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El Espíritu (al-Rûh) universal, también llamado el Intelecto primero (al-’Aql al-awwal), se describe unas veces como creado y otras como increado. Según la máxima del Profeta: «La prime­ra cosa que Dios creó fue el Espíritu (al-Rûh», fue creado, y de acuerdo con el pasaje coránico donde Dios dice respecto a Adán: «Y Yo le soplé con Mi Espíritu», es increado, ya que está directamente ligado a la Naturaleza divina. En cuanto al versículo coránico que describe la naturaleza del Espíritu del modo siguiente: «Te preguntarán sobre el Espíritu; diles: el Es­píritu (procede) del Mandamiento (al-Amr) de mi Señor... »(XVII,84), puede interpretarse en los dos sentidos: que el Es­píritu es de la misma naturaleza que el Mandamiento —o la Orden— divino, que es increado por necesidad, puesto que es El quien crea todo, o que el Espíritu procede de la Orden y él mismo se sitúa en un grado ontológico inmediatamente inferior.

Si el Espíritu posee ambos aspectos, es por ser mediador en­tre el Ser divino y el universo condicionado; increado en su esen­da inmutable, es creado en cuanto primera entidad cósmica. Se le compara con el Cálamo supremo (al-Qalam al-a’lâ) con el que Dios escribe todos los destinos en la Tabla guardada (al-Lawh al-mahfûz) que corresponde al Alma universal (al-Nafs al-ku­lliyya). Pues el Profeta dijo: «La primera cosa que Dios creó fue el Cálamo; El creó la Tabla (guardada) y dijo al Cálamo: ¡escribe! Este respondió ¿y qué escribiré?. (Dios) le dijo: escribe Mi Ciencia de Mi creación hasta el día de la resurrección; entonces el Cálamo trazó lo que se le había ordenado.» El Espí­ritu engloba, pues, toda la Ciencia divina que afecta a los seres creados, es decir, que es, según el aspecto que se tome en cuenta, la Verdad de las Verdades o la Realidad de las realidades (Haqî­qat al-haqâ’ iq), o bien la manifestación inmediata de esta última.
Algunos autores sufíes, como ‘Abd al-Karîm al-Ŷîlî, dan a la esencia increada del Espíritu el nombre del Espíritu Santo (Rûh al-Quds) que comparan con la Faz de Dios (Waŷh Allâh) y que es lo que entendemos por Intelecto divino.
La esencia increada del Espíritu corresponde a lo que los Hin­dúes llaman Purusha o Purushottama; su naturaleza creada a lo que denominan Buddihi, «la Luz intelectual». Así pues, Buddhi es la producción primera de Prakriti, la Substancia «plástica» universal, lo que equivale a decir que Buddhi, aunque de natu­raleza supra-individual, es «creado», pues cualquier «criatura» participa de la pasividad de la Substancia.
El término sufí para la Substancia universal o la Materia pri­ma es al-Haba, designación que tiene su origen en el Califa ‘Alí, sucesor espiritual del Profeta, y que literalmente significa el «pol­vo fino» suspendido en el aire y que sólo es visible por los rayos de luz que refracta. El simbolismo de al-Habâ ilustra la natura­leza doble del Espíritu, pues es el Espíritu quien ilumina al-Habâ, de modo que se corresponde con el rayo refractado en el «polvo fino»: éste no llega a hacerse visible sino en la medida en que refracta la luz; el rayo sólo resalta como tal gracias a la pantalla del polvo. La luz indiferenciada simboliza el Espíritu increado, la luz determinada como rayo, en cambio, simboliza el Espíritu creado que, en cierto modo, está «dirigido» como un rayo. En relación con el «polvo fino», símbolo de al-Habâ, es un principio de diferenciación invisible como tal, lo que significa —conforme al simbolismo de la luz— que la substancia no tiene existencia propia y sólo puede captarse en sus efectos, el más tosco de los cuales es precisamente la manifestación del modo cuantitativo, que está representado, de la forma más clara posible, por la mul­titud de los granos de polvo. En cuanto al polvo iluminado por el rayo no es otra cosa que el cosmos.
Al-Haba es al Intelecto increado lo que el Alma universal (al-Nafas al-kulliyya)es al Intelecto creado. Por otra parte, la primera pareja de términos se relaciona con la Naturaleza uni­versal (al-Tabî ‘a) y la Orden divina (al-Amr), pues la Natura­leza universal que se identifica, en el terreno de los principios, con la «Espiración» divina (al-Nafas al-rahmânî) es como el as­pecto maternal de la substancia (al-Habâ). Por lo tanto, teórica­mente hay tres parejas cosmogónicas diferentes cuyos términos se relacionan entre sí como un principio masculino con un prin­cipio femenino. Sin embargo, desde el punto de vista cosmoló­gico, el Espíritu o Intelecto no es increado más que implícita­mente, pues sólo el Espíritu creado representa una realidad cós­mica diferente de Dios.
Por otra parte, la Materia prima o Substancia (al-Habâ) pue­de considerarse en grados diferentes; en relación con su natu­raleza puramente principial, a la que Ibn ‘Arabî denomina «Ele­mento supremo» (al-’Unsur al-a ‘zam), escapa por necesidad a la cosmología al no ser como tal más que una posibilidad divina no-manifestada. Esta precisión permite disipar las aparentes con­tradicciones entre diferentes autores sufíes e incluso entre los comentarios diversos de un mismo autor.


Como mediador por excelencia, el Espíritu es también el pro­totipo de las manifestaciones proféticas; en este aspecto se iden­tifica con el arcángel Gabriel (Ŷabrâ’îl), que anunció el Verbo a la Virgen y que transmitió el Corán al Profeta.


La imagen más «central» del Espíritu sobre la Tierra es el hombre. Pero como cualquier forma deja necesariamente fuera de ella algunos aspectos de su arquetipo, el Espíritu se revela igualmente, en aspectos complementarios más o menos «centra­les», en otras formas terrestres. Por ejemplo, con la forma del árbol cuyo tronco simboliza el eje del Espíritu que atraviesa toda la jerarquía de los mundos y cuyas ramas y hojas corresponden a la diferenciación del Espíritu en los múltiples estados de la existencia.
De acuerdo con una leyenda sufí, probablemente de origen persa, Dios creó el Espíritu con la forma de un pavo y le mos­tró su propia imagen en el espejo de la Esencia divina. El pavo, preso de temor reverencial (al-hayba) emitió unas gotas de sudor de las que fueron creados los restantes seres. La cola del pavo imita el despliegue cósmico del Espíritu.

Otro símbolo del espíritu es el águila, que planea por encima de las criaturas terrestres, las observa desde lo alto y desciende verticalmente sobre su presa, como un relámpago; del mismo modo la intuición intelectual aprehende su objeto.
Igualmente la paloma blanca es una imagen del Espíritu, por su color, su inocencia y la dulzura de su vuelo.
En los confines extremos del mundo sensible, la naturaleza luminosa de los astros y la transparencia e inmutabilidad de las piedras preciosas también recuerdan otros aspectos del Espíritu universal.

Fuente: Introducción a las doctrinas esotéricas del Islam, Titus Burckhardt, Taurus, Madrid (trad. de Jesús García Varela). Págs.42-44.

Fotografía de Peter Gould

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