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No pretendo demostrar con metodología académica en la lectura que hago que Rimbaud se influyera del pensamiento árabe-sufí. La cuestión de la influencia no es importante en sí misma, ya que esta es un fenómeno histórico y universal que acompaña incontrovertiblemente a todas las creaciones humanas. En la creación, nada surge de la nada, todo lo que hay en el sujeto está habitado, en mayor o menor grado, de una u otra manera, por la presencia del otro. Lo importante, por tanto, es el cómo de esa influencia, o el modo en que el sujeto creador emplea la materia y los elementos de la influencia.

Obviaré también en esta lectura lo que se dice sobre que Rimbaud conocía la lengua árabe y que murió siendo musulmán, así como todo lo que se afirma sobre Frédéric Rimbaud, su padre, a propósito de que sabía árabe muy bien, que tradujo el Corán al francés y que compuso libros sobre lengua árabe. No tendré todo esto en cuenta, puesto que un poeta puede saber árabe y ser musulmán sin que ello signifique nada para lo que aquí estoy tratando. Pero he de señalar, en cambio, que la mayoría de los investigadores occidentales que estudian la influencia del Oriente en Occidente definen el Oriente, primero como Grecia y, después, como lo judeo-cristiano. En la poesía de Rimbaud no hay ninguna huella importante de la cultura griega ni de la judeo-cristiana, como ya indiqué, excepto en negativo, es decir, por constituir su poesía un olvido casi total de ambas culturas. El Oriente en su poesía es, en efecto, otra cosa.

En esta lectura intento, pues, preguntarme acerca de esa otra cosa, mostrando que Rimbaud se rebeló contra la cultura y la civilización occidentales con elementos no occidentales, que podemos denominar árabes, en el amplio sentido cultural que he subrayado al principio, y que con su idioma francés fundó un occidente poético dentro de un horizonte sufí-oriental.

Al hacerlo, me doy cuenta de que mi lectura sobre Rimbaud va a suscitar muchas interrogantes en la crítica, sobre todo porque dejo a un lado la ingente cantidad de estudios críticos existentes sobre el poeta, que además se contradicen entre sí, pues algunos ven a Rimbaud, por ejemplo, como un revolucionario de extrema izquierda, otros lo consideran un cristiano que vivió una vida de pecado y se salvó, para otros es, por poner otro ejemplo, un nietzscheano que predicó la voluntad de poder y el superhombre, mientras que otros, al contrario, lo tienen por un enemigo de la religión y de todos los ídolos sexuales, patrióticos y familiares, y por surrealista. Por tanto, con mi lectura añado a estas contradicciones una contradicción más, tal vez la más confusa, puesto que saca a Rimbaud, totalmente, del marco crítico occidental y sitúa su poesía en un horizonte diferente.

Empezaré mi lectura definiendo desde fuera las características del texto rimbaudiano, concretizado en Una temporada en el infierno e Iluminaciones, que son precisamente las mismas características definitorias del texto sufí.

La primera característica es que se trata de un texto cerrado, en el sentido de que es oscuro, o hermético, por usar el término antiguo. El secreto de ello está en que Rimbaud traduce una experiencia de lo desconocido, lo mismo que hace el texto sufí, que traduce una experiencia de la interioridad escondida. Es una experiencia trascendente, a pesar de su inmanencia temporal, que no podemos demarcar y que rebasa, además, la capacidad del lenguaje. Las palabras están limitadas frente a lo ilimitado de la experiencia. El lenguaje viene del mundo, pero esa experiencia viene de más allá del mundo y es una visión en permanente expansión. Es lo que expresa esta frase de al-Niffari acerca de la limitación del lenguaje: «Conforme más rica es la visión, más pobre resulta la expresión».

La limitada potencia del lenguaje, que no nos traslada al mundo de esa experiencia, se reduce aquí a descubrirnos otro lugar, a descubrirnos lo no dicho, o lo indecible, y, cuando deseamos llegar a ello, llegamos por la vía sufí denominada éxtasis (injitaf ) y nos comunicamos con lo indecible, con lo indescriptible.

Esta característica nos enseña que la verdadera poesía no es nunca la claridad ni la evidencia, sino todo lo contrario, es adentrarse en la oscuridad del mundo. Dicho adentrarse es un extraviarse, pero el extraviarse que ilumina la intuición y el corazón. En este sentido, el texto rimbaudiano contradice la cultura occidental fundada en el racionalismo la lógica, es decir, en todo lo opuesto al conocimiento poético, exactamente igual que el texto sufí, que se funda en lo interior, que es el lugar de la verdad, y en lo oculto-desconocido, que se contrapone a lo exterior, a la ley y a la institución.

Al igual que el sufí árabe declara la guerra a la exterioridad racionalista en afirmación de la interioridad intuitiva y visionaria, Rimbaud declara también la guerra al dualismo racionalista cartesiano fundador del conocimiento objetivo-científico en Occidente, sobre todo en su Carta del vidente, en que se opone al dicho cartesiano del «Yo pienso, luego existo», con el de «Yo es otro» (Je est un autre), que bien podemos reformular así: «Yo pienso, luego no soy yo», como también dice el sufí. 

La poesía es el viaje dentro de lo desconocido donde se oculta el yo en la ebriedad del éxtasis. El yo deviene la existencia, y el nosotros, y el él deviene un yo que no es yo.

La segunda característica es que el texto de Rimbaud, fijado en un idioma occidental, escapa siempre del espacio occidental/euclidiano-cartesiano. Un espacio que ejerce las más numerosas y variadas coacciones sobre la vida cotidiana. Todos sabemos que la propia vida de Rimbaud fue una impresionante forma de heroísmo huyendo de esas coacciones.

La tercera característica es que el texto rimbau-diano supera la dualidad cartesiana del sujeto/objeto, que es una dualidad racionalista alimentada por la duda metódica, que impide el conocimiento poético el conocimiento verdadero. De ahí que sea necesario el impulso de lo que se ha dado en llamar «corazón». Es preciso unirse a la energía vital que hay en la existencia, se precisa la unidad de la existencia. Se necesita una visión diáfana que penetre en lo más profundo del mundo, que vaya más allá del racionalismo y su lógica, y de la subjetividad y la objetividad.

El conocimiento poético es sufí: es la intuición de lo que no vemos, la intuición del mundo invisible, de ese estado primigenio en el que no hay escisión entre el yo y la existencia, entre el yo y el nosotros.

De ahí que para conocer el texto de Rimbaud sea preciso leerlo de la misma manera que leemos el texto sufí: antes de entender la expresión hemos de entender la alusión. Ya lo decía al-Hallach [s. ix-x]: «Quien no entiende nuestras alusiones, no será guiado por nuestras expresiones». Su lectura es, pues, mística (ladunía), una forma de intercambiar secretos y de inferencia intuitiva.

Podemos afirmar, además, que la crítica aplicada al texto rimbaudiano es como la que se ejerce sobre el texto sufí, es decir, una crítica reductora, una crítica-velo que oculta la luz original del texto, pues ignora completamente la alusión, aferrándose solo a la expresión.

La cuarta característica es que el texto rimbaudiano revela una actitud visionaria y profética como sucede en el texto sufí. Para el occidental, el universo es objeto de confrontación y, para el sufismo, objeto de armonización. Mientras que el occidental se enfrenta al universo apoyándose en la razón, el sufí lo entiende y lo abraza con su intuición. El universo es, para el primero, un objeto externo y, para el segundo, interno, es corazón e íntimo sentimiento (sarira). El sentido del universo se entrevera con su persona, es decir, se entremezcla con el sentido de su existencia. Es personal, no objetivo. De esta forma, el sufí se funde con el universo, en tanto que el occidental se separa de él. La energía creadora le viene al sufí de esa fusión. No percibe el mundo simplemente con la mente o por medio de la abstracción racional, sino que lo vive y lo hace. Aquí, la existencia no es mera cuestión racional, es una misión. En esto se evidencia el sentido de la profecía, que es, en esencia, no occidental. El universo no es un regalo dado al ser humano, sino un bien que debe custodiar. Al ser humano se le ha confiado el universo en el que vive y su obligación es realizarlo, realizar la «vida oculta» que hay en él. Según esta visión, la idea existe únicamente en cuanto vida. Y su apuesta fundamental está, por tanto, en la realización-praxis, no en la teorización-abstracción.



Fuente: Adonis, Sufismo y Surrealismo, edición en PDF, pág. 277 a 281.
Encontrado en: www.ebiblioteca.org


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