Menu



Supongamos la ausencia de toda noción de ideas Sufis en un estudiante imaginario que ha escuchado hablar sobre el Sufismo. Cuenta con tres posibles fuentes de información. La primera, serían los libros y los trabajos escritos por gente especializada sobre el tema. La segunda, podrían ser las organizaciones que pretenden enseñar o practicar el Sufismo o que em­plean su terminología. La tercera, podrían ser los indi­viduos y tal vez los grupos, no siempre pertenecientes a los países de Medio Oriente, conocidos como Sufis. Puede que todavía no lo hayan inducido a creer que el Sufismo debe apodarse "misticismo mahometano" o "culto de los derviches".
¿Qué es lo que este hombre aprende y cuáles son los problemas que enfrenta?
Una de las primeras cosas que podría descubrir sería que la palabra "Sufismo" es nueva, acuñada en Alemania desde 1821.

Ningún Sufi que desconozca los idiomas occiden­tales la reconocería a primera vista. En vez de Su­fismo nuestro estudiante encontraría términos como "los Qadiris", así llamados por el fundador de cierta orden que murió en 1166. O bien podría encontrar alusiones a "La Gente de la Verdad", "Los Maestros" o quizá "Los Que Están Cerca". Otra posibilidad es la frase arábiga Mutassawif o "el que se esfuerza por ser un Sufi". Hay organizaciones denominadas "Los Constractores", "Los Merecedores de Culpa", que en su constitución y a veces hasta en su simbolismo menor se asemejan mucho a ciertos cultos y sociedades occi­dentales tales como la Masonería. Estos nombres pueden sonar extraños, y no siem­pre adecuados, al oído del occidental contemporáneo, hecho que por sí sólo constituye un verdadero proble­ma psicológico, aunque encubierto.

Como no existe un apelativo estandarizado para el Sufismo, el investigador puede recurrir a la palabra Sufi y descubrir que comenzó a emplearse de manera repentina desde hace casi un milenio, tanto en el cercano Oriente como en la Europa occidental, y que aún se emplea para describir en particular al me­jor producto de ciertas ideas y prácticas que de nin­guna manera están limitadas a lo que se suele consi­derar como "religioso". Hallará muchas definiciones de la palabra, pero su problema se invierte entonces, porque en vez de encontrar un simple rótulo de rela­tiva antigüedad, las descripciones de Sufi son tantas que más le valdría no tener ninguna.

Según la mayoría de los autores el término Sufi deriva de la palabra árabe, pronunciada Suf, cuyo significado litera] es "lana" y que se refiere al ma­terial con el cual estaban confeccionadas las túnicas simples de los primeros místicos musulmanes. Ade­más, se afirma que eran de lana para imitar el atavío de los anacoretas cristianos que abundaban en los de­siertos de Siria y Egipto y en otros lugares del Cer­cano y Medio Oriente.Pero esta definición, por plausible que parezca, no resuelve de ninguna manera nuestro problema en cuan­to al nombre, y mucho menos en cuanto a las ideas sobre el Sufismo. Sin embargo, también lexicógrafos importantes señalan que "la lana es la indumentaria de los animales", e insisten en que el objetivo Sufi tiende a perfeccionar o completar la mente humana, no a imitar al rebaño; y que por este motivo los Sufis,siempre con una alta conciencia del simbolismo, jamás adoptarían ese nombre. Además, existe el hecho em­barazoso de que, según la tradición, los Compañeros del Banco —los Ashab as-Safa— fueron los Sufis de la época de Mahoma (muerto en el año 632). Se dice que formaron una agrupación esotérica en el año 623 y que su nombre deriva de la frase Ashab as-Safa. Aunque algunos gramáticos han señalado que desde el punto de vista etimológico es más probable que el origen se encuentre en la palabra "lana" y no en "piedad" (safwa), o aun en la palabra saff (contrac­ción de la frase "primera fila de los dignos"), otros cuestionan esas opiniones, basándose en que los apodos no obedecen necesariamente a las reglas de la or­tografía.

Ahora bien, el nombre es importante como intro­ducción a las ideas como veremos en breve. Mientras tanto examinemos sus asociaciones. Los Sufis afirman que cierta actividad mental o de otro tipo puede pro­ducir, en condiciones especiales y con determinados esfuerzos, lo que se llama un funcionamiento superior de la mente que conduce a percepciones especiales, cuyo órgano está latente en el hombre común. Su­fismo, por lo tanto, es trascender las limitaciones ordi­narias. No debe sorprender, entonces, que algunos hayan vinculado la palabra Sufi con el vocablo griego para la sabiduría divina (sofía) y también con el tér­mino cabalístico hebreo ain sof (el infinito absoluto). Los problemas del estudiante no se reducirán en esta etapa al enterarse de que se dice con toda la autoridad de la Enciclopedia Jvdva que los hebreos expertos con­sideran que la Cábala y el Hasidim, la mística judía, se originan en el Sufismo o en una tradición idén­tica. Tampoco lo alentaría escuchar que, si bien los mismos Sufis señalan que su conocimiento ha existido durante varios milenios, niegan que sea un derivado y afirman que es un equivalente de las corrientes hermética, pitagórica y platónica.

El cerebro humano, como usted sin duda sabe, es compara­ble a una computadora electrónica. Responde a los diversos impactos o vibraciones de la vista, del sonido, del tacto y así sucesivamente, de ciertas maneras pre­determinadas o 'programadas' ". Algunos sostienen que los sonidos representados a grandes rasgos por las letras S, U y F figuran entre aquellas para los cuales está o puede ser "programada la reacción del cerebro". Es muy probable que sea capaz de asimilar este abo­minable simplismo dentro de su modalidad actual de pensamiento.

Ya que esta condición existe en nuestro vis-á-vis, el problema especial que aquí se plantea en el estudio de las ideas Sufis es que muchos de los que están ansiosos por estudiarlas, en realidad no desean rete­ner en su mente ciertos argumentos básicos que los Sufis sostienen acerca del Sufismo, debido a un com­promiso psicológico sistemático. Esta situación cuya existencia se ha verificado por medio de vasta experien­cia personal, es mucho más generalizada de lo que este sencillo ejemplo pudiera sugerir.

El problema para ambas partes se dificulta a causa de la tendencia común del individuo a quien nos diri­gimos, de tratar las ideas Sufis con un abierto rechazo. Una respuesta común es más o menos la siguiente: "Pensar en los términos que usted sugiere equivaldría a destruir mi modalidad establecida de razonamiento". En esto nuestro sujeto se equivoca rotundamente; para el Sufi, en realidad es un hombre que subestima sus propias capacidades. Otra reacción es tratar de racio­nalizar o reinterpretar las ideas que se le ofrecen en términos de algún sistema (antropológico, sociológico, sofístico, psicológico), que él mismo encuentra más de su agrado. En nuestro ejemplo esta condición subje­tiva quizá sería expresada en la declaración siguiente: "Ah, sí, esta teoría sobre la influencia del sonido ob­viamente se ha creado para dar un giro más esotérico al derivado bastante mundano de la lana".

Pero en definitiva esta manera de pensar no tendrá éxito en una escala más amplia porque las ideas Sufis lejos de encontrarse solamente entre las tribus primi­tivas o de hallarse sepultadas en libros escritos en lenguas muertas, están contenidas en diversos grados en la formación básica y en los estudios de más de cin­cuenta millones de personas que viven en la actualidad: aquellas que de alguna manera están vinculadas con el Sufismo.

Fotografía de Till Muellen Meister

Fuente: Idries Shah, El Camino del Sufi, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona, y Editorial Paidós, SAICF, Defensa, 599 - Buenos Aires, páginas 19 a 23

0 comentarios:

Publicar un comentario

No se permite bajo ningún criterio el lenguaje ofensivo, comente con responsabilidad.

 
Top