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FLORA SÁEZ

TEHERÁN.- Su nombre, Zahra Mostafavi, dice poco a la mayoría de los mortales. Sin embargo, esta profesora universitaria de 67 años porta en su menuda pero enérgica figura la sangre y el legado del clérigo que en 1979 derrocó al Sha y convirtió a Irán en la primera república islámica moderna del mundo, Ruhollah Musavi Mostafavi Jomeini.

La historia ha querido que el primero de estos apellidos pasara desapercibido y, con él, la mayor de las hijas del imán. Aunque la propia doctora Mostafavi -así la llaman sus alumnos y colegas de la Facultad de Teología de la Universidad de Teherán- también ha hecho mucho en este empeño: extremadamente discreta y alérgica a los focos, la mayoría de los iraníes ni siquiera son capaces de reconocerla. Y no sólo porque vista siempre un chador negro que la cubre de pies a cabeza: prácticamente no ha concedido entrevista ni ha realizado declaración alguna cuyo objeto no fuera hablar de los pensamientos de su padre, de la posición de las mujeres en el Corán, reclamar la solidaridad con el pueblo palestino. 


¿Qué sensación le produce ver el retrato de su padre en todas partes?

Nada

¿Nada? Sin embargo, supongo que es una gran responsabilidad ser la hija de una figura tan crucial, que ha cambiado la historia de su país

Sí es cierto. Ya me he acostumbrado, pero antes, en los primeros años de la revolución, sentía la victoria. Nosotros (los familiares de Jomeini) habíamos sido testigos de todas las dificultades, problemas y privaciones que había soportado mi padre. Así es que, cuando la revolución triunfó, pensamos que por fin, y gracias a Dios, había cosechado el fruto de tantos sinsabores, y nos alegramos.

Fotografía/Ángel López
¿Nunca ha pensado dedicarse a la política?

Ya lo hago. Soy secretaria general de la Sociedad de Mujeres de la República Islámica de Irán, un partido político, social y cultural que se fundó hace aproximadamente un cuarto de siglo, y es la primera organización que se registró en el país. Siempre hemos participado en las elecciones. Asimismo tengo un papel en varias organizaciones que forman parte de la Unión Internacional de ONG Defensoras del Pueblo Palestino, que tiene delegaciones en cuatro continentes  y de la que también soy secretaria general. Y mi función en estas organizaciones no es simbólica. Todos los detalles incluso la composición de las imágenes o cómo van a redactarse determinados temas, están bajo mi control. También soy la directora de la revista trimestral Neda (Llamada), que trata temas políticos, sociales y culturales. 

Y a parte de todo esto, está su trabajo en la universidad...

Sí, desde que salgo de casa a las siete de la mañana ya no vuelvo hasta las ocho, nueve o 10 de la noche. Soy doctora en Filosofía. Imparto filosofía, lógica, teología, filosofía ética y otras disciplinas relacionadas con mi materia. Soy autora de varios libros de temática filosófica, social y ética, y algunos otros que no son traducciones ni versan sobre opiniones de otros, sino que son aportaciones propias, como El agua de la vida en las tinieblas. Yo creo que el ser humano está dotado de manera innata de una cualidad pura que le hace ir en pos de la perfección, pero que las circunstancias que le rodean, los problemas de la vida, de la economía, no le dejan acceder a las etapas de esa perfección. El agua de la vida significa eternidad. Es el agua la que nos muestra la vida. La gente busca la vida, pero está bajo las tinieblas. Yo misma diseñé la portada.

¿Cuál es la labor de la Sociedad de Mujeres?

Se trata sobre todo de una labor política, aunque también se atienden los problemas de la gente, sobre todo de los jóvenes. Por poner el caso, cuando algunos de sus hijos tienen problemas, por ejemplo han suspendido, y ellas no cuentan con presupuesto para un profesor de apoyo, nosotros lo pagamos.

Luego atender los problemas de las mujeres es su principal objetivo...

Nosotras no pensamos en capas, sino que estamos al servicio de toda la sociedad. Sin embargo, como las mujeres son las que más problemas tienen, es la capa que más recurre a nosotras.

¿Y cuál cree que es la razón de que ellas tengan más problemas?

Los factores son muchos y variados. Tenemos que investigar y hacer estudios al respecto. Precisamente uno de los trabajos de la Sociedad fue la de compilar artículos y conferencias para presentarla en el Congreso Mundial de la Mujer y la Revolución Mundial Islámica. Ese fue uno de los primeros trabajos que hicimos en 1987.

Uno de los problemas que solemos tener las mujeres es conciliar el trabajo y la familia. ¿Cómo ha sido en su caso?

Cuando mis hijos eran pequeños fue trabajoso, difícil. Tengo dos. Uno es clérigo y da clases de jurisprudencia y fundamentos islámicos, y la otra es abogada. Los dos están casados y solo vienen a verme los viernes. Yo no trabajo en casa. Desde que era joven he creído que quien es capaz de pensar no tiene que fregar cacharros.

Como todos los hijos usted también se parecerá a su padre...

Son muchos los que dicen que me parezco al imam. Yo misma me doy cuenta del parecido en la voz al escucharme en cintas grabadas. Cuando me pongo nerviosa hablo alto y recio, aunque no enfadada. Mis hijos dicen que he salido a él en cuanto al carácter enérgico, aunque era muy cariñoso, le respetábamos mucho. Mis hijos son así conmigo. Yo hablo todo lo que puedo con ellos, soy una amiga, bromeamos, pero cuando la cosa se pone seria se dan cuenta en un momento y me respetan. También me parezco a él un poquito en la nariz, en la cara.

¿Qué recuerdos especiales guarda de él?

Muchos. Era muy cariñoso. Cuando era niña y vivíamos en Qom, mis hermanos y yo nos reuníamos cada día a jugar en el patio, y él se convertía en nuestro compañero de juegos. En el escondite, yo me ocultaba debajo de su capa. Jugábamos mucho a ese tipo de cosas. También hacíamos bolas con el barro en el jardín, las colocábamos en fila, y las hacíamos rodar y chocar con las del otro bando. Cuando crecimos, leíamos por las noches libros de todo tipo, novelas, y él también se nos unía y escuchaba. Pasábamos buenos momentos alrededor de la mesa camilla. Son diferentes formas de expresar el cariño: por un lado, que jugásemos en la niñez y, después, a través de la literatura, los estudios, el saber.

Sabe que la imagen que se tiene de ustedes en el exterior no es buena. ¿Qué diría a los lectores para intentar cambiarla?

Que les invitamos a que vengan y vean. Por mucho que nosotros digamos, ellos mismos tienen que ver e investigar. No basta con oír. Ocurre como con el Islam: eso de decir que mi padre es musulmán no sirve de nada. Tienes que investigar tú mismo y conocerlo, y luego aceptarlo. No se puede creer sin conocer. ¿Cuánto mienten y se equivocan en otros temas! Así es que no tenemos otro camino que ese: investigar. 

Parte de esa visión negativa se relaciona con la situación de las mujeres, con, por ejemplo, la obligatoriedad de una forma de vestir determinada

¿A quién le concierne? Eso de inmiscuirse en los países de los demás... ¿Acaso nosotros aceptamos el trato que se da a algunas mujeres en el extranjero, a mujeres a las que se utiliza? Ellos se sientan y se ponen a opinar sobre los demás, a juzgar, y, encima, erróneamente. ¿Por qué nos podemos permitir inmiscuirnos en los asuntos ajenos y en los métodos de los demás? ¿Acaso no creen que esas mismas críticas que nos hacen también podemos hacérselas  nosotros? Si queremos enmendar la sociedad, primero tenemos que empezar por nosotros mismos. (No es correcto) eso de que uno piense que su forma de ser, sea como sea, es la buena, y que los demás tienen que ser como él.

Publicado originalmente en la revista YODONA número 153

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