como María y Jadiya.  

Fernando Acosta colabora con el periódico mexicano La Jornada de Jalisco y con la Revista Biblioteca Islámica

 
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