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Según los Evangelios, el hombre de Nazaret prácticamente nunca utilizó la palabra «iglesia». No hay citas de Jesús dirigiendo públicamente a la comunidad de los elegidos una llamada programática a la fundación de una iglesia. Los estudiosos de la Biblia coinciden en este punto: Jesús no proclamó una iglesia ni a sí mismo, proclamó el reino de Dios. Guiado por la convicción de hallarse en una época próxima a su fin, Jesús deseaba anunciar la inminente llegada del reino de Dios, del gobierno de Dios, con vistas a la salvación del hombre. No llamaba simplemente a la observancia externa de los mandamientos de Dios, sino a su cumplimiento en la consideración debida a nuestros semejantes. Resumiendo, Jesús apelaba al amor generoso, que incluía también a nuestros adversarios, ciertamente a nuestros enemigos. El amor a Dios y el amor a nuestros semejantes se ensalzan equiparándolos al amor a uno mismo («Amarás... como a ti mismo»), como aparece ya en la Biblia hebraica.

Así pues, Jesús, enérgico predicador de la Palabra y al mismo tiempo sanador carismático del cuerpo y la mente, propugnaba un gran movimiento escatológico colectivo, y para él los Doce con Pedro eran señal de la restauración del número total de las tribus de Israel. Para disgusto de los devotos y los ortodoxos, también invitaba a su reinado a los practicantes de otras creencias (los samaritanos), a los comprometidos políticamente (los recaudadores de impuestos), a aquellos que habían faltado a la moral (los adúlteros) y a los explotados sexualmente (las prostitutas). Para él, los preceptos específicos de la ley, sobre todo los referentes a la comida, la limpieza y el sábado, eran secundarios con respecto al amor al prójimo; el sábado y los mandamientos son tanto para hombres como para mujeres.
Jesús era un profeta provocador que se mostraba crítico con el templo y que, en efecto, se comprometió en una postura militante contra el comercio, tan prominente allí. Aunque no era un revolucionario político, sus palabras y sus acciones pronto le llevaron a un conflicto de fatales consecuencias con las autoridades políticas y religiosas. Ciertamente, a la vista de muchos ese hombre de treinta años, sin oficio ni título concreto, trascendía el papel de mero rabino o profeta, de modo tal que le consideraban el Mesías.
Sin embargo, con sus sorprendentemente breves actividades —como máximo tres años o tal vez solo unos meses- no pretendía fundar una comunidad separada y distinta de Israel con su propio credo y su propio culto, ni fomentar una organización con una constitución y una jerarquía, y mucho menos un gran edificio religioso. No, según todas las evidencias, Jesús no fundó una iglesia en vida.

Pero ahora debemos añadir inmediatamente que sí se formó una iglesia, en el sentido de comunidad religiosa distinta de Israel, inmediatamente después de la muerte de Jesús. Esto sucedió bajo el impacto de la experiencia de la resurrección y del Espíritu. Basándose en experiencias particularmente carismáticas («apariciones», visiones, audiciones) y en una especial interpretación de la Biblia hebraica (profeta perseguido, sufrido siervo de Dios), los seguidores judíos de Jesús, hombres y mujeres, quedaron convencidos de que ese hombre a quien habían traicionado, ese hombre que había sido objeto de burlas y mofas por parte de sus oponentes, ese hombre que había sido abandonado por Dios y por sus semejantes y había perecido en la cruz profiriendo un grito agudo, no estaba muerto. Creyeron que había sido conducido por Dios a la vida eterna y ensalzado en su gloria, en total concordancia con la imagen del salmo 110, «está sentado a la diestra de Dios», convertido por Dios en «Señor y Mesías» (cf. Hechos 2,22-36), «constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos» (Romanos 1,3).
Así que esta es la respuesta a la pregunta. Aunque la iglesia no fue fundada por Jesús, apela a él desde sus orígenes: el que ha sido crucificado y aún vive, en quien para los creyentes ya ha amanecido el reino de Dios. Si-guió siendo un movimiento vinculado a Jesús con una orientación escatológica; su base no era inicialmente un culto propio, una constitución propia ni una organización con oficios específicos. Su fundamento era sencillamente la profesión de fe en que ese Jesús era el Mesías, el Cristo, tal como quedaba sellado con un bautismo en su nombre y mediante un ágape ceremonial en su memoria. Así fue como la iglesia tomó forma inicialmente.

El significado de «iglesia»

Desde los primeros tiempos hasta el presente la iglesia ha sido, y todavía es, la hermandad de aquellos que creen en Cristo, la hermandad de aquellos que se han comprometido con la persona y la causa de Cristo y dan fe de su mensaje de esperanza a todos los hombres y mujeres. Su propio nombre muestra hasta qué punto la iglesia se compromete con la causa de su Señor. En las lenguas germánicas (church, Kirche) el nombre deriva del griego kyriake — perteneciente al Kyrios, el Señor, y designa la casa o la comunidad del Señor. En las lenguas románicas (ecclesia, iglesia, cíiiesa, égíise) deriva del término griego ekklesia, que también aparece en el Nuevo Testamento, o de la palabra hebrea qahal, que significa «asamblea» (de Dios). Aquí se hace referencia tanto al proceso de reunirse en asamblea como a la comunidad reunida.

Esto establece la norma para siempre: el significado original de ekkle-sia, «iglesia», no era una macro-organización de funcionarios espirituales, separados de la asamblea concreta. Designaba a una comunidad que se re-unía en un lugar concreto en un momento concreto para una actividad con-creta, una iglesia local, aunque junto con las otras iglesias locales formaba una comunidad unitaria, el conjunto de la iglesia. Según el Nuevo Testamento, cada comunidad local está dotada de todo lo preciso para la salvación humana: la proclamación del evangelio, el bautismo como rito de iniciación, la celebración de un ágape en agradecida memoria, los variados carismas y ministerios. Así pues, cada iglesia local confirma la presencia de una iglesia total; en efecto, se define a sí misma —en el lenguaje del Nuevo Testamento— como el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y el edificio del Espíritu.
Asamblea, casa, comunidad, iglesia de Jesucristo. Esto quiere decir que su origen y su nombre llevan implícita una obligación: la iglesia debe servir a la causa de Jesucristo. Dondequiera que la iglesia no haga de la causa de Jesucristo una realidad o la distorsione, peca contra su razón de ser y la pierde. Ya hemos reconocido hasta cierto punto qué se proponía Jesús con la proclamación del reino y la voluntad de Dios, la salvación de hombres y mujeres. Pero para centrarnos en la historia de la iglesia católica, nuestro estudio debería examinar con mayor detenimiento una pregunta que casi nunca se formula: ¿era Jesús, a quien apela constantemente la iglesia católica, en realidad católico?

¿Era Jesús católico?

Los católicos que siguen las líneas más tradicionales de pensamiento, por lo general, presuponen tácitamente que lo era. La iglesia católica siempre ha sido fundamentalmente lo que es ahora, asume ese pensamiento, y lo que la iglesia católica siempre ha dicho y se ha propuesto es lo que originalmente dijo y se propuso el propio Jesucristo. Así pues, en principio Jesús ya habría sido católico...
Pero esta iglesia cristiana tan exitosa, la más grande y poderosa de las iglesias cristianas, ¿acierta al apelar a Jesús? ¿O acaso esta iglesia jerárquica está aludiendo con orgullo a alguien que posiblemente se habría rebelado contra ella? A modo de experimento, ¿es posible imaginarse a Jesús de Na-zaret asistiendo a una misa papal en la basílica de San Pedro de Roma? ¿O tal vez la gente pronunciaría las mismas palabras del gran inquisidor de Dostoievski?: «¿Por qué vienes a molestarnos?»
En cualquier caso, no debemos olvidar que las fuentes son unánimes en su valoración. Mediante sus palabras y sus acciones, este hombre de Nazaret se vio involucrado en un peligroso conflicto con los poderes gobernantes de su tiempo. No con las gentes, sino con las autoridades religiosas oficiales, con la jerarquía, la cual (en un proceso legal que hoy no nos parece claro) lo entregó al gobernador romano y, por consiguiente, a la muerte. Tal cosa ya no resulta concebible hoy en día. ¿O sí? Incluso en la iglesia católica actual, ¿se habría visto Jesús envuelto en conflictos peligrosos si hubiera puesto tan radicalmente en cuestión a los círculos religiosos dominantes, a sus camarillas y las prácticas religiosas tradicionales de tantos católicos piadosos y fundamentalistas? ¿Qué sucedería si iniciara acciones públicas de protesta contra el modo en que la piedad se practica en el santuario de los sacerdotes y sumos sacerdotes y se identificara con las preocupaciones de un «movimiento de la iglesia popular de base»? ¿O esta es una idea grotesca? ¿Un simple anacronismo? Sea como sea, no es un anacronismo aducir que Jesús era cualquier cosa menos un representante de una jerarquía patriarcal. Alguien que relativizaba a los «padres» y a sus tradiciones e incluso in-vitaba a las mujeres a unirse a sus discípulos no puede definirse como defensor de un patriarcado tan hostil hacia el sexo femenino.Alguien que ensalzaba el matrimonio y nunca hizo del celibato una condición para sus discípulos, un hombre cuyos primeros seguidores eran casados y siguieron siéndolo (Pablo dice ser una excepción), no puede esgrimirse como autoridad en la defensa del celibato para el clero.

Alguien que ha servido a sus discípulos en la mesa y reclamaba que «el más alto debe ser el servidor [en la mesa] de todos» difícilmente puede haber deseado unas estructuras aristocráticas o incluso monárquicas para su comunidad de discípulos.
Antes bien, de Jesús se desprendía un espíritu «democrático» en el mejor sentido de la palabra, que concordaba con la idea de un «pueblo» (en griego demos) de seres libres (no una institución dominante, y mucho menos una Gran Inquisición) e iguales en principio (no una iglesia caracterizada por la clase, la casta, la raza o el oficio) de hermanos y hermanas (no un regimiento de hombres o un culto a las personas). Esta era la «libertad, igualdad y fraternidad» originalmente cristianas. Pero ¿acaso la comunidad original no poseía ya claramente una estructura jerárquica con los apóstoles como pilares y Pedro como su piedra básica?

fuente: Hans Küng, La Iglesia Católica, Editorial Momdadori, Barcelona, 2002, págs. 11-14

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