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El estruendo de los balazos de fusil suenan en las calles de París, detrás de un par de hombres con pasamontañas un riachuelo de sangre emerge de las oficinas de la revista Charlie Hebdo, al grito de Dios es Grande (Allahu Akbar) los testigos pudieron afirmar que aquellos asesinos eran musulmanes.
En los titulares de prensa surge nuevamente el argumento, el problema de los musulmanes, del Islam en sociedades occidentales y luego los especialistas afirman, el problema de los muyahidines, guerreros del islam, fanatizados dirían algunos, que habiendo nacido en Europa y luego por su formación, concientización o por intereses particulares regresan a su casa y amplia el radio de acción del terrorismo fanático. Emergen como conejos de un sombrero, listados de musulmanes que han viajado a países que se encuentran en guerra, los que se han mostrado a favor de las “fuerzas terroristas” en las distintas redes, o bien aquellos que ante los hechos acontecidos no se han mostrado lo suficientemente contrariados.
Para el especialista, los asesinos de París mostraban pericia en el manejo de armas y discurso suficiente, esto evidentemente no podría haber sido adquirido en las fuerzas armadas debido a los controles que poseen de sus miembros que a lo mejor se traduce en la segregación de sus elementos a partir de su religión, por lo que la variable de entrenamiento en campamentos terroristas, “fuera de Europa”, era la explicación más lógica y confirmaba el argumento de la amenaza externa.

Como una anécdota histórica, para los que sostienen el temor al combatiente que regresa a casa, en Centroamérica entre las décadas de los setentas y ochentas vivió una de las más crueles guerras internas que se han visto en el hemisferio occidental, a grosso modo se calculan más de 100,000 muertos en Guatemala, 75,000 en El Salvador y otro número igual en la guerra de agresión a la revolución Nicaragüense, estos hechos han sido ampliamente abordados por sociólogos, antropólogos e historiadores, el trauma fue tal que la prolongación de la violencia se puede ver aún hoy en día por las estructuras de violencia  formadas en este contexto, incluso el número de muertes ha superado a aquellas ocasionadas en el conflicto.
Lo que poco se ha abordado en este conflicto ha sido la participación de combatientes extranjeros, no solo de América Latina, sino europeos y norteamericanos, hombres y mujeres que brindaron sus vidas por causas consideradas nobles, y otros por simples contratos financieros. Esta participación transnacional, se produce en un manto de anonimato, lo que sirvió para dos propósitos, cubrir la retirada de los combatientes sobrevivientes en su regreso a casa y otra para negar, a lo interno de los países en conflicto y fuera de ellos, que pudieran existir intereses externos, era la reafirmación de la validez local de la lucha soberana.

El caso de Nicaragua resulta ser el más interesante en Centroamérica, de 1979 a 1989, los casi diez años que duró la primera fase de la revolución que llevó al traste la dinastía Somoza, recibe a revolucionarios de todo el mundo, desde representantes del ERI de Irlanda, Etarras vascos, combatientes del frente Polisario, Brigadas Rojas, OLP, Montoneros, FARC de Colombia además de médicos, maestros y asesores militares cubanos y soviéticos, y voluntarios “humanitarios” británicos, franceses, noruegos, daneses, alemanes, norteamericanos además de todas las fuerzas revolucionarias de las demás naciones centroamericanas luchando y del otro lado, financiados por la CIA contrarevolucionarios, ex miembros de la guardia somocista junto con mercenarios norteamericanos, argentinos, israelíes, hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, y muchos más.

Este fue el más internacional de los conflictos en América Latina, no recuerdo que el retorno de los brigadistas internacionales hubiera sido motivo de discusión y preocupación internacional, estos regresaran a sus países sobre todo después de la derrota electoral de 1989 de los sandinistas. La presencia de los brigadistas internacionalistas se recuerda como “la voz de la conciencia y la decencia humana”, es más, muchos de estos siguieron de cerca apoyando en decenas de comités de solidaridad en sus naciones, recaudando dinero para proyectos de desarrollo no solo en Nicaragua sino en El Salvador y Guatemala. Muchos de esos expatriados que antes de tomar la decisión de tomar las armas eran parte de organizaciones civiles y políticas en sus países cuando regresan retoman dichas actividades, algunos incluso se convierten en funcionarios de organizaciones de apoyo para al tercer mundo, pocos de aquellos aparentemente, hacen de las actividades militares su profesión. 
Se sigue concibiendo a los musulmanes combatientes en el extranjero como no nacionales con todo y que gran parte son hijos o nietos  de migrantes, cultural y políticamente son europeos, pero el problema estriba que en la configuración de “lo europeo” el islam y los musulmanes siguen concibiéndose como el otro externo, una anécdota en relación a esta concepción deviene de la imagen persistente en los musulmanes criollos “conversos” en América Latina que, al expresar su identidad religiosa, son asociados con árabes (predominantemente), por la marginalidad relativa del tamaño de la población de musulmanes en comparación con la persistente, no existe problemas significativos de convivencia (aún) sin embargo esto no sucede en la Europa blanca, cristiana, laica y liberal, donde el musulmán y el islam es dibujado en términos de identidad negativa, bueno, hay que reconocer que no en todos los ámbitos de la vida europea persiste esta idea, en algunos ámbitos prevalece la lectura multicultural, políticamente correcta, evidentemente no se puede extrapolar esta concepción a la totalidad de la población.Lo paradójico de la comparación entre los muyajidines europeos actuales y los luchadores por la libertad de antes, “que se forjaron en los campos de batalla contra las dictaduras”, es la poca estigmatización, incluso resulta paradójico que muchos de estos guerreros de la libertad que abiertamente eran militantes cristianos sobre todo católicos (jesuitas en primer orden) incluso llegaron a puestos de responsabilidad dentro de universidades laicas y católicas a lo largo de la Europa solidaria que apoyaba “la lucha de los pueblos”.

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