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El árabe es en la actualidad idioma oficial desde la costa atlántica de Marruecos hasta la ribera del Tigris en Iraq. Pero su avance hacia el Oriente se detuvo precisamente en este punto, en la frontera iraquí con la actual República Islámica de Irán. Aún hoy ochenta millones de iraníes hablan persa y no árabe, y reviven a diario esta antiquísima lengua de origen indoeuropeo, su más valiosa herencia cultural y su elemento identitario más poderoso.

Ninguna sociedad muestra tanto amor hacia su propia literatura como lo hacen hoy los iraníes, quienes conceden a sus poetas los mayores honores nacionales y reservan para ellos el rincón más sensible de su conciencia colectiva.

La expansión del idioma árabe hacia el Oeste sólo pudo ser detenida por el océano Atlántico y el desierto del Sáhara. En su camino hacia el Este, sin embargo, no fueron las dunas ni las olas las que frenaron la lengua del Islam. Fue un sólo hombre. Un poeta. Ferdowsi. Trovador épico medieval a quien los filólogos acreditan hoy la supervivencia de la identidad lingüística iraní.

Ferdowsi se cuidó de escribir en persa —y no en árabe— el Libro de los Reyes: una colección de relatos, proverbios y crónicas gloriosas sobre la vida y gobierno de medio centenar de monarcas. Esta obra maestra es, para los iraníes, el canto más valioso de su propia historia. Un relato que concluye, precisamente, con la narración de aquella invasión árabe de Persia en el siglo VII, descrita en el Libro de los Reyes como una terrible desgracia para el país.

Mil años después de la muerte del poeta, sus versos se citan, se estudian, se reinterpretan constantemente en cualquier conversación cotidiana.

Se observa esto hoy con frecuencia: el ritmo frenético de Teherán interrumpe de pronto al flâneur en cualquier acera, frente a cualquier comercio, alrededor de dos hombres que se convencen uno al otro de sus líneas favoritas en los libros de Ferdowsi. La cultura poética no es, en Irán, propiedad exclusiva de una reducida élite intelectual; muy al contrario, todas las familias iraníes comparten el esfuerzo de transmitir sus cantares a la generación próxima. Y así sucesivamente hasta hoy.

«Los albañiles iraníes mientras trabajan no cantan; recitan poemas de Omar Jayyam». Leo estas palabras del Negro sobre negro de Ana Mª Briongos en el autobús que nos conduce desde la capital hacia el sur del país, y al principio pienso que es una afirmación simpática y exagerada.

Por supuesto que estoy muy equivocado.

Hoy es el primer día de primavera en la ciudad monumental de Isfahán. Quedan pocas horas para que comience la fiesta del año nuevo iraní y, mientras esperan el momento de reunirse con sus familias para celebrarlo, varios grupos de veinteañeros pasan la tarde en la ribera del río Zayandeh recitando los poemas de sus clásicos, Rumi y Saadi. Aprovechan la reverberación de los arcos de los puentes para amplificar la intensidad de sus voces y acentuar su gravedad. Hacen escuchar su canción por todo el parque.

Nadie vive aquí ajeno a sus poetas.

Pero la mayor declaración de amor popular hacia su propia literatura la encontramos en Shiraz, capital de la región de Pars, donde comenzó a escribirse la cultura persa hace más de 2.500 años. Aquí nació y vivió Hafez, el más honrado de todos los escritores iraníes, autor de un poemario que en este país compite con el mismísimo Corán en celebridad e influencia. Y día tras día lo supera.

El Diván de Hafez es la cumbre de la lengua y la literatura persa. Sus versos son ya cánones de perfección lírica, y siguen siendo consultados muy a menudo hoy en día como una referencia espiritual ante los desafíos de la vida. Cuando un iraní se enfrenta a un dilema amoroso, familiar o profesional, se toma antes su tiempo para consultar la palabra de Hafez.

La tradición es la siguiente: abrir el Diván por una página al azar, posar el dedo sobre una línea sin mirar, y atender cuidadosamente el consejo que ofrece el poeta.

Consultamos, pues, también nosotros a Hafez, y nos ayudan a traducir así su respuesta: «El futuro te deparará muchas oportunidades, pero debes comprender que no todas te convienen; solamente si eres sincero y abres de par en par tu corazón, sabrás distinguir el mejor camino y aprovechar tu buena fortuna».

El poeta de poetas descansa hoy en un espléndido jardín islámico de cipreses, pinos, arroyos y rosales, y su mausoleo recibe un peregrinaje incesante de familias iraníes. Es insólito. Son miles de ellos cada año. Vienen hasta aquí desde todos los rincones del país para posar su mano sobre la tumba de Hafez y recitar junto a él sus versos preferidos. Hoy es día festivo y tal es el trasiego en el santuario que hay una cola importante para entrar, desde matrimonios ancianos hasta recién nacidos a hombros de sus padres.

Tras el saludo emocionado al poeta, las familias se descalzan, extienden sus alfombras sobre la hierba, preparan una tetera, reparten un bizcocho, y recitan y debaten juntos el Diván. Afirmar que Hafez sigue vivo no es en este caso un cliché, sino una obviedad manifiesta: está mucho más vivo hoy que cuando escribió su Diván en el siglo XIV.

De este culto ancestral por la sofisticación, el drama y el lenguaje procede el actual taarof: es un complejo mecanismo de cortesía que consiste en mentir lo más elegantemente posible para honrar al interlocutor. Por ejemplo, cuando cualquier vecina de una determinada aldea iraní se acerca al tendero habitual para pagar su pieza de pan:

—No podría cobrárselo a una mujer tan piadosa como usted.

—Es usted muy amable, pero quiero pagarlo.

—Señora, me haría usted millonario aceptándolo como regalo.

—Debo pagar un pan tan fresco y sabroso como este. Tenga diez tomanes.

—Entonces sólo le cobraré cinco.

Y es posible que el pan costara sólo cuatro tomanes. Pero la liturgia del taarof es inexcusable. Son necesarios años de práctica para dominarlo con sutileza y discreción, y para interpretar correctamente qué palabras de amabilidad son sinceras y qué otras son sólo taarof. No siempre es fácil diferenciarlo. Nosotros cometimos un error una tarde aquí en Shiraz, en el jardín botánico de Eram.

La joven Aisán se acerca a nosotros, se une al paseo, nos señala los rincones más destacados del parque, y se ofrece a mostrarnos el interior del palacio, residencia ocasional de varias dinastías de reyes, destinado en la actualidad al uso académico, y cuyo acceso está reservado a estudiantes como ella, futura ingeniera. Lamentamos mucho declinar su invitación a comer al día siguiente; nos vamos mañana muy temprano.

—En ese caso me acercaré a vuestro hotel antes del desayuno. Quiero que os llevéis un recuerdo de Irán.

Taarof, dimos por supuesto. Pero a las siete y media de la mañana siguiente, en el mismo momento en el que estamos saliendo por la puerta del hotel, aparca frente a nosotros un viejo utilitario blanco: Aisán, sus hermanas gemelas y la madre de las tres han madrugado para despedirnos, desearnos buen viaje y entregarnos su regalo. De entre todos los posibles recuerdos de Irán, esta familia ha elegido un libro: una preciosa edición persa del Diván de Hafez.

Foto extraída de: mapio.net
Fuente completa: http://www.altairmagazine.com/voces/divan-de-persia

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