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A lo largo de la última década, son muchas las veces que quien esto escribe ha recomendado la lectura un libro breve, poco más de 200 páginas, que lleva por título el mismo que este artículo. Es un ensayo escrito al calor del 11-S, y publicado en español por Galaxia Gutenberg en el año 2003. Su autor, el tunecino Abdelwahab Meddeb, escritor, poeta y profesor de literatura comparada en la universidad Paris X-Nanterre, parte de una tesis que expone sin tapujos: si en su día Voltaire señaló que la intolerancia era la enfermedad del catolicismo, en estos primeros compases del siglo XXI se ha hecho evidente que el integrismo es la enfermedad del Islam. En su ensayo, Meddeb trata de establecer la genealogía de esta infección, los agentes que la contienen y transmiten y las condiciones que históricamente la han favorecido. Y para no quedarse en la cómoda diagnosis del mal, aventura una terapia. La gran ventaja de este libro es que en ninguna de sus fases el discurso está simplificado, sustituyendo el conocimiento por la ignorancia arrogante, o el pensamiento por las consignas de consumo rápido (para entendernos, eso que en los días posteriores al despreciable atentado de París ha circulado profusamente por las redes e incluso ha llegado a contagiar a los medios y el discurso político).

Meddeb, formado en la cultura musulmana y en la francesa, sabe de lo que habla, sabe analizarlo y sabe transmitirlo a quien no pertenece a su tradición cultural originaria. O lo que es lo mismo, a los occidentales. Leerlo, en esta coyuntura de nuevo sombría y cargada de sinrazón, es todo un bálsamo mental.

Lo que ha acabado siendo el integrismo islamista, que impulsa el programa de proclamación y extensión del Islam a través de la violencia y el terror (y que para muchos occidentales de pocas lecturas se ha acabado convirtiendo en el paradigma que resume todo lo musulmán), tiene una génesis perfectamente trazable desde la Edad Media, ejercicio con el que Meddeb abre su obra. Los orígenes remotos han de buscarse en el bagdadí Ibn Hanbal, que allá por el siglo IX propuso una lectura del Corán apegada a su literalidad para reducir las querellas abiertas entre los musulmanes, al calor de la disparidad de interpretaciones que se había desarrollado tras la muerte del Profeta.

Ibn Hanbal, que tenía un afán pacificador, sería, por esas paradojas de la Historia, el presupuesto doctrinal de quien varios siglos más tarde, a comienzos del siglo XIV, sentaría las bases del Islam más violento, apoyado sobre la yihad como pilar fundamental, e interpretando este concepto, vinculado al martirio y el esfuerzo de los primeros musulmanes en los años en que la nueva religión era perseguida, en un sentido muy particular: no tanto defensivo como agresivo. Se trata del teólogo sirio Ibn Taymiyya, quien, como reacción al saqueo de Bagdad por los mongoles, y tratando de rebatir la visión universalista que propugnaban los sufíes, construyó la doctrina de un Islam cerrado, militante y combativo. Partiendo de la unicidad absoluta de Dios y la negación de cualquier otro culto (como por ejemplo, el de los santos), condenó toda forma de intercesión y propuso una lectura rigorista de la ley islámica, en una obra no por azar titulada La política en nombre de la ley divina para restablecer el orden en los asuntos del pastor y el rebaño; un libro de apenas 100 páginas que como señala Meddeb ha sido generosamente editado en ediciones populares que han contribuido a su difusión.

Sobre Ibn Taymiyya tenemos un testimonio contemporáneo, el del viajero tangerino Ibn Battuta, que recorrió el mundo islámico a comienzos del siglo XIV y que al pasar por Damasco observa lo siguiente: "Entre los grandes alfaquíes hanbalíes [seguidores de Ibn Hanbal] de Damasco se contaba Taqi ed-Din b. Taymiyya, hombre muy apreciado, capaz de hablar sobre las ciencias todas, pero algo había en su mente trastocado y era que los damascenos le honraban en demasía y él les sermoneaba desde lo alto del púlpito". A continuación refiere Ibn Battuta una serie de controversias protagonizadas por el alfaquí, y cómo en todas ellas fue desautorizado por el resto de los alfaquíes bagdadíes y acabó sufriendo prisión, por lo desviado de sus enseñanzas. Él es la piedra angular del actual integrismo.

Fuente: http://www.elmundo.es/cronica/2015/01/11/54b117c5268e3e2a128b456f.html

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