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Selección de poemas de Mahmud Darwish


Él está tranquilo, yo también

Él está tranquilo, yo también
sorbe un té con limón,
bebo un café,
es lo único que nos distingue.
Él lleva, como yo, una camisa holgada a rayas,
yo hojeo, como él, los periódicos de la tarde.
Él no me ve cuando miro de reojo,
yo no le veo cuando mira de reojo,
él está tranquilo, yo también.
Pregunta algo al camarero,
pregunto algo al camarero...
Una gata negra pasa entre nosotros,
acaricio su noche
acaricia su noche...
Yo no le digo: Hace bueno,
está despejado. Él no me dice: Hace bueno.
Él es el observado y el observador
yo soy el observado y el observador.
Muevo la pierna izquierda
mueve la pierna derecha
Tarareo una canción,
tararea una canción parecida.
Pienso: ¿Es el espejo en que me veo?
Entonces le miro a los ojos,
pero no le veo...
Abandono el café aprisa.
Pienso: Quizá sea un asesino, o quizá
uno que habrá pensado que yo soy un asesino.
Él tiene miedo, ¡y yo también!


Rita y el fusil

Entre Rita y mis ojos... un fusil.
Quien a Rita conoce, se postra
y reza
al Dios de sus ojos de miel.
... Besé a Rita
cuando niña,
aún recuerdo cómo... se pegó
a mí: una trenza preciosa cubrió mi brazo.
Recuerdo a Rita
como el pájaro a la charca.
Rita, Rita...
Teníamos un millón de pájaros y de fotos,
y mil citas,
y contra todo abrió fuego... un fusil.
El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí... dos años,
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita...
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió... aquel fusil.
Érase que se era,
oh silencio del atardecer,
una mañana en que mi luna partió
con los ojos de miel.
La ciudad
barrió a los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos... un fusil.

Sobre esta tierra hay por qué vivir

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los titubeos
de abril, el olor del pan al amanecer, el amuleto
que una mujer le da a un hombre, las obras de
Esquilo, los comienzos del amor,
la hierba sobre una piedra, madres en vilo por
el hilo de una flauta, y el miedo de los invasores
a los recuerdos.
Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos
días de septiembre, una mujer que sale de los
cuarenta como melocotón maduro, la hora del
sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel
de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes
encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.
Sobre esta tierra hay por qué vivir: sobre esta
tierra señora de la tierra, madre de los inicios y
madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se
sigue llamando Palestina. Mi señora: yo tengo,
porque tú eres mi señora, tengo por qué vivir.

Piensa en los otros

Tú que te haces el desayuno, piensa en los otros
(no olvides alimentar a las palomas)
Tú que te enzarzas en tus batallas, piensa en
los otros
(no olvides a los que piden paz)
Tú que pagas la factura del agua, piensa en
los otros
(los que maman de las nubes)
Tú que vuelves a casa, a tu casa, piensa en los otros
(no olvides al pueblo de los campamentos)
Tú que te duermes contando estrellas, piensa
en los otros
(hay quien no halla dónde dormir)
Tú que te liberas con las metáforas, piensa en
los otros
(los que han perdido su derecho a la palabra)
Tú que piensas en los otros lejanos, piensa en ti
(di: Ojalá fuese vela en la oscuridad)



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