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Nuestra primera conferencia ha estado dedicada a una de las dos formas principales del islam chiita, a saber, el imamismo duodecimano o chiismo de los Doce Imames. Hoy hablaremos de la profetología profesada por la otra de esas dos grandes familias chiitas, a saber, el ismailismo. Éste debe su nombre no a Ismael, hijo de Abraham, sino al Imam Ismâ'îl, hijo del VI Imam, Ja'far Sâdiq. Las afinidades entre las dos familias chiitas son, por supuesto, estrechas. La profetología y la imamología de una y otra están centradas en la idea del Verus Propheta, cuyas huellas precisas en la profetología del chiismo duodecimano ya hemos señalado. Además, hasta el VI Imam, Ja'far Sâdiq (m. 765), una de las grandes figuras de la imamología, el linaje imámico, y con él el corpus de las tradiciones, es el mismo para las dos grandes familias del chiismo. Es a partir de la sucesión del VI Imam cuando se manifiesta el ritmo diferente que regula sus respectivas visiones del mundo: entre los imamitas predomina la ley del número doce; entre los ismailíes la ley del número siete. Está, sin duda, el aspecto temporal de los acontecimientos, que recordaré muy brevemente, pero que depende, en realidad, de una exigencia interior que regula la arquitectura del edificio doctrinal y determina la perspectiva de la vida espiritual.

En cuanto al aspecto temporal, recordaré en primer lugar los únicos nombres legítimos bajo los que la sodalidad ismailí acepta que se la designe. Está el nombre de "septimanos", que remite a una imamología que considera por grupos de siete o héptadas el linaje de los Imames que se suceden unos a otros. Está el nombre de "batiníes", literalmente los "esoteristas", que califica con toda justicia a los gnósticos que profesan que todo contenido exterior o exotérico (zâhir) tiene un sentido interior o esotérico (bâtin). Está, por último, o más bien ante todo, la denominación de "ismailismo", que se vincula al VII Imam, el Imam Ismâ'îl, hijo del Imam Ja'far Sâdiq. La desgracia quiso que Ismâ'îl muriera antes que su padre y que el Imam Ja'far remitiera la sucesión imámica no al hijo, sino al hermano de Ismâ'îl, el Imam Mûsâ Kâzem, al que los chiitas duodecimanos consideran el VII Imam, mientras que los ismailíes remiten su juramento de fidelidad al Imam Mohammad, hijo de Ismâ'îl. Por tanto, no confundamos ismaelitas e ismailíes. Cuando decimos ismailíes, la palabra remite no a Ismael, hijo de Abraham, sino a Ismâ'îl, hijo del Imam Ja'far, por cuya causa sus fieles mostraron una devoción sin límites.
La muerte prematura del Imam Ismâ'îl marcó la entrada del imamato ismailí en una clandestinidad que no hay que confundir con la ocultación del XII Imam, tal como la concibe el chiismo duodecimano. Esta clandestinidad duró hasta el advenimiento triunfal de la dinastía fatímida en El Cairo en 297/909, con el Imam 'Obaydallâh. El linaje de los imames fatímidas se perpetúa durante más de dos siglos. Está marcado por grandes nombres y grandes episodios. 

Recordaremos tan sólo dos nombres: el del VI Imam fatímida, al'Hâkim bi-Amrillah (muerto a los 36 años en 411/1021), que está en el origen del movimiento y la religión de los drusos, y el del VIII Imam fatímida, al-Monstansir bi'l-lâh, cuya muerte en 487/1094 supuso la escisión de la comunidad ismailí en dos grandes ramas, una fiel al Imam Nizâr, la otra al Imam Mosta'lî (los dos hijos de al-Mostansir). Esta división deplorable se ha perpetuado hasta nuestros días. Ahora bien, unos cinco años antes de la muerte de al-Mostansir (en 1090) Hasan Sabbâh había erigido la fortaleza de Alamut, en el noroeste de Irán, como ciudadela ismailí. Ése fue el lugar de refugio donde, según la tradición ismailí, algunos adeptos intrépidos pudieron trasladar clandestinamente al nieto del Imam Nizâr, asesinado en El Cairo. Así se pudo perpetuar el linaje imámico legítimo.

Mientras que la antigua da'wat fatímida debía perder a su Imam con la desaparición del joven hijo (al-Tayyib) del último fatímida (el Imam al-Âmir en 524/1130), y prácticamente encontrarse en la misma situación que el imamismo duodecimano cuyo Imam es actualmente invisible a ojos de los hombres, he aquí que el 8 de agosto de 1164 estalla en Alamut un acontecimiento que, sin repercutir en el mundo de la historia exterior, no dejó de repercutir como misterio litúrgico en el Malakût, el mundo sutil. Ese día el Imam Hasan âla dhkri-hi's-salâm (Hasan, la salvación sea con su nombre) proclama la Gran Resurrección que hizo del Islam ismailí una religión iniciática personal de la resurrección, confirmando definitivamente la precedencia del Imam sobre el profeta, de lo esotérico sobre lo exotérico, de la verdad espiritual, la Ida (haqîqat) sobre la apariencia literal de la Ley religiosa (sharî'at). Ya hemos dicho por qué esta tendencia está siempre latente en el chiismo. En 1256, las encomiendas ismailíes en Irán, la de Alamut y las otras, son asoladas por los mongoles. Pero el ismailismo reformado de Alamut no fue sin embargo destruido. Se ha perpetuado en Irán, de siglo en siglo, bajo el manto del sufismo y se ha propagado a la India. Es la rama que se designa allí como la de los khojas, que son los fieles de S. A. el Agha Khân, mientras que la antigua da'wat fatímida, designada como la de los bohras, tiene a su cabeza un Dâ'î, término que se traduce inadecuadamente por "gran sacerdote".
He aquí a grandes rasgos algunos de los hechos. La densidad de la literatura ismailí sólo nos es conocida desde hace algo más de una generación. Procede casi íntegramente de la tradición fatímida. La literatura ismailí de Alamut, en lengua persa, pereció casi toda en la tormenta mongola. Felizmente, cierto número de tratados a reaparecido a mediados de siglo, gracias a la labor oscura pero tenaz del malogrado W. Ivanov. A pesar de su extremo interés, no tendremos tiempo de dar aquí cuenta de ello. Deberemos limitarnos a esbozar los grandes rasgos de la profetología ismailí según la abundante bibliografía, de la que sin embargo sólo una décima parte quizá, no más, nos es por fin accesible. Cosa extraña: mientras que los chiitas duodecimanos han pasado varios siglos recogiendo, en los peligros de la clandestinidad, el corpus de las tradiciones de sus Imames y los monumentos de pensamiento propiamente imamitas no aparecen más que con Nasîr Tûsi (siglo XIII), más exactamente, con el eminente teósofo místico Haydar Âmoli (siglo XIV), he aquí que desde el siglo X los manuscritos ismailíes nos ofrecen tratados completos, sumas especulativas completamente construidas, sin que podamos decir qué las ha precedido y preparado. Son más que suficientes para permitirnos extraer los grandes rasgos de la profetología ismailí, y de su proximidad, pero también de su originalidad respecto del imamismo duodecimano.

Nuestras fuentes en esta materia serán principalmente la obra de un prolífico autor ismailí iraní del siglo X, Hamîd Kermânî, y la de un dâ'î yemenita del siglo XV, Idrîs 'Imâdoddin. Nos fijaremos esencialmente en cuatro puntos:

1. Hay acuerdo profundo entre los dos grandes sistemas de pensamiento chiita en cuanto a la teología apofática, la via negationis, el Deus absconditus no puede recibir ni nombre, ni atributo, ni cualificación. Es el "Misterio de los Misterios". Lo mismo que en la teosofía duodecimana esta incognoscibilidad divina era sobrepasada por la teofanía primordial del pleroma de los Catorce Inmaculados, también aquí es sobrepasada por una teofanía que es la de un Arcángel-Logos Primer Creado, que es el "primer profeta", aquel cuya llamada resuena "en el Cielo".

2. De este Arcángel-Logos inicial procede una teoría arcangélica de Inteligencias que forman, como en los filósofos Fârâbî y Avicena, un pleroma supremo de diez Inteligencias querubínicas. Es en el seno de este pleroma donde estalla el "drama en el cielo", el drama propio de la adamología (el del Adán espiritual), drama que enlaza indisolublemente la iniciativa del demiurgo creador de nuestro mundo y el sentido de la misión de los profetas en este mundo. Este episodio presenta muchas reminiscencias de los libros de Enoc y de la cosmogonía maniquea.

3. En esta demiurgia se origina la sucesión de los ciclos de epifanía y ocultación, la sucesión de los imames según un ritmo septenario, marcando la consumación de cada ciclo un nuevo grado de elevación en la reconquista por el Adán espiritual, Ángel de la humanidad, de su rango original en el pleroma.

4. Esta ascensión por la que la humanidad reconquista su paraíso perdido exige que se mantenga la abertura sobre el futuro escatológico. Imposible admitir que todo esté cerrado con el que fue el Sello de los profetas. La profetología ismailí se desarrolla, como la del chiismo duodecimano, bajo un horizonte paraclético, pero como nos mostrará cierta página de un texto sin duda anterior a los fatímidas, lo hace con una audacia sin parangón en el islam.

Fuente: El Imam Oculto, Henry Corbin, Editorial Losada, Madrid, España, 2005,primera edición, páginas 25 a 27.

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