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«Al hablarse de los derechos humanos en una situación determinada, debe historizarse el concepto para no caer en trampas ideológicas»


Ignacio Ellacuría

Hablar en pleno siglo XXI sobre un Estado pleno Palestino, parece un dilema que en Occidente se reflexiona o comprende poco. De este lado del mundo existe pleno convencimiento que toda lucha de los pueblos por insertarse en la lógica de los estados modernos y democráticos es aceptable, de ahí que a principios de siglo XX muchas de estas luchas fueron plenamente apoyadas por la comunidad internacional.
La colonización, modernización y posterior independencia del «Oriente» no fue un asunto de éxito para las grandes naciones de principios de siglo XX, ni siquiera para Sociedad de las Naciones y su posterior versión, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), dado que no consideraron aspectos históricos y culturales fundamentales de dichas sociedades.

Uno de los casos más preocupantes en la actualidad es el dilema palestino-israelí, que fue vendido al Occidente como la lucha en la que unos (israelíes) merecen la tierra prometida por razones históricas, religiosas y como respuesta reparadora al daño sufrido tras la Segunda Guerra Mundial. Poco caló el hecho que dicha tierra ya estaba habitada, que había población con costumbres, propiedades y derechos adquiridos; de manera que, tras las acciones de tierra arrasada después de 1947, fueron indiferentes a los países paladines de la defensa de los derechos humanos y la paz mundial: paradójicamente la ONU aprobó la creación de Israel al tiempo que aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Desde entonces, la zona sufre una conflictividad crónica, al parecer invisivilizada en el escenario internacional, pero que supone hacerse el cuestionamiento: ¿Palestina es posible? Pregunta compleja por la cantidad de variantes que intervienen en su respuesta. Sin embargo, es importante limpiar del análisis, la dualidad de buenos y malos, justos e injustos, árabes e israelíes.

Por ello y en ocasión del seminario «Historia y desarrollo del sionismo en Palestina» organizado por la Asociación Cultural Islámica Shiita de El Salvador, se discutió la aproximación desde las ideas políticas y los intereses que hay detrás del sostenimiento de dicha conflictividad: el sionismo. Esta no es la única variable que interviene, el asunto es muy complejo e implica una revisión de la historia.
Comprender la falta de un Estado Palestino, en parte se explica a partir del sionismo como una forma de integrismo, generado por algunos israelíes: es decir, la actitud de defender política y religiosamente la idea que la tierra palestina es para los judíos, bajo el supuesto que Dios les dará la tierra prometida a cambio de honra y adoración. Esta idea, es además abrazada por algunos judíos que hacen parte del sistema del capital global y que empujan desde cualquier lugar del planeta este integrismo. Este pensamiento surge de la cabeza del comerciante húngaro Theodore Herlz quien le dio vida al proyecto sionista (para el gran capital judío) proponiendo la restauración del Estado judío en un pedazo de tierra del planeta, idea que generó una amplia campaña ideológica y que colocó entre sus reclamos a Palestina.

Como resultado, se generó la Declaración de Balfour, el dos de noviembre de 1917, es decir la manifestación formal y pública de apoyo de parte del gobierno británico al plan de un «hogar nacional» para los judíos en la región de Palestina, que en ese momento formaba parte del Imperio Otomano y que posteriormente fue colonia británica. Esta declaración fue el primer apoyo internacional para el sionismo.
El sionismo puso su campaña a rodar con el fin de reunir los requisitos mínimos para la conformación de un Estado en Palestina: reclamar un territorio, generar un sentimiento de nación, «crear» una población: es así que inició la ola de emigración judía a la zona, y luego fue creado por la ONU el Estado de Israel, en un momento en que el mundo consideró a los judíos como las víctimas de la guerra y de los nazis.
Desde la perspectiva de los derechos humanos –entre ellos, el derecho de los pueblos– y aclaramos que no pretendemos deslegitimar el reclamo político a un Estado, pero jamás este reclamo puede hacerse vulnerando los derechos de otros, a través de la manipulación del poder y otros recursos o bien a través de tácticas de tierra arrasada (quema de animales, viviendas, asesinatos, etc.).

La cuestión de Palestina, depende sin dudas de la capacidad de reclamo de quienes están en conflicto por ella y sin duda, los israelíes supieron entender el orden del mundo a través del capital y la industria de las armas, mientras que los palestinos en su tierra o dispersos por el mundo reclaman desde el discurso de la denuncia en un mundo indiferente y con una opinión pública manipulada.

La lección histórica es, sin duda, aprender a cuestionar. Ahora cuando se reclaman los derechos humanos, cuando se simpatiza los derechos de los pueblos, vale la pena preguntarse ¿desde y para quién se reclaman esos derechos? ¿Por qué los derechos de unos están por encima de los otros? ¿Por qué las víctimas se convierten en victimarios? ¿A qué reclamo particularmente histórico responde reconocer a unos y negar a otros un mismo derecho? Sin duda el reto y la respuesta son tareas difíciles. Pero mucho haremos si escudriñamos la historia y nos despojamos del rol de simples receptores de ideas manipuladas.

CMHG

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