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Hace más de mil cuatrocientos años el imam Ali en sus sermones advirtió en no pocas veces de la devaluación del término musulmán, desde aquellos que le traicionaron y le declararon la guerra, hasta los que hoy se llenan la boca proclamándose “custodios de los lugares santos del Islam” y que han visto en la palabra musulmán una moneda de cambio. 

Para el Profeta del Islam y los sagrados Imames, la palabra musulmán fue considerado como el primer paso en la revolución del cuerpo, alma e intelecto de los hombres, por lo tanto un acontecimiento de alto impacto en la naciente confesión islámica. La persona que decidía aceptar el Islam como sistema de vida sabía en la mayoría de casos que eso significaba un compromiso profundo y amplio no solo con Dios sino con la sociedad que le rodeaba, porque esencialmente el musulmán estaba obligado por esa fórmula de iniciación al Islam conocida como “Shahada” a transformar sus condiciones internas y externas, buscando siempre el bien común, la justicia y la armonía. Bajo esa premisa de la transformación del hombre por medio del Islam fue posible la construcción de la inmensa y gloriosa Civilización del Islam en donde florecieron las ciencias, el arte, la cultura y la fe por igual. El musulmán pensaba que la creación y los humanos en especial eran una especia de gran fraternidad, por eso permitió la libertad de los cultos, garantizó derechos a las mujeres y protegió a los más necesitados.  

Sin embargo la tiranía, la corrupción, la ignorancia y la hipocresía fueron instaladas como semillas perjudiciales en el suelo fértil del Islam, los Omeyas y los Abbasíes fueron los primeros frutos amargos de ese espinoso árbol. Hoy un mil cuatrocientos años después ese árbol se ha vuelto fuerte y produce frutos a montón (salafistas, wahabíes, sionistas etc.), y llevando al Mundo Islámico a una neo-inquisición interna en donde se usan los púlpitos de las mezquitas para ordenar el asesinato de musulmanes, en donde se abren las puertas de par en par para la colonización cultural de las sociedades islámicas y la violencia sectaria. Hoy se presentan casos en los que el enemigo a muerte del musulmán es otro musulmán, en donde se grita “Allahu Akbar” (Dios es el más grande) al asesinar a un correligionario. La solución a esto está al alcance de los musulmanes, pero debido al velo impuesto en los ojos de los creyentes, esta pasa inadvertida. Por lo tanto se convierte en un deber urgente para todo musulmán seguir las dos joyas legadas por el profeta (El Corán y su descendencia purificada). 

Redacción de la Revista Biblioteca Islámica, San Salvador, El Salvador.
Abril de 2014

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