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Las dos revoluciones 

(Mis recuerdos del Imam Jomeini.)

(En Memoria de Héctor Omar Abu Arab, reportero gráfico, incansable 
aventurero de la imagen, excelente artista y periodista que murió en la 
indigencia, solitario y devorado por la maldición del alcohol y la droga, en 
el  año 1996 en algún lugar de la ciudad de Belgrado.)



Introducción

Han pasado muchos años ya desde entonces. Quizás más de los que quisiera este 
veterano periodista que ya supera  los 60, y que entonces-cuando los hechos 
que intentaré narrar acontecieron- apenas tenía algo más de 30 años y aún 
todos los sueños y esperanzas fértiles y latentes.
Más de un cuarto de siglo es mucho tiempo para la vida de un hombre, y más 
aún cuando cada uno de esos años se ha vivido con  la intensidad de varios. 
A veces pienso que hay personas- y yo me incluyo entre ellas- que gastan dos 
o tres almanaques cada doce meses y las agujas de sus relojes giran varias 
veces todo el contorno de la esfera cada uno de sus días.

Y las consecuencias se pagan. Los "achaques", el físico que exige que se le 
respete y se le cuide, y las piernas que se niegan a avanzar a la misma 
velocidad que el cerebro. Por eso, antes que éste se vuelva lento como mis 
piernas, quiero escribir el testimonio de una de las etapas más importantes 
de mis largos años como periodista. Al menos, más importantes en lo 
personal, por qué mi vida cambió a partir de entonces y  por eso estas 
palabras serán mi Testimonio de Fe.

Quizás haya algunos detalles que he olvidado o confunda, fechas, horas, 
nombres, mi memoria no es ya la que era algunos años atrás. Pero lo 
esencial, lo fundamental de este relato, seguramente tendrá un desarrollo 
fiel, por que es una de las experiencias  espirituales más intensas que este 
viejo-hoy- periodista ha vivido. Todo aconteció cuando comenzaba el año 1979. 
No hacía mucho, había estado sumergido en la vorágine trágica de América 
Central, la tierra que se partía en dos por los terremotos, y la sangre que 
con las víctimas de la barbarie en El Salvador, llenaba cada rendija  que se 
abría. En Nicaragua, los combatientes del Ejército Sandinista de Liberación 
Nacional (ESLN), preparaban el ataque final.



Parte Primera

París Moun  Amour

Cuando me indicaron que tenía que ir a Francia, a un barrio de los suburbios 
de París, Neauphle-le-Château,  a entrevistar a un religioso chiíta musulmán 
que había estado asilado en Irak por varios años, recuerdo que asumí mi 
nuevo destino periodístico, no sin cierto desagrado. Primero, se acercaban 
mis vacaciones y ya no tenía muchas ganas de seguir trabajando y segundo, 
mis convicciones anarquistas- y por ende decididamente ateas- poco o nada 
querían saber de religiones ni religiosos, fuesen católicos, protestantes, 
musulmanes como en este caso, o de cualquier otro credo mono o politeísta

Tenía yo en aquellos tiempos una treintena de años, y pensaba todavía que de 
alguna forma sería capaz de "llevarme el mundo por delante" si el mundo se 
interpusiera en mi camino. Exiliado desde hacía ya siete años, guardaba en 
mi intimidad un profundo descreimiento hacia todo aquello que incluyera la 
palabra "Dios" en su contexto. Muy recientes estaban en mí las actitudes 
complacientes- casi podría decir cómplices- de muchos de los altos 
dignatarios de la Iglesia Católica latinoamericana, con los dictadores de 
turno. Mi padre-lírico y romántico anarquista- me había enseñado que los 
hombres no podían navegar entre dos corrientes. Que o se estaba con el 
pueblo, o se estaba contra él. Y lo que era determinante para los hombres, lo 
era también -o debería serlo - para Dios y sus representantes en la tierra.

Por eso, cuando se me encomendó entrevistar a un religioso, lo acepté 
resignadamente, como tantos otros destinos a los que se me asignara antes, 
en los cuales trataba de cumplir con mi  trabajo de informar, lo más 
objetivamente posible y punto. Traté de reunir datos sobre la personalidad de 
quien debería entrevistar de alguna forma, pero debo reconocer que no fueron 
muchos los que pude obtener. Es decir, llegué a París, sabiendo muy poco de 
qué se trataba. Lógicamente conocía la problemática Persa, la intromisión de 
las grandes potencias en la estructura del Imperio del Shah Reza Pahlevi, 
protegido niño mimado del capitalismo occidental, gendarme complaciente de 
los EEUU y especialmente de la CIA(Central Intelligence Agency) en la 
estratégica zona del Golfo Pérsico, y responsable de la muerte o mutilación 
de más de cien mil mártires .


Sin embargo, poco o nada sabía del papel determinante que aquel hombre al 
que me ordenaron entrevistar y a quién consideraba un teólogo musulmán más, 
jugaba ( y jugaría) en uno de los hechos políticos y revolucionarios más 
trascendentes de la segunda mitad del siglo XX.

Recuerdo incluso que junto al fotógrafo de la agencia internacional para la 
que trabajaba (un pintoresco  sirio libanés de apellido Abu Arab, que se 
decía "musulmán" pero desayunaba con whiski y que tenía junto a su cámara 
fotográfica más guerras sobrevividas que todos los generales de los 
ejércitos aliados sumados) con él, decía nos lamentamos apenas descendimos 
del jet de Iberia en el aeropuerto Charles De Gaulle de París, de no tener 
tiempo suficiente para disfrutar de aquella ciudad a la que amábamos- y 
amamos- antes de trasladarnos hasta aquel suburbio  que se nos dijo distaba 
unos 50 ó 60 kilómetros de allí: Neaphle-Le Chateau.

Nos esperaba un auto contratado por la agencia, por lo que ni siquiera 
pudimos pasar por el hotel a dejar nuestros equipajes. Tenemos que apurarnos- 
nos dijo el chofer tratando de hablarnos en una mezcla extraña de inglés, 
francés y español- por que dicen que la persona que deberíamos tratar de 
entrevistar, estaría ya por  regresar a Teherán.

El trayecto del viaje entre el Aeropuerto Charles De Gaulle y Neaphle-Le 
Chateau en aquel Peugeot de los años 60, (conducido por quien luego supimos 
que se llamaba Pierre Di Gaetano)- denunciando algún ancestro italiano en su 
genealogía- deberá ser seguramente motivo de una nota aparte. Solo recuerdo 
haberle escuchado decir al fotógrafo -veterano corresponsal de guerra- 
impresionado por la velocidad y las maniobras casi suicidas de Pierre al 
volante: "¡Qué destino el mío...! ¡Me salvé de Vietnam, de Camboya, de Corea 
y voy a morir en París adentro de una lata de sardinas! ".Y aquel "sui 
generis musulmán", terminó su lamento, haciéndose la señal de la Cruz y 
empinándose un trago de una petaquita llena de whiski escocés, de la que 
nunca se separaba.

Finalmente llegamos al lugar. Encontré allí algunos viejos conocidos 
periodistas trotamundos, todos ellos mucho más expertos que yo  y que sin 
lugar a dudas estaban más informados del tema de lo que yo estaba, razón por 
la cual aproveché para reunir toda la información posible sobre ese hombre 
al que me habían ordenado entrevistar  a al menos, estar allí para informar 
paso a paso sobre él.

- ṡCómo es? (pregunté). ṡEn qué idioma habla? ṡQué se le puede preguntar?

Para mi era casi una absoluta incógnita.

Héctor Abu Arab mi compañero reportero gráfico, no se cansaba de repetirme: 
-Aguarda Juma...ya vas a ver de quién se trata y las preguntas van a surgir 
solas...
-Pero es casi un cura (le respondí, dejando aflorar mi empecinado  
anarquista ateo). ¿Qué puede hablar un casi cura de política? La política y las 
revoluciones son cosas de hombres, no de sacerdotes- recuerdo haberle dicho 
a mi compañero-.

Afloraba en mi una herida aún abierta con aquellos que en mi patria se 
decían representantes de Dios en la tierra y estaban asociados o al menos en 
tácita complicidad con los dictadores que se habían adueñado del poder 
ignominiosamente, avasallando al pueblo en todos sus derechos y llenando las 
cárceles y los cuarteles de prisioneros políticos o expulsando al exilio a 
miles de compatriotas.

Estando yo preso y sometido a constantes sesiones de torturas  en una unidad 
militar de Montevideo, mi madre un domingo, mientras estaba en la misa de la 
Iglesia del Cordón, vio arrodillado cerca de ella, recibiendo la bendición y 
la Santa Ostia por parte del sacerdote, a uno de los oficiales que me 
habían llevado detenido y responsable de mi encierro y por supuesto de las 
torturas que se me estaban infligiendo-aunque es  bueno anotar que mi madre 
de esto no sabía nada aún, solo reconoció a quien me había arrastrado desde 
la puerta de mi casa-. En voz alta, y saliéndose de su eterno respeto hacia 
los dignatarios de la iglesia, le reprochó al sacerdote que bendijera y 
diera la Santa Comunión a ese hombre. Fue sacada del templo arbitrariamente 
y luego amonestada por el sacerdote por incurrir en el pecado del odio y la 
vituperación.


Tenía además muy cerca en mi, la increíble experiencia vivida poco tiempo 
antes en el Vaticano, cuando estando allí  cubriendo las instancias 
mediadoras del Cardenal Samoré entre Argentina y Chile por el conflicto del 
Canal de Beagle, aconteció la  extraña  muerte del Papa Albino Luciani, 
conocido como Juan Pablo I apenas un mes después de su asunción sucediendo 
al Papa Paulo VI.
Se habló por entonces de una maquiavélica trama en las entrañas mismas de la 
Iglesia para asesinar al Papa, cosa que algunos observadores sostenían a pie 
juntillas, justificando una serie de intereses contrapuestos que  primaron 
sobre la vida de un hombre que -dicen- pretendió cambiar algunas de las 
estructuras arcaicas y conservadoras de la iglesia católica romana en 
beneficio real y no solo retórico de los más desheredados de la tierra.
Es decir, aquello había agrandado aún más el abismo que existía entre mí y 
los representantes de Dios en la tierra. O al menos de quiénes se 
autodenominaban sus embajadores de entre nosotros. Un asesinato político en 
las entrañas de la Iglesia, era algo que superaba todas mis presunciones. Y 
puedo asegurar, que en aquellos días en Roma, no se hablaba de otra cosa. 
Todos con quienes hablé, aseguraban que Juan Pablo I había sido víctima de 
un homicidio, en el que entre otros aparecían involucrados los intereses del 
Banco Ambrosiano y la Logia  masónica P2, de triste protagonismo en 
posteriores escándalos financieros internacionales con  Lucio Gelly uno de 
sus ejecutivos al frente de las operaciones.

A pesar de mi férreo ateísmo y mis maduras ideas anarquistas, quizás por 
influencia de mi madre, católica devota, entendía que el poder  y el dinero, 
poco o nada tenían que ver con Dios, si es que efectivamente Dios existía 
como mi madre aseguraba.

Me dijo un periodista italiano que andaba por allí, en Neaphle-Le Chateau, 
(creo  recordar que se llamaba Raffaello Goñi), que  Rubollah Jomeini era un 
hombre de 79 años y que unos 15 años atrás se había visto obligado a salir 
de Persia  y exilarse por haber liderado una revuelta del clero shií en 
contra de la monarquía. Me informó también que en estos años su prestigio y 
su inserción popular habían crecido muchísimo y que en esos momentos era sin 
lugar a dudas la esperanza política  de millones de musulmanes iraníes y 
además la única figura  con suficiente carisma popular como para liderar un 
movimiento capaz de amenazar la estabilidad de la familia real de Teherán y 
sus aliados americanos y europeos.

Yo escuchaba a mi colega italiano con interés, pero había algunos puntos que 
no me  quedaban en claro.  Por ejemplo: ¿Tenía casi ochenta años? ¿Cómo era 
posible que un hombre a esa edad  se proyectara como líder de una 
revolución?

En Latinoamérica en esos momentos, se estaba en una estado de conciencia en 
el que se establecía que los jóvenes- encarnados en su ideal en la imagen 
emblemática del Comandante Ernesto "Ché" Guevara- deberían ser los 
verdaderos protagonistas y líderes de los nuevos movimientos liberadores que 
terminarían con los viejos esquemas perimidos de la dominación. Los 
dirigentes que tenían más o menos la edad que me dijo Raffaello tenía aquel 
teólogo musulmán, eran a nuestro antojo, los representantes del "Viejo 
Orden"  con los que  precisamente había que terminar.

Por que además no podía yo imaginar un líder revolucionario sin un fusil 
ametralladora en sus manos. Primaba en mi formación ideológica, la 
referencia del líder de la revolución en China, Mao Tse Tung, que decía que 
"El poder radica en los fusiles", un poco sucedánea de aquella frase que 
inmortalizara Napoleón III, aludiendo a la importancia de los ejércitos en 
la política: "Las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse arriba..."

Conocía sí en Latinoamérica  la templanza y la lucha de algunos sacerdotes 
que pretendieron -sin lograrlo- cambiarle  el camino a la Iglesia, tales 
como Camilo Torres en Colombia, Helder Cámara en Brasil, Monseñor Romero en  El Salvador, Ernesto Cardenal en Nicaragua e incluso el Padre Mujica en 
Argentina y el Padre Zaffaroni en mi país. Pero fueron los menos, y muchos 
de ellos terminaron asesinados o cayeron luchando (Romero, Mujica, Torres) o 
prácticamente defenestrados por las rígidas estructuras de la Iglesia 
Tradicional y conservadora manejada por el Opus Dei desde la matriz del 
Vaticano.

Pero había sido formado en el concepto libertario de la historia 
y en esos  conceptos fundamentaba mi pensamiento y mi análisis.

Sin lugar a dudas, estaba allí a desgano. París era para mi, sinónimo de 
estar sentado en una mesa del Café de la Paix,  junto a un grupo de amigos, 
muchos de ellos uruguayos exilados en la "Ciudad luz", "haciendo la 
revolución desde un pocillo" recordando tertulias parecidas en el viejo café 
Sorocabana de la  Plaza Cagancha de Montevideo.
O simplemente era  ubicarme en una butaca del ahora no tan pecaminoso-pero 
siempre sensual y atrevido- Moulin Rouge,  y regodearme con las gráciles 
figuras de las coristas que conocía desde mucho tiempo antes  en las 
imágenes de La Gulúe o Jane Avril (por ejemplo) de Toulouse-Lautrec, en 
algunos viejos afiches  de inmortales cabaréts.

Amaba- y amo- París, pero nunca imaginé ni en el más ilógico de  mis 
desvaríos, que podía alguna vez estar allí, a un paso del Sena, esperando 
encontrar a un teólogo musulmán octogenario, sin haber podido aún ni 
siquiera agasajar mis ojos con las bellas y sensuales mujeres parisinas en 
algunos de los caminos del Parque de Boulogne.

O estar además sin acercarme hasta Le Courbusier, donde tenía decenas de 
amigos que me recibirían gustosos para salir a recorrer París hasta 
desfallecer de placer, o agasajarme en una de las terrazas de Montmartre- 
con París a mis pies- con un delicioso crêpe con queso y champignons o un 
sabroso omelette aromatizado con ciboullet y apenas una gota de cogñac 
añejo, todo ello acompañado por una exquisita baguette apenas tostada y  un 
vaso de un buen Cabernet, francés(por supuesto), mientras mis oídos se 
regocijarían escuchando  la melodía de un vals, desde un acordeón ejecutado 
por un anciano de largos bigotes, sentado en las escalinatas de la Iglesia 
del Sacrê Coeur.

Pero no, muy por el contrario a mis deseos, allí estaba en un lugar de los 
suburbios de París, cansado, sin haber tenido tiempo siquiera para cambiarme 
de ropa, con hambre y sed- yo no calmaba mi sed con los mismos recursos que 
mi inseparable fotógrafo Héctor- y muy a mi pesar, tenía una misión que 
cumplir: entrevistar a un hombre, del que sabía poco y además en el que 
realmente no creía.

Neaphle-Le Chateau, era un lugar  no muy lejano a París, pero que tenía un  
paisaje de reminiscencias suizas, con edificaciones con techos a dos aguas, 
generalmente de una o dos plantas, calles con veredas de tierra y en los 
alrededores proliferación de abetos y otros árboles frondosos que en 
aquellos días del 79, estaban en su mayoría con sus hojas doradas.
Ni barrio ni pueblo, puede decirse que por entonces, la comuna de Neaphle-Le 
Chateau era una villa apacible, con reminiscencias de poesía bucólica en la 
que la naturaleza y el hombre estaban casi mimetizados.

Hoy proyectado en el tiempo y el espacio, con todas aquellas emociones 
procesadas debidamente en mi intimidad, he llegado a la conclusión que 
quizás en aquella paz que trasmitía el paisaje, mucho tuvo que ver entonces 
la presencia allí del Imam Jomeini, por que justamente, su imagen trasmitía 
una enorme sensación de paz. Por supuesto, estas conclusiones las asumo hoy, 
casi un cuarto de siglo después. En aquel momento, mi empecinamiento, 
incredulidad y atrevimiento, pudieron más que la realidad.

Parte Segunda


"¡Alá es el más grande!"

Nosotros- Héctor y yo- fuimos de los últimos periodistas en llegar. Era 
exactamente el 26 de enero de 1979.  En el lugar, además de representantes 
de la prensa, había cientos de hombres y mujeres musulmanes, que 
pacientemente aguardaban entre las estrechas callejuelas de los alrededores, 
la presencia de su líder.
Frente a la  pequeña casa donde éste había pasado  su tiempo de exilio en 
Francia, se había instalado una carpa de un tono azul o grisáceo,  no lo 
recuerdo exactamente, que hacía las veces-lo supe después-de  Mezquita. 
Muchos de los  musulmanes que pululaban por los alrededores, repetían en voz 
alta y casi monótonamente, algo en un idioma que  lógicamente no 
entendía-nunca fueron los idiomas mi fuerte en conocimiento ni disciplina- y 
que supe después quería decir "¡Alá es el más grande!", gracias a los 
siempre generosos oficios de Héctor Omar, mi inseparable compañero 
fotógrafo- ya que el sí era realmente un políglota- .

La policía francesa había desplegado en el lugar más o menos una treintena 
de efectivos, que  simplemente caminaban y observaban, por que nada ni nadie 
alteraba el orden allí. Todo era simplemente una especie de gran vigilia en 
absoluta paz.

El primer día no pude lograr ni siquiera ver a  Rubollah Jomeini, y lo 
dediqué a caminar por los alrededores e intentar a través de mis colegas más 
accesibles, informarme más de aquel hombre. Esa noche, nuestro "hotel" fue 
el viejo Peugeot del 60 y nuestro almuerzo y cena unas baguettes rellenas de 
queso y jamón, dos o tres Coca Colas y algunas frutas que nuestro servicial 
chofer había conseguido  cerca de allí. Unas mantas que estaban en el auto y 
nuestro gran cansancio, fueron el motivo fundamental para que a pesar de la 
incomodidad, tuviésemos un sueño realmente reparador. Hacía mucho frío esa 
noche en Neaphle-Le Chateau. Creo que soñé con el Moulin Rouge y sus 
gráciles y semidesnudas coristas.

Uno de los periodistas que estaban allí desde hacía ya varias semanas 
cubriendo  paso a paso las actividades del Imam Jomeini en París, me aseguró 
que el presidente Francés Giscard d' Estaing había firmado días atrás la 
expulsión de éste de Francia acusándolo de violar las normas internacionales 
del asilo, ejerciendo  dentro de las fronteras del país receptor, 
actividades políticas, que estaban expresamente prohibidas en tales casos.

Me dijo también, que dicha decisión había sido postergada por las noticias 
llegadas desde Teherán al buró presidencial del  Palacio del Eliseo, en el 
sentido que, la monarquía  persa estaba sumamente debilitada, el pueblo se 
había lanzado a las calles, las unidades militares aparecían como superadas 
y cualquier acción que afectara  al Imam Jomeini dentro o fuera de 
fronteras, podría desencadenar una reacción masiva  cuyas consecuencias eran 
imposible de prever.

Cuando amanecía el 27 de enero, observamos un gran movimiento frente a la 
pequeña vivienda donde se alojaba el Imam Jomeini- que después supimos era 
el domicilio de un compatriota suyo radicado en Francia- por lo que 
estuvimos atentos ante la posibilidad de lograr de una vez por todas 
entrevistar o al menos escuchar algunas declaraciones de aquel hombre que- 
muy a pesar de mi incredulidad manifiesta- había empezado a intrigarme.

Y otra vez, las decenas o centenas-imposible de calcular- de hombres y 
mujeres musulmanes reunidos allí, lanzaban al aire  aquello de "¡Alá es el 
más grande!" con una modulación casi gutural, pero que, repetida una y otra 
vez como un eco constante en el apacible silencio de Neaphle-Le Chateau.

Y entonces lo vi. Erguido, serio, con una barba blanca en un rostro enjuto, 
ojos profundos y aparentemente escrutadores, delgado, de paso firme y cubierto 
con un manto negro y un turbante también negro sobre su testa. Sus pies, 
aparentemente pequeños, parecían no pisar  el suelo. Se desplazaba casi sin 
apoyarse en su calzado, o al menos así se me ocurrió al verlo. Su figura 
realmente impresionaba. Si mal no recuerdo, cuando cientos de manos se 
alzaron hacia él  gritando aquello de "¡Alá es el más grande!", una muy leve 
sonrisa se esbozó en sus labios finos, pero apenas perceptible entre su 
espesa barba y sus magras mejillas. No encuadraba aquel hombre, en lo que 
desde la óptica atrevida de mis treinta y pocos años, consideraba debería 
ser o aparentar un casi octogenario. Esa fue mi primera impresión del Imam 
Jomeini. Lo vi mucho más joven de lo que decían era.

Los periodistas que estábamos allí " de guardia" nos acercamos a él, en 
forma "desprolija" como es lo habitual en este tipo de entrevistas 
improvisadas y dónde cada uno de los reporteros allí trata de hacer 
prevalecer -a veces a los gritos- su pregunta sobre las demás, y los 
fotógrafos anteponen sus cámaras y sus flashes a todo otro objetivo.

Sin embargo, un solo gesto de quién para nosotros seguía siendo nada más que  
Rubollah Jomeini (su nombre completo según me indicó en un papelito un 
colega suizo que andaba por allí era: Ruhul-lâhAl-Musâwî Al-Jomeini) alcanzó 
para que todos nos serenáramos y pudiésemos escucharlo. Omar Abu Arab, mi 
fotógrafo, me iba traduciendo a veces palabra a palabra y a veces 
conceptualmente lo que  Jomeini decía y contestaba a cada interrogante.

Cuando pude- debo reconocer que mi inexperiencia era evidente ante la 
calidad profesional de mis colegas acostumbrados a este tipo de 
circunstancias- me acerqué y le pregunté (traductor mediante) ¿Qué es lo que 
lo lleva realmente a Irán de regreso? y su respuesta fue, breve, casi diría 
lacónica:- Dios, dijo y se me quedó mirando con aquellos ojos profundos que 
nunca pude olvidar en mi vida, hasta hoy mismo.
Y volví a preguntarle: ¿Cree usted posible que un hombre  de Dios, un religioso, pueda hacer una revolución o derrocar a un tirano solamente con  oraciones?
Y fue entonces que dijo algo que trastocaba todos mis esquemas conceptuales 
sobre lo que significaba la política y la religión: Yo soy una persona y 
como tal lo religioso y lo político me corresponden. Jamás renunciaré a Dios,
pero jamás tampoco voy a renunciar a manifestar mis opiniones políticas. Además la revolución no voy a hacerla yo, la hará Dios y el pueblo de Irán
Aclaro que no "encomillo" los dichos, por que  ni las preguntas ni las 
respuestas son fieles textualmente a ellos, ya que mi único archivo es la 
memoria. Conceptualmente sí, aseguro una total y respetuosa fidelidad.

Habló también sobre la barbarie del régimen impuesto -dijo- por el 
imperialismo norteamericano, relató  sobre la matanza acaecida  en 
circunstancias del primer levantamiento contra el Shah en el año 1963, 
comentó sobre sus diferencias con el gobierno de Irak como consecuencias de 
su actividad política y agradeció  en un manifiesto escrito al pueblo y al 
gobierno de Francia por haberlo acogido allí.

Su voz, sus dichos, que a mí se me ocurrían como una especie de letanía, 
tenían algo diferente, algo que en aquel momento no solamente no pude 
definir de qué se trataba, sino que además me resistí ferozmente a intentar 
averiguarlo.

Frente a mí, estaba un anciano de 80 años, hablando de Dios y de Revolución, 
de echar abajo una de las monarquías más antiguas del mundo y además de 
enfrentarse con un gobierno protegido nada más y nada menos que por el 
gobierno y la  Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos 
de Norteamérica.
Estuve en “un tris” de insistirle y preguntarle dónde estaban sus armas, con 
qué fuerzas militares aliadas contaba para enfrentar al poderoso ejército 
del Shah y algunas cosas más, pero preferí callarme la boca.

Héctor Abu Arab, mi compañero, me preguntó: ¿Y ahora que  dices?
Y le respondí:-Impresionante, pero no creo en él y en lo que pueda  o quiera 
hacer.

Noté que mi compañero le dijo algo a Jomeini y éste le respondió algunas 
palabras  con una leve sonrisa en su rostro- cosa no habitual  al menos 
durante las veces que pude estar cerca de él-.

Cuando estábamos en el Peugeot rumbo al hotel, se me ocurrió preguntarle 
que le había dicho a Jomeini. Con una sonrisa Héctor me respondió que le 
había comentado que yo no creía en él.
Me enojé severamente con mi compañero por haberlo hecho y le recordé que no 
era norma que los fotógrafos hiciesen otra cosa que sacar fotos y que el 
diálogo con los entrevistados corría por cuenta exclusiva del cronista.
Luego de un rato largo de silencio, y viendo que continuaba enojado me 
preguntó ¿No quieres saber lo que me respondió?
Me imagino-contesté- que era un  atrevido, que lo iba a tener en cuenta para 
  cualquier oportunidad que debiera entrevistarlo de nuevo o algo así...
La carcajada de Héctor retumbó dentro del viejo Peugeot donde viajábamos y  
dijo: Nada de eso...qué poco se ve que conoces a estos hombres de 
Dios... ¿Sabes lo que me dijo?
¿Qué? Pregunté yo siempre con el ceño fruncido  para demostrar mi enojo.
Me dijo que él sí creía en ti. Qué eras muy joven, pero que él si creía en tu 
sinceridad, por que él creía en los jóvenes como tu.
Quedé en silencio. Y así continué hasta que llegamos al Hotel. Ni siquiera 
el hecho de estar en París por fin, de tener una noche libre a disposición 
para vivirla plenamente me sacó de no sé que extrañas ideas. Tanto fue así, 
que me duché y me acosté a dormir. El Moulin Rouge, Le Courbusier, el Sena y 
  las terrazas de Montmartre, los deliciosos crêpe con queso y champignon y 
los sabrosos omelettes aromatizados con ciboullet y apenas una gota de 
cogñac añejo, la exquisita baguette apenas tostada y  el vaso de un buen 
Cabernet francés, quedaron solemnemente postergados para mejor ocasión. La 
cama de mi compañero quedó sin abrir. El sí fue a saludar- y a vivir- 
París aquella noche.

Parte Tercera

A Teherán vía Estambul y Ankara

Conseguir un lugar libre en un vuelo a Teherán de Air France u otra 
compañía, resultaba algo realmente hazañoso, por no decir imposible.
Muchas de las compañías aéreas habían suspendido sus vuelos con destinos a 
la capital de Irán por razones de seguridad, ya que las noticias que 
llegaban desde Teherán no eran nada alentadoras en lo que tenía que ver con 
la normalidad para el tráfico aéreo en aquella Terminal.

Conseguimos si, dos asientos para un vuelo de Air France a Estambul y desde 
allí, un enganche para Ankara la capital de Turquía. Desde allí a Teherán, 
deberíamos trasladarnos por tierra y por los medios que fuesen. Sabíamos que  
de no mediar algún inconveniente, el Imán Jomeini partiría desde el Charles 
De Gaulle  en cualquier momento esos días en un vuelo de Air France directo a Teherán al que todos llamaban ya el "Vuelo de la Revolución".

Llegamos a Istambul y luego de una espera de casi dos horas, combinamos con 
un vuelo rumbo a Ankara. Al llegar lo primero que nos enteramos es que las 
fronteras con Irán estaban cerradas lo que significaría que de querer 
ingresar allí para llegar a Teherán, tendríamos que hacerlo por tierra, 
ingresando a Armenia y esperando que al llegar a la frontera  con Persia, no 
encontráramos también allí los pasos estaban cerrados.

Todos los posibles vuelos de Ankara a Teherán habían sido suspendidos y 
decenas de iraníes  que querían llegar a su país, iban y venían por el 
aeropuerto tratando de encontrar alguna solución, pero todos los intentos- 
como los nuestros-naufragaban (paradójicamente, en un aeropuerto). Corrían 
las más dispares versiones, que el Shah había huido con su familia de Irán, 
que las fuerzas armadas del imperio se habían amotinado, que el pueblo 
estaba en la calle, y los más alarmistas aseguraban que los Estados Unidos 
de Norteamérica estaban prontos para invadir Irán en defensa de su protegido 
monarca, con una flota de la armada que estaría llegando al Golfo Pérsico 
con miles de marines de la infantería y vehículos  de artillería pesada para 
desembarcar y avanzar por Ahwaz e Isfahán rumbo a Teherán.

Héctor Omar, que no en vano llevaba ya más de 20 años recorriendo el mundo 
en circunstancias extremas, se acercó a mi y me dijo: Acabo de recordar que 
tengo un buen amigo en Kirikkale una ciudad a pocos kilómetros de aquí. 
Conseguí un taxi para que nos lleve. Y así fue, luego de pagarle 500 dólares 
por un viaje de no más de 200 kilómetros, más 100 dólares para la gasolina (de ninguna manera aceptaba otra moneda que no fuesen dólares americanos, ni 
hablar de Libras Turcas que era la moneda de curso legal) el oportunista 
taxista, nos dejó en la puerta de la casa donde se suponía seguiría 
viviendo el amigo turco de Omar.

Y dije bien " se suponía", por que Omar hacía diez años que había estado 
allí y tal como cabía dentro de las posibilidades, ya no vivía  dicha 
persona en ese lugar. Pero una cosa que aprendí de Omar, fue que nunca hay 
que darse por vencido ante los problemas que se presenten. Efectivamente, no 
sé que habló con quien vivía ahora en aquel lugar donde antes vivió su 
amigo, por que  como ya lo he dicho, siempre he sido absolutamente negado 
para los idiomas, excepto por supuesto el castellano y apenas algo de 
Francés, Portugués e Italiano, insuficiente sin embargo para mantener una 
conversación lógica con alguien.
Lo que sí sé, es que unos quince minutos después, fuimos invitados a entrar 
a la casa, Omar  caminaba abrazado con nuestro anfitrión y ambos festejaban 
no sé que cosa, riendo en dúo. Me di cuenta que estaba por pasar algo 
realmente importante, por que Omar, sacó su "petaquita" de whiski escocés e 
invitó con ella al dueño de casa. Algo así, solamente lo hacía cuando estaba 
a punto de conseguir algo serio.

Y así era exactamente. Media hora después me dijo que su amigo ("este " 
amigo nuevo) nos iba a llevar en su camioneta  a Irán. Le pregunté en español 
si le había dicho lo de la frontera cerrada y demás, y me hizo seña que no, 
como restándole importancia.
"La camioneta" era una Studebaker de los años 50, en un estado lamentable, a 
la que le faltaba la puerta derecha de la cabina y a mi me tocó ir en la 
caja, donde-me di cuenta poco después por el olor y los desperdicios- se 
cargaban aves de corral.
Lentamente comenzamos a avanzar hacia el este por una ruta que según me 
dijeron (Omar y su amigo) era más larga, pero más segura. Y así fuimos en un 
viaje que se me tornó interminable, -creo que algo así como unas 20 o 30  horas- 
hasta que llegamos a la frontera en la ruta que comunica el territorio turco 
con  la localidad de Tabriz. Y efectivamente, había allí un destacamento 
militar reforzado. Omar nos dijo a mi y a su amigo- a la sazón el chofer- 
que nos quedáramos tranquilos, que el solucionaba todo. El destacamento era 
del  ejército del Shah, y Omar se acercó a ellos, les mostró nuestros 
pasaportes, habló, discutió, luego le vi abrir su billetera, entregarles 
algo y finalmente tuve la certeza de que la frontera se abriría para 
nosotros, cuando le vi sacar su inefable "petaquita" e invitar con un  trago 
a los soldados.

Una vez transpuesta la frontera le comenté que había sido una suerte que los 
efectivos fuesen del ejército del Shah y no revolucionarios islámicos, por 
que con ellos el soborno y la famosa petaquita de whiski no habrían 
funcionado.
Sonrió, me miró y me dijo: Para esa contingencia, la noche que pasé en París 
aproveché -entre otras cosas que tú te perdiste por tonto-para visitar a mis 
amigos del diario L'Humanité y me hice sacar unas cuantas copias de estas 
fotos. Y me mostró unas cuantas de Jomeini, de la casa donde residía en 
Neaphle-Le Chateau, y muchas de los musulmanes que estaban alrededor de él 
gritando aquello de "Dios es el más grande".- Pensé -dijo- que podrían 
abrirnos algunas puertas. Y volvió a sonreír con aquella mueca que  bien 
podía gustarte o bien convertirlo en el ser más pedante y repulsivo de la 
Tierra.

Llegamos a Tabriz y allí, el turco amigo de Omar- y a esta altura del viaje 
también  mío- se negó a seguir más adelante. Dijo que las cosas estaban muy 
feas y que él siendo extranjero podía tener problemas. Dijo que a los turcos 
no los querían mucho por allí, y se fue. Omar se quedó gritándole en la 
mitad del camino una seguidilla de maldiciones en varios idiomas imposibles 
de reproducir. Cuando se tranquilizó, alzó los hombros y dijo: Bueno... 
habrá que buscar otra solución. Y entonces me contó que con lo que le había 
pagado, el turco podía comprarse dos camionetas  en mucho mejor estado que 
el deplorable carromato en que nos había traído.

Ya por el camino nos habíamos encontrado con grandes contingentes de hombres y mujeres, de todas las edades integrando grandes columnas, casi todos 
desarmados, apenas unos antiguos rifles que algunos portaban, y grandes 
varejones sosteniendo estandartes que podrían en caso de emergencia 
convertirse en un arma rudimentaria.

Le comenté a Omar que de ser verdad los rumores que corrían en el aeropuerto 
de Ankara, Irán podría sumergirse en un despiadado baño de sangre. Mi 
compañero manipulaba la antena de una radio National de Onda Corta que era 
un poco nuestra referencia en situaciones extremas. Logró conectarse con la 
BBC y con Radio Moscú y en ninguna de las dos se decía nada de un posible 
desembarco norteamericano en el Golfo Pérsico.
Tampoco se informaba si el Shah estaba o no en territorio iraní  ni si Jomeini 
había finalmente llegado con el "Vuelo de la Revolución" a Teherán. Nosotros 
habíamos perdido ya el sentido de las horas y no podíamos calcular si 
efectivamente ya el vuelo de Air France habría tocado tierra en Teherán o 
no.

Y allí estábamos en el noroeste iraní, una ciudad llamada Tabriz del 
Azerbaiján Oriental, intentando de alguna forma seguir viaje rumbo al este. 
Omar me dijo que me sentara por allí, que no me moviera aunque demorara, que él iba a conseguir una solución. Una o dos horas después apareció con una 
moto de 250 cilindradas, en un estado lamentable, seguramente de origen ruso 
o  de Alemania oriental y me dijo: ¡Vámonos!.
-¿En esto?-pregunté-
-Sí en esto, como decís. Y haz de cuenta que vas en un Mercedes Benz, por 
que me costó como si lo fuese. Este viaje de París a Teherán le va a salir más 
caro a los gallegos que si nos hubiesen mandado a un crucero por el Caribe 
con todo pago, amor incluido.
Varias horas después, incluso tras pagarle a un automovilista 100 dólares 
por tres litros de nafta "chupadas" del tanque de su vehículo, llegamos a 
Karaj. Y allí si nos dimos cuenta, que estábamos siendo testigos de un hecho 
de verdadera trascendencia histórica.
Un mar de gente había invadido cada centímetro de calle, era como una 
especie de una enorme culebra despareja  reptando entre edificios, plazas y 
parques, incontenible, avasallante y miles, millones de voces gritaban al 
unísono aquello que habíamos escuchado en los suburbios parisinos: "Dios es 
el más Grande".

Y entre esa multitud se veían algunas banderas rojas y estandartes con la 
imagen del Comandante Ernesto "Ché" Guevara. Y miles. Centenas de miles de 
imágenes del Imán Jomeini y del -supe después que era- el Ayatollah Seyyed 
Ali Jameini, líder también de aquella revolución en marcha.

Le hice ver a Omar lo de las banderas rojas y las fotos del Ché y me 
respondió:-Es verdad...pero no te equivoques, esto no es una revolución 
marxista...esto es una revolución  del Islam Shiita. Y agregó: -Sácate de esa cabezota lo del marxismo, Mao, Ché Guevara., y todos tus locos anarquistas…..aquí es otro mundo, aquí la gente vive de otra forma, piensa de otra forma...lucha de otra forma...
-¿Como?-Pregunté-
-Ya vas a verlo me respondió.
Y fue entonces que por primera vez en mi vida escuché hablar del Imam Mahdi cuando Héctor me dijo: pero la verdadera  y definitiva revolución aquí y en el mundo, la va a hacer el Imam Mahdi. En mi tremenda  e irreverente ignorancia le pregunté dónde estaba y si podríamos hacerle un reportaje. Sonrió y me dijo: ya te contaré la historia…pero si Dios te concediera la gracia de estar en su tiempo y quisieras hablar con el, yo no te haría falta por que el Imam Mahdi, habla el idioma de toda la gente…Y la dejó allí. La vorágine de los hechos que viviríamos después, dejó aquella conversación inconclusa hasta que por mis propios medios, mucho tiempo después supe de qué y de quién se trataba.



Transitar con aquella motocicleta vetusta entre aquella marea humana era una 
verdadera hazaña, y más aún por que desde su caño de escape vomitaba un humo negro y espeso, que hacía  en su alrededor irrespirable el aire. Si a eso le 
sumamos el ruido escandaloso que generaba, y la audacia de mi chofer 
circunstancial, puedo afirmar que  fueron- o me parecieron- horas 
larguísimas hasta lograr llegar a Teherán. Cuando pudimos-no sé hasta hoy 
por que milagrosa circunstancia- entrar en el aeropuerto, el avión con el 
"Vuelo de la Revolución" estaba carreteando en la pista. Omar me miró y me 
dijo: ¿Y?... ¿Crees ahora o no crees que Dios está de nuestra parte?
Supimos después que habían habido algunos retrasos por amenazas incluso de 
hacer explotar el avión y otros recursos baladíes. Nos enteramos también que 
el gobierno del Shah había ordenado  el cierre de todos los aeropuertos a 
los vuelos extranjeros (algo de eso se nos había dicho en París cuando las 
distintas compañías suspendían sus frecuencias a Teherán) pero que la 
presión popular había hecho dar marcha atrás con la medida.

Desde unos cien metros, vi  al Imam Jomeini descender del avión. Y lo tragó un 
mar incontenible de brazos, de manos, de pueblo al fin, que tras una 
larguísima espera de 14 años, tenía otra vez en el suelo patrio a su líder y 
había dicho ḂBasta!
Omar-no me pregunten cómo- logró llegar hasta casi el pie de la escalerilla. 
Y el flash de su cámara Nikkon, fue uno más de los que relampaguearon  
registrando un momento histórico- y el tiempo se lo demostraría al mundo y 
también a mi escepticismo- destinado a trascender mucho más allá de Irán y 
su entorno  en Medio Oriente.


Mi segundo encuentro
con el Imán Jomeini

Hasta  ese momento, nunca había sido testigo de un alzamiento popular como  
aquel. Había estado en Centro América, en África del Sur, en Libia, Líbano, 
en el País Vasco, Camboya y otros lugares convulsionados del planeta. Pero 
aquella realidad de un pueblo saliendo a la calle a derrocar a un gobierno 
asentado sobre la protección de una de las potencias imperialistas más 
poderosas del mundo, armado solamente con la fuerza de su espíritu, con su 
Fe en Dios, esa era -fue- para mi una experiencia reveladora.

Es más, a pesar de ser testigo de aquella multitud-algunos la estimaron en 
seis millones de personas, yo creo que era imposible de calcular- decidida a 
todo, hombres y mujeres, ancianos y niños, con los brazos en alto, invocando 
a Dios en sus  consignas, yo seguía convencido que Irán terminaría en pocas 
horas o días a lo sumo, inmerso en un baño de sangre.

Mi lógica mucho más cerca de la trascendental kantiana o la lógica 
dialéctica de Hegel, que del tradicional Organón de Aristóteles, inspirada 
además en una formación de neto cuña marxista donde revolución era sinónimo 
de fusil y revolucionario de guerrillero al estilo de los de la Sierra 
Maestra  cubana o de los mas cercanos-en aquellos días- combatientes del 
Ejército Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua(ESLN), no podía 
creer que fuese posible hacer una revolución integral, total, absoluta, sin 
el respaldo de un aparato militar  bien pertrechado, disciplinado y 
comandado por líderes combatientes, no por teólogos religiosos.
Y Los sacerdotes revolucionarios sobre los que tuve noticia-Camilo Torres en 
Colombia, por ejemplo y Ernesto Cardenal en Nicaragua- debieron aceptar el 
fusil  y llevarlo junto a la Biblia-, y además  proponer un sincretismo para 
muchos imposible, entre el cristianismo y la doctrina marxista leninista de 
la revolución permanente, la dictadura del proletariado, y el estado 
comunista. Ninguno de esos sacerdotes que intentaron gestar una nueva Iglesia 
en Latinoamérica, soñaron nunca con una "Revolución Católica". Sin embargo, 
en aquellos momentos, amenazaban derrumbarse una serie de esquemas formales e informales de mi razonamiento ideológico. Estaba siendo testigo de una revolución liderada por una corriente teológica: el Islam Shiíta. Y además, 
protagonizada por un pueblo, prácticamente desarmado gritando en sus 
consignas alabanzas a Dios.

Experimenté en aquellos momentos  feroces contradicciones internas. Mi 
formación  inspirada en el anarcosindicalismo de la post-guerra, en una 
doctrina político-social que propugna la absoluta libertad del individuo, 
con pensadores y teóricos como P. J. Proudhon, Bakunin, Kropotkin, 
Malatesta, etc., se resistía a aceptar que millones de personas salieran a 
las calles a derrocar un gobierno autoritario, corrupto y genocida, 
invocando a Dios y no a líderes de carne y hueso armados de fusiles y 
ametralladoras.

Pero entonces-pensé- había otros caminos para la revolución. ¿Realmente era 
posible otra opción? En mi fuero interno seguía pensando que pasada la 
primera reacción colectiva, tendría que cumplirse la norma lógica: las armas 
y el poder que ellas otorgan a quienes las poseen, decidirían la batalla 
final. Pero-seguía pensando- ¿Cuál era la batalla final?


En medio de estas reflexiones, siguiendo a la multitud, llegué tras varias 
horas de marcha, siempre  junto a Omar mi compañero de andanzas, a Behesht 
Zahra, según se me dijo, el cementerio donde estaban las tumbas de los 
mártires de la Revolución Islámica. Allí acudió la multitud desde el mismo 
aeropuerto de Teherán siguiendo a su líder, aquel hombre que conocimos en 
París pocos días antes, del cual dudamos entonces, en quién no creímos en su 
momento, y que dando un mentís a  nuestra empecinada-y debo reconocer ahora 
también desinformada-incredulidad, era proclamado como un "Comandante sin 
fusil" de una revolución gestada por millones de hombres y mujeres,  armados 
fundamentalmente con la Fe.


Y allí lo escuchamos hablar nuevamente. Pero no  era en ese momento aquel 
hombre que vimos en Neaphle-Le Chateau, del hablar pausado, en voz más bien 
baja, era por el contrario un líder arengando a su pueblo, un verdadero 
Comandante dirigiendo la batalla final, un revolucionario implacable y 
decidido junto a su pueblo a cambiar un sistema corrupto, usurpador y 
autoritario, títere del imperio yanqui, por  un gobierno inspirado en la 
doctrina del Islam, que él aseguraba tendría como valores prioritarios la 
dignidad del hombre.

En aquel cementerio de  Behesht Zahra le escuchamos pronunciar su primer e 
histórico discurso después del regreso a la Patria, que nuestro siempre fiel 
Omar nos traducía frase a frase para que nosotros pudiésemos tomar apuntes 
de ello. Y fue allí que le escuchamos manifestar la angustia y la carga que 
le significaba enfrentarse a padres que habían  perdido a sus hijos en la 
batalla, y dijo que Reza Pahlevi había huido de Irán, después de haberlo 
destruido y de haber también poblado los cementerios con  los mártires del 
pueblo. Y fue allí, que  rubricó su proclama diciendo que sería él, con el 
apoyo del pueblo quién designaría el gobierno dándole una bofetada en la 
boca al régimen despótico de Reza Pahlevi.

Gracias  a nuestro compañero fotógrafo logré llegar  hasta  el Imam Jomeini 
apenas terminaba su discurso. Parecía imposible acercarse a él por que 
estaba rodeado por la férrea línea de seguridad de los Guardias Islámicos y 
eran decenas de miles de manos que se estiraban tratando de tocarlo, 
mientras aquello de "¡Dios es el más grande!" seguía repitiéndose como una 
plegaria monocorde. En un momento se nos interceptó, pero algo gritó Héctor 
Omar-no sé qué por que ya dije no entendía su idioma- que sucedió o a mi me 
pareció que hubo una leve inclinación de cabeza del Imán Jomeini, una 
especie de seña con su mano, lo cierto es que la férrea barrera de brazos 
entrelazados de los Guardianes Islámicos se abrió y casi milagrosamente 
estuvimos a su lado.

Y entonces allí brevemente me dijo de la significación de aquel lugar, de 
los mártires caídos por la revolución a lo largo de tantos años, y  cuando 
le preguntamos  en qué radicaba la fuerza de esta sublevación  el nos 
respondió que para un musulmán, la gloria estaba en sobrevivir con triunfo 
una batalla, o en ser martirizado en ella por el enemigo y en esa Fe, estaba 
su fuerza mayor. Nos dijo también sobre la unión indestructible de la 
religión y la política y la esperanza de que a través de Dios, pudieran 
terminarse todos los sistemas despóticos en el mundo que asolan a la 
humanidad.
Yo lamentablemente no tuve el coraje de decirle que ahora sí creía en él, y 
pedirle humildemente disculpas por mi insolencia en París. Sin embargo, 
creo, que él a través de mis ojos, supo  que de ello le estaba hablando. Por 
que en aquella mirada final al despedirme de el, le dije y me dijo tantas 
cosas, de las que no precisé de la ayuda de ningún intérprete para 
comprenderlas.

Varios días  después emprendimos el viaje de regreso a Madrid. Una 
revolución fermental estaba cambiándole el destino a Irán, un país que el 
gobierno de Pahlevi en complicidad con el imperialismo yanqui había 
pretendido occidentalizar, derrocando su identidad, su historia, su cultura, 
abandonándolo cobardemente por incapacidad moral de aceptar someterse a 
los tribunales populares para juzgar sus actos.

Un Irán con casi un sesenta por ciento de analfabetismo, y los trabajadores 
asalariados, los campesinos, los artesanos y la clase media menos pudiente, 
castigados, avasallados por la introducción de los capitales foráneos, las 
grandes corporaciones transnacionales, los tan manidos petrodólares, las 
multinacionales financieras y especuladoras y lo más grave, la corrupción y 
la inmoralidad pública.

En esos días, en aquel Teherán convulsionado, agitado, movilizado hasta el 
tuétano, acontecieron dos revoluciones. Una, aquella que lideraba el Imán 
Jomeini y que estaba cambiando "la lógica ilógica" de la historia universal 
contemporánea y otra, la revolución intima, interna que aconteció en mi. El 
derrumbe de los íconos del pensamiento libertario y revolucionario 
(Marx-Lenin-Guevara- y los ácratas Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta, 
con sus teorías anarquistas) ante la comprobación de que existían otros 
caminos para la revolución y que el poder de la Fe en Dios era uno de ellos.

De regreso en mi hogar, le conté a mi madre-una mujer  simple, de origen 
campesino, profundamente católica( que solamente gracias al milagro del amor 
pudo -pudieron- estar unida hasta la muerte con mi padre, un acérrimo y 
convencido anarquista ) mi entrevista con el Imam Jomeini, le hablé de él, y 
ella, con el lenguaje de aquella simplicidad y pureza que le caracterizaba 
me dijo: - "Mira hijo...yo no sé quién ese hombre que decís...pero si 
te hizo hablar de nuevo de Dios, ¡Bendito sea!" Y rubricó sus palabras 
haciendo su acostumbrada señal de la cruz con la mano en el aire, como 
cuando desde chico me daba sus bendiciones antes de acostarme y al  
levantarme al otro día.

Epílogo

Durante más de un cuarto de siglo transité  después de aquellos hechos con 
mis contradicciones a flor de piel. Por un lado mi convicción anarquista, 
libertaria, revolucionaria y por otro mis periódicos encuentros y 
desencuentros con Dios. Finalizo este viaje por la memoria, en la Ciudad 
Santa de Qom en Irán, justamente donde nació el Imán Jomeini y donde también 
se dieron los primeros actos insurgentes en contra del gobierno del Shah. 
Donde nació la revolución Islámica, aquella de la que fui emocionado 
testigo, culminó la otra, la segunda revolución de las que le hablé antes. 
Hace unos pocos días, el 8 de marzo de este año 2007 di mis testimonios de 
Fe y abracé el Islam. Por ello, quiero cerrar este trabajo, con el mensaje 
que envié a mis seres queridos desde aquí.




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