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La presencia musulmana en Occidente suele presentarse como un problema de religiones, valores y culturas que haría falta regular con argumentos teológicos, medidas legales e incluso la afirmación de ciertos principios y valores innegociables. Pero sería un error no tener en cuenta las tensiones psicológicas y el clima emocional que despierta, y llega incluso, en ocasiones, a condicionar, el encuentro entre Occidente y Europa y los musulmanes y el islam. Resulta imprescindible emprender un debate crítico en torno a los sistemas de pensamiento, los valores y las identidades, que debe ser llevado a cabo de manera escrupulosa, crítica y profunda, aunque su omnipresencia en la escena europea pueda eclipsar otras cuestiones que, si no queremos perder de vista el objeto de nuestras reflexiones, también deberíamos tener muy en cuenta.

Las sociedades occidentales, en general, y las europeas, en particular, se enfrentan a una crisis de identidad multidimensional muy profunda. Su primera expresión tiene que ver con el doble fenómeno de la globalización y la emergencia, más allá de la referencia a los Estados-nación, de la Unión Europea. Los viejos conceptos de identidad nacional, memoria del país y referencias culturales singulares parecen estar erosionándose. Por doquier se constata la crispación y el regreso, tanto a nivel nacional como regional, a una reiteración de afirmaciones identitarias estructurantes. A ello habría que sumar los fenómenos migratorios, a los que ya nos hemos referido, que intensifican la sensación de verse arrastrado y a merced de una lógica irreversible. Europa quiere y necesita a los inmigrantes para mantener el poder y el equilibrio de su economía. Ahora bien, esos inmigrantes socavan una homogeneidad cultural amenazada ya por la globalización de la cultura y las comunicaciones. La cuadratura del círculo es que las necesidades económicas entran en conflicto con resistencias culturales que jamás serán lo suficientemente poderosas. Y esta es, pues, la segunda dimensión de la crisis de identidad, porque el asalto procede, en este caso, del exterior, haciendo tambalear los puntos de referencia tradicionales. Pero eso no es todo, porque también asistimos a la emergencia, en el seno mismo de nuestras sociedades, de ciudadanas/os de un nuevo tipo. Los que antes eran asiáticos, africanos, turcos o árabes, han acabado convirtiéndose en franceses, británicos, belgas, españoles, suecos, americanos, canadienses, australianos, etcétera. Sus padres, que ayer vivían aislados, vinieron para ganarse la vida (y regresar luego a su país de origen), pero sus hijos están cada vez más “integrados” en la sociedad y resultan cada vez más visibles en las calles, las escuelas, las empresas, la administración, las universidades, etcétera. Pero, por más visibles que sean debido a su color, indumentaria y diferencias, hablan el idioma del país y son completamente franceses, británicos, belgas, suecos, españoles, etcétera. Su misma presencia tambalea, desde el interior, los esquemas tradicionales y genera tensiones de identidad, en ocasiones violentas, que van desde la incomprensión hasta el rechazo sectario y racista. En los últimos años también ha aparecido otro fenómeno “interno”. El aumento de la violencia y la inseguridad en determinadas regiones, zonas o ciudades, debido a una inadecuada integración social, alcanza la cota de un fenómeno cuyas proporciones ponen en peligro la seguridad global. Desde el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, el 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 7 de julio de 2005 en Londres, la presencia musulmana ha asumido, a través de redes islamistas extremistas y violentas, reivindicaciones internacionales que han alcanzado a ciudadanos inocentes. El terrorismo golpea desde dentro porque, en su gran mayoría, los autores de esos atentados han crecido en Europa y se hallan inmersos en la cultura occidental. La experiencia de esa violencia completa el paisaje de una profunda crisis de identidad generada por la globalización, la inmigración, las nuevas ciudadanías y violencias sociales y terroristas que tienen un efecto palpable sobre la psicología colectiva de las sociedades occidentales.

Las dudas y los miedos son evidentes. Ciertos partidos políticos de extrema derecha tratan de sacar provecho de la inseguridad elaborando un discurso populista, insistiendo en el argumento nacionalista, en la necesidad de redescubrir y proteger la propia identidad, en el rechazo de los inmigrantes y en la demonización del nuevo enemigo representado por el islam. No es de extrañar, por tanto, que su retórica encuentre un eco natural en la población atemorizada y que, frente a estas delicadas cuestiones, todos los partidos se vean obligados a posicionarse. Se trata de un fenómeno transversal que provoca variaciones estratégicas en el seno de las viejas familias políticas. Tanto a derecha como a izquierda se suscitan tensiones entre quienes no quieren reaccionar a la crisis de identidad con discursos condenatorios, sectarios o racistas y quienes, por el contrario, aseguran que su futuro político pasa por responder a la población atemorizada. Por doquier proliferan conferencias, debates y libros que se empeñan en definir la identidad francesa, británica, italiana, neerlandesa, española, etcétera, y determinar cuáles son las raíces y valores europeos y la viabilidad del pluralismo cultural y el multiculturalismo, cuestiones, todas ellas, que expresan tantas dudas como miedo.

Y lo mismo ocurre entre las musulmanas y los musulmanes. La crisis de identidad es una realidad que se conjuga en diferentes dimensiones. En el contexto global, las preguntas son múltiples y profundas. Frente a la globalización, a una globalización cultural que se percibe como occidentalización, el mundo musulmán se enfrenta también a una profunda crisis. Las sociedades con mayoría musulmana, que casi siempre se hallan económicamente en último lugar, no suelen presentar, cuando son ricas, garantía democrática alguna y tampoco contribuyen al progreso intelectual y científico. Todo sucede como si el mundo musulmán, sintiéndose dominado, careciese de medios a la altura de sus pretensiones. Y la experiencia del exilio económico añade a este sentimiento, tan nuevo como confuso, la dimensión concreta de las tensiones y las contradicciones. El miedo a que, en el seno de las sociedades occidentales, la propia religión y cultura acaben diluyéndose, ha provocado las correspondientes actitudes de aislamiento y repliegue. Esta es una experiencia que, en el aspecto cultural, han vivido todos los inmigrantes, pero que, en el caso de los musulmanes, se ha teñido de connotaciones religiosas combinadas, con frecuencia, con consideraciones de tipo cultural. La primera generación, de origen socialmente modesto, que llegó a Europa vivió (y sigue viviendo) tensiones profundas: la sensación de pérdida de la propia cultura y de las propias tradiciones, el conflicto lingüístico, el ambiente occidental secularizado y poco proclive a los valores religiosos, la relación y comunicación con sus propios hijos, inmersos en el contexto occidental, etcétera. La crisis de identidad atraviesa generaciones y da también lugar, en este caso, a numerosos miedos y sufrimientos: miedo a perder la propia esencia y los propios puntos de referencia, miedo a la colonización de la intimidad y miedo a las contradicciones cotidianas, sazonado con la gran cantidad de sufrimiento personal y psicológico que acompaña siempre a la experiencia de la inmigración.

No podemos dejar de añadir las consecuencias directas del clima de tensión que se ha instalado en Occidente y en Europa. Basta pensar en las crisis que se suceden a un ritmo acelerado: desde el caso Rushdie hasta la cuestión del “velo islámico”, los atentados terroristas, las caricaturas danesas y las conferencias del Papa, la lista no ha hecho sino aumentar. Cada país cuenta, además, con su propia dosis de manipulación política, de distintos hechos sensacionalistas y anécdotas maliciosas recogidas por los medios de comunicación. La sensación de estigmatización y de presión permanente abruma a numerosos musulmanes, que perciben esas críticas y esa obsesión por “el problema del islam y los musulmanes” como una agresión, como una negación de sus derechos y, a veces, como una expresión manifiesta de racismo e islamofobia. Y las sufren todos los días porque no es sencillo ser, hoy en día, musulmán en Occidente. La crisis de confianza es, en este clima, inevitable. Hay quienes, ante esta situación, concluyen que no merece la pena esperar nada de una sociedad que los rechaza, y deciden aislarse; hay quienes toman la decisión de tornarse invisibles diluyéndose en la masa, y quienes, por último, tratan de enfrentarse a la situación abriendo espacios de encuentro y diálogo. Si tenemos en cuenta la imagen mediática, esencialmente negativa, del islam y los musulmanes, los discursos populistas y sectarios de ciertos partidos, los miedos y reticencias que asaltan a los conciudadanos europeos y la crisis de confianza y duda que atenaza a los mismos musulmanes, el reto al que nos enfrentamos es considerable.

Es necesario cobrar conciencia, a la hora de emprender el debate, de toda esta realidad psicológica. Las personas tienen miedo y se ven asaltadas por tensiones y dudas que provocan, en ocasiones, reacciones viscerales apasionadas, cuando no descontroladas y excesivas. Los efectos de estas crisis cruzadas son evidentes por doquier: sometido el dominio de las emociones, uno es incapaz de escuchar y acaba instalándose en la sordera; las opiniones son cada vez menos elaboradas y más burdas, expresándose de un modo maniqueo, y los matices acaban percibiéndose como ambigüedades. Las anécdotas que contribuyen a difundir una visión monolítica del mundo musulmán sirven asimismo para justificar los prejuicios sobre el otro (de modo tal que la conducta de esta o aquella persona acaba representando a toda “su” sociedad o comunidad). Las grandes tesis políticas o filosóficas dejan de tener efecto cuando perdemos de vista las consecuencias reales, que en ocasiones resultan devastadoras, de las tensiones psicológicas, la pérdida de confianza, el miedo, las emociones, la falta de disposición a escuchar, el maniqueísmo o el “anecdotismo” esencialista, el cual no deja de proporcionar pruebas irrefutables para el rechazo y la condena. A contracorriente de todos esos fenómenos (que afectan por igual a todos los implicados), tenemos necesidad de un abordaje educativo basado en una pedagogía que tenga en cuenta el estado psicológico de las personas sin culpabilizarlas (ni estigmatizarlas) y se esfuerce en explicar, matizar y ponerse en el lugar del otro. Ante la evolución del miedo y la duda hay que responder con una revolución de confianza en uno mismo y en el otro. En ausencia de disposición a la escucha y al rechazo emocional, debemos reaccionar con una empatía intelectual que nos obligue a distanciarnos de las emociones negativas y a elaborar una crítica constructiva. Este es un proceso largo, exigente y dialéctico que no puede llevarse a cabo más que sobre el terreno y en un nivel de proximidad que requerirá, al menos todavía, una cincuentena de años. Es mucho tiempo… pero un breve parpadeo en el trasfondo de la Historia.

Tomado del libro: Mi visión del Islam Occidental,Tariq Ramadán, Editorial Kairós, España,2011, páginas 22-25.

Fotografía de Tim Green
http://politicalperiscope.com/islam-west-flawed-logic/

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