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El cine turco en la zona del Medio Oriente representa hoy, uno de las cinematografías más aclamadas en Europa y América. Quizá a la par del cine iraní en cuanto a número y calidad de producciones; y también de galardones y reconocimientos. Pamela Biénzobas nos regala un excelente resumen del cine turco contemporáneo.

Joven Cine Turco Tendiendo puentes

Por Pamela Biénzobas

Si Nuri Bilge Ceylan y el alemán de origen turco Fatih Akin "representan" en el extranjero al cine turco, son sólo dos árboles que esconden tras de sí un bosque que está produciendo unos cincuenta largometrajes al año, y en cuyo seno está gestándose una generación con cada vez más notoriedad internacional. Y un público: aunque sea con títulos comerciales a la cabeza, resulta notable el 60% de taquilla que alcanzó el cine nacional el año pasado.

Turquía es un país complejo: el puente entre dos continentes –a menudo retratado en el cine- es una imagen tan concreta como simbólica. Es un puente entre épocas, entre civilizaciones, entre naciones acalladas o integradas, entre tradiciones y modernidad. Y su cinematografía lo refleja no sólo en sus temáticas y estilos, sino en ese equilibrio entre grandeza y modestia; entre libertad y la conciencia del autoritarismo; entre la herencia de un patrimonio rico, con padres a los que honrar y un pasado que recordar, y los desafíos típicos de quienes hacen cine en países menos favorecidos.

Con más de 1500 pantallas, cerca de 40 millones de entradas vendidas en 2008, una actividad crítica importante –no sólo en términos cuantitativos, sino de tradición, prestigio y condiciones de trabajo-, una política de promoción de su cinematografía y sus eventos en el extranjero, y una variedad de festivales de resonancia internacional, en general gracias a los apoyos públicos, el cine tiene su sitio en el imaginario (interno y externo), en la economía y en la vida social en su sentido amplio.

Dentro de este panorama, no son pocos los cineastas que, promediando los cuarenta años aunque en algunos casos recién estén comenzando sus carreras, se están haciendo cargo de las problemáticas y paradojas simbólicas o tangibles de su país, y están difundiendo su mirada a través del circuito internacional de festivales. Una cita local que permite un buen repaso de la producción turca es el festival Golden Boll, organizado con todo el apoyo institucional deseable en Adana, una ciudad bastante desconocida en el extranjero, no obstante estar entre las cinco más grandes de Turquía, y cargar con un tremendo peso histórico silenciado: las masacres armenias de hace un siglo.

Con 40 años pero apenas 16 ediciones, el evento (este año del 8 al 14 de junio) ha sido intermitente, pero la intención es claramente la de alzarse como el punto de encuentro anual de referencia, no sólo por la competencia y programación, sino homenajes y un ambiente tanto de nostalgia por los grandes héroes de ayer, como de efervescencia por un presente que tiene sus propios "héroes" (retrospectiva y conferencias de Nuri Bilge Ceylan) pero también sus nuevos talentos, que dominaron una competencia que hizo las veces de vitrina de títulos ya destacados en los grandes encuentros europeos: 10 to 11 (11'e 10 kala, mejor película ex aequo), de Pelin Esmer había comenzado su carrera el Premio Especial del Jurado en Estambul (el festival turco de referencia), donde Men on the Bridge (Köprüdekiler, mejor película ex aequo), de Aslı Özge, había ganado la competencia nacional; Wrong Rosary (Uzak İhtimal, mejores director, actor y actriz), de Mahmut Fazıl Coşkun, se había llevado uno de los tres premios Tiger de Rotterdam; Semih Kaplanoglu había competido por el León de Oro de Venecia en 2008 con Milk (Süt, mejor fotografía y actor emergente); Yeşim Ustaoğlu había recibido la Concha de Oro en San Sebastián 2008 por Pandora's Box (Pandoranin Kutusu, mejor montaje y actor secundario), y Atalay Taşdiken había estrenado The Bogeyman (Mommo, premio del público y al actor secundario) en la Berlinale, donde My Only Sunshine (Hayat Var, fuera de competencia), de Reha Erdem, había brillado en el Forum.

Con toda la desconfianza ante las etiquetas, y la conciencia que hay todo un bosque que descubrir y recorrer, es imposible no ver espontáneamente ciertas constantes en el cine turco que mejor se está exportando en términos de prestigio. ¿Es por eso que se está exportando? ¿Es para exportarse? Dejemos ese tipo de especulaciones a quienes pueden debatir desde el interior, a partir de un bagaje más amplio, para no caer en las tan comunes reducciones de la recepción extranjera.

Sin generalizar más allá, ni caer en proyecciones pretenciosas sobre la mentalidad de una nación o generación, basta restringirse a las imágenes que emanan de películas de obras de temáticas y localizaciones diversas para constatar la omnipresencia de paradojas y contrastes como motores narrativos y como principios de puesta en escena.

Entre las mil caras y laberintos de Estambul y una vida rural atávica, la tensión entre campo y ciudad, entre provincia tranquila y metrópolis hiperactiva, la contradicción geográfica suele resumir e incubar las otras antítesis. Ya sea la nostalgia de la provincia del joven perdido en Estambul de 10 to 11, el anhelo de progreso y apertura de los campesinos de Milk, o el contraste más evidente y esquemático de Pandora's Box, la disyuntiva entre las realidades rural y urbana sirve para ilustrar los quiebres de una sociedad parcialmente inserta de lleno en la modernidad –técnica y cultural-, mientras que otra parte sigue, voluntaria o involuntariamente, apegada a una tradición que suele acompañarse de escasez material.

El premiado título de la ya reconocida realizadora Yeşim Ustaoğlu construye en efecto un juego de oposiciones bastante obvio y cargado, con un abanico de personajes muy bien interpretados pero demasiado sintéticos. Aquí, además, la edad participa del quiebre entre tradición y modernidad, precisamente para proponer una esperanza de reconciliación a través del retorno a valores que parecieran más honestos y seguros.

Tres hermanos viven distintas versiones de las posibilidades citadinas: la editora de diario sin tiempo para pensar en la familia, y cuya vida personal se resume a una relación patética con un amante casado; la dueña de casa de vida cómoda y estable, pero atormentada madre sobreprotectora de un hijo sensible pero descarriado; y el único hermano, igualmente reventado que su sobrino.

Un día los vecinos de su madre (la nonagenaria francesa Tsilla Chelton), una testaruda campesina que vive sola en su modesta cabaña en medio de una naturaleza exuberante, les avisan que la mujer se perdió. Cuando la encuentran deambulando, tienen que asumir que la mujer está demasiado senil para seguir viviendo sola, y tratan de hacerse cargo de ella, lo que significa obligarla a dejar su vida campesina por la ciudad, y ellos mismos adaptar sus actividades y costumbres. Finalmente, es precisamente el nieto post-adolescente, desamparado en su realidad y en las expectativas de hijo de familia acomodada, quien mejor conecta con una mujer a la que ve como una persona y no como un problema, y parte con ella a la montaña, dispuesto a hacerse cargo y a asumir una responsabilidad que la generación intermedia es incapaz de enfrentar.

Con su desarrollo más bien simplista pero eficaz, Pandora's Box no es la única en proponer un nuevo pacto de transmisión entre generaciones divididas como una forma de comprensión y apertura frente a los mundos desconocidos que conviven en la complejidad turca. En la ópera prima Wrong Rosary, que aborda amablemente la multiculturalidad, el joven muecín Musa (el premiado Nadir Sarıbacak), recién llegado de la provincia a Estambul y tímidamente enamorado de su vecina beata Clara (la igualmente premiada Görken Yeltan), encuentra en su complicidad con un librero mayor a la vez una puerta hacia la gran ciudad, más allá de su mezquita, y hacia la chica católica, igualmente aislada hasta ahora en su religión.

También es un librero veterano, o más bien un coleccionista en un sentido más amplio, quien hace descubrir a un joven provinciano los laberintos de Estambul en 10 to 11, primer largometraje de ficción de su directora. Sin el simplismo de asociar la modernidad a la juventud y el atavismo a la madurez, aquí la generación más antigua es la conservadora de la memoria de la perturbada historia política reciente, que los más jóvenes a menudo ignoran. La ciudad lleva en sí las marcas de los eventos olvidados, callados o tergiversados, de los que sus habitantes mayores han sido testigos, mientras que la juventud de provincia, como este conserje de un edificio encerrado en su departamento, extrañando su hogar, representan la ingenuidad.

Es el caso del personaje del policía en Men on the Bridge, una película igualmente enfocada en los contrastes y la diversidad estambulita, desde su estructura coral hasta el lugar que evoca su título: el puente del Bósforo, que une Asia y Europa. Escrita y dirigida por una mujer, pero centrada en tres hombres, Men on the Bridge retrata diferentes realidades sociales que conviven cada día sin verse, precisamente en ese puente en que el veinteañero policía controla el tránsito, un pobre adolescente vende rosas, y un esforzado taxista trata de ganar una vida mejor para su exigente esposa.

Si en los últimos tres títulos la provincia está encarnada por un hombre joven, pero el escenario principal sigue siendo Estambul, en Milk, al contrario, el campo y una cotidianeidad casi anacrónica son una realidad tan concreta como aparentemente ineludible. En la segunda entrega de una trilogía del director Semih Kaplanoglu comenzada con Yumurta ("huevo", de 2007), y completándose actualmente con Bal ("miel"), la leche es el medio de subsistencia de una bella y joven viuda y su hijo adolescente (Melih Selçuk, distinguido como actor emergente), atrapados en una vida sin perspectivas. Aquí la ciudad es un fantasma intimidante pero a la vez un anhelo de apertura para el pequeño núcleo familiar, en un momento en que ambos tratan de hacer sus vidas. Para ella, el cambio lo ofrece un respetuoso y amable pretendiente del pueblo vecino. Para él, joven alma sensible que sueña con una carrera de poeta, es la aspiración de abrir sus horizontes, cuando ni siquiera el servicio militar (que un problema físico le impide hacer) resulta una salida a una realidad en que la materialidad de la leche y la naturaleza resulta incompatibles con la poesía. Y por mucho que lo rehúya, un trabajo de obrero, con todas las desventajas de la gran ciudad, se alza como único futuro realista.

Los planos amplios, frontales, largos y pausados, que también se alzan como una constante en muchos de los trabajos turcos que recorren las pantallas internacionales, son una expresión en la imagen de las mismas problemáticas abordadas por las narraciones. El hombre no puede abstraerse de su entorno. Las tensiones culturales, sociales, generacionales o valóricas comienzan con esa tensión primaria del hombre pequeño frente a la vastedad (despejada o agobiante) del paisaje, urbano o natural.

Fuente: http://www.mabuse.cl/articulo.php?id=86431

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