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Vamos a hablar de un tema que debería estar presente en el espíritu de todo teólogo y de todo filósofo a la hora de plantearse el estudio del cristianismo en Occidente. La historia de la profetología chiita se funde
, en efecto, con nuestra historia teológica y filosófica, aunque lamentablemente los avatares de los tiempos hayan hecho que el tema haya sido casi completamente desdeñado.

Para iluminar el camino que vamos a recorrer juntos en los próximos minutos, recordaré lo que ya teólogos e historiadores del cristianismo han dicho y constatado en diversas ocasiones, a saber, que la doctrina característica del primer cristianismo, es decir, del judeocristianismo, el de la comunidad de Jerusalén, la iglesia de Santiago, fue la profetología que culminó en el motivo del Verus Propheta, el "Verdadero Profeta", que de profeta en profeta se apresura hacia el lugar de su reposo. No es ese cristianismo primitivo el que ha sobrevivido en el cristianismo oficial de la historia. Su destino estuvo sellado por el triunfo del paulinismo, al que el judeocristianismo consideraba el gran adversario que desnaturalizaba la enseñanza de Cristo, cuyos testigos, no obstante, se encontraban todavía en las filas de la primera comunidad de Jerusalén. Como se sabe, el principal monumento que nos queda de ello es la literatura llamada clementina. Creo que a partir de ahora será necesario añadir a ella el largo y extraño texto del Evangelio de Bernabé, de prólogo expresamente antipaulino, que recibió una magnífica acogida en el islam. Esta acogida hace eco a la constatación de nuestros historiadores del cristianismo, en el sentido de que la profetología que éste había rechazado fue finalmente heredada y asumida plenamente por el islam.

De esta constatación debemos partir, pues, aunque verídica, no sería sin embargo más que parcialmente verdadera si no la refiriésemos a la profetología que es precisamente el objetivo de nuestra charla; la profetología chiita. De entrada, debo recordar que el chiismo comprende dos grandes ramas: por una parte, el chiismo de los Doce Imames (o duodecimano), que es la religión oficial de Persia desde hace casi cinco siglos. Por otra, el chiismo ismailí, cuya teología está ritmada no ya sobre el número doce, sino sobre el siete. Hoy vamos a hablar de la profecía del chiismo duodecimano. Pero, en cualquier caso, tomadas en conjunto ambas formas de chiismo, y teniendo en cuenta la profetología que respectivamente implican, la pregunta que inicialmente debemos plantearnos es: ¿qué es lo que diferencia la profetología chiita de la profetología sunnita, es decir, de la del islam mayoritario? Y, ¿por qué esta diferencia es precisamente lo que nos permite ver al islam chiita como heredero, si se puede decir así, de la profetología del judeocristianismo?

Dicho muy brevemente, lo que diferencia la profetología chiita es que está, como tal, duplicada por un aspecto a la vez complementario y esencial que es la imamología. Este último término está formado sobre la palabra imâm, que designa al guía, al que va por delante y, por tanto, al que despierta, dirige e ilumina las conciencias. (El término chiismo formado sobre el árabe shî'a designa el conjunto de los adeptos que siguen al Imam). La persona y el papel del Imam no solamente surgen de la idea fundamental del chiismo, sino que también son portadores de esta idea fundamental. Y esta idea fundamental es inseparable de lo que he denominado en otra parte el "fenómeno del Libro santo", del Libro revelado del Cielo por mediación de un profeta, fenómeno que nos es común a las tres ramas de la tradición abrahámica. La misión del profeta concierne al descenso (tanzîl) del Libro con su contenido literal. La misión del Imam es reconducir esa apariencia literal a su verdad espiritual, reconducción expresada por la palabra ta'wîl, que designa lo que nosotros llamamos hermenéutica espiritual o hermenéutica de los símbolos. La idea de esta misión del Imam es, por supuesto, perfectamente extraña, incluso escandalosa, para el islam sunnita.
De lo que constituye esencialmente la persona y la misión del profeta, como de lo que constituye la persona y la misión del Imam, nace la idea de un doble ciclo en el interior de la religión profética que abraza la totalidad de la religión abrahámica. Profeta e Imam son las dos formas de manifestación de una misma Luz, de un mismo Logos que designan las expresiones "Luz mohammadí" (Nûr mohammadî) y "Realida profética eterna" (Haqîqat mohammadîya). Al ciclo de la profecía le sucede el ciclo del Imamato o de la iniciación espiritual, el ciclo de los "Amigos de Dios". Ahí podemos entrever en qué sentido la profetología chiita es el lugar de conservación de la teología del Verus Propheta. Recordaremos que para el judeocristianismo la cuestión es saber si Jesús era o no el profeta anunciado por Moisés (Deut 19, 15 ss.). En absoluto era su muerte lo que tenía un significado redentor, sino su retorno esperado, su parusía triunfante. Era el Redentor en tanto que iluminador y despertador de las conciencias, y en ese sentido siguió siendo esencialmente objeto de la espera y la esperanza escatológica. Todavía no estaba todo consumado. El cristianismo de la comunidad de Jerusalén seguía siendo esencialmente escatológico, sin entregarse a los peligros de la historia. Son esos dos rasgos fundamentales los que encontraremos en la imamología chiita.

Ahora bien, según la profetología del islam sunnita, Mohammad es el Sello de los profetas. La historia religiosa de la humanidad está terminada. No habrá ya ni nuevo Libro ni nuevo profeta. El último profeta es así un acto del pasado; ha sucumbido a la historia. Para la profetología chiita el ciclo de la profecía ha terminado, ciertamente, pero ése fue el ciclo de lo que denomina "profecía legisladora". Lo que la sucede es algo distinto, una profecía de carácter puramente interior, esotérico, y que, para evitar cualquier ambigüedad, se designa con otro nombre, el de walâyat, término sobre el que volveremos luego. La profetología sunnita permanece cerrada sobre el pasado. La profetología chiita queda abierta hacia el futuro por su perspectiva esencialmente escatológica. Hay también, sin duda, una escatología sunnita, que se expresa en la espera del Mahdî, pero ésta no forma un cuerpo orgánico con la profetología, mientras que en el chiismo, justamente por la imamología, por la persona del Imam esperado, el XII Imam, la escatología forma cuerpo orgánicamente con la imamología, que es una pare esencial, fundamental, de la teología y el pensamiento chiitas. 
Así como la manifestación del Verus Propheta no se había cerrado con la desaparición de Jesús, sino que el pensamiento y la devoción permanecían orientados hacia su manifestación por venir, así el pensamiento y la devoción del chiismo duodecimano están centrados en la parusía por venir del XII Imam. Y cuando vemos a los pensadores chiitas más profundos identificar la persona del XII Imam con el Paráclito anunciado en el Evangelio de Juan, comprendemos que existe también un lazo orgánico entre la escatología de las tres ramas de la tradición abrahámica y que sería necesario que aprendiésemos por fin a ver las cosas en conjunto. 

He aquí, yo creo, iluminado en alguna medida nuestro camino. Distingamos sus etapas. Me gustaría, pues, precisar estos tres puntos:
1. La idea fundamental de la profetología chiita, que nos permite ver cómo aflora la persona y la necesidad del Imam a partir del fenómeno del Libro santo.
2. La idea de un doble ciclo de la religión profética, que nace de la relación entre profetología e imamología, indisociables una de otra.
3. La recapitulación bajo el horizonte paraclético de la profetología y la imamología chiitas, y el paso desde esta perspectiva al tema de la segunda charla: la profetología ismailí.

Fuente: El Imam Oculto, Henry Corbin, Editorial Losada, Madrid, 2005, pág. 11.

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