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Este es uno de los temas más interesantes del pensador granadino: su arabofilia. Fue uno de los iniciadores del fuerte movimiento de reivindicación del árabe español, frente al absoluto desprecio y negación de los siglos anteriores. Tras él, poco a poco ha ido reconociéndose a los árabes todo lo que de positivo y auténtico, arquetípico y maravilloso aportaron a España.

Este deseo de reivindicación, en Ganivet, es puramente afectivo, no obedece a estudios profundos, sino a un íntimo llamado de la sangre. Es muy significativo que hable de un período hispano-árabe en lugar de nombrar la Reconquista; recalca la unidad de los paralelos procesos: el cristiano y el árabe; eludiendo el aspecto de lucha a exterminio, tan decantado. “España, invadida y dominada por los bárbaros, da un paso atrás, hacia la organización falsa y artificiosa; con los árabes recobra con creces el terreno perdido y adquiere el individualismo más enérgico, el sentimental, que en nuestros místicos encuentra su más pura forma de expresión.“Los árabes no nos dieron ideas; su influjo no fue intelectual, fue psicológico … Así, pues, los que con desprecio y encono sistemático descartan de nuestra evolución espiritual la influencia árabiga cometen un crimen psicológico  y se incapacitan para comprender el carácter español”

Es lo mismo que decía Unamuno : “Usted profesa antipatía a los árabes, y yo les tengo mucho afecto, sin poderlo remediar”. Este “sin poderlo remediar” denuncia el origen de esta reivindicación, de índole exclusivamente afectiva, en la cual confunde e identifica la imaginación árabiga con lo místico “… lo místico es lo español, y los granadinos somos los más místicos de todos los españoles, por nuestro abolengo cristiano, y más aún por nuestro abolengo árabigo”. De ahí su afición desmedida por Africa su continente preferido.

En parte esta afición se halla en los novelistas franceses de la segunda mitad del siglo XIX; especialmente la influencia de Guy de Maupassant en Ganivet es intensa. Ambos presentan idéntica sugestión por una visión arrobadora  del Oriente, por un ensueño de alquiceles blancos y caballos de crines al viento, nutriendo los espíritus de hombres privilegiados.

“Se me antojó de pronto que alentaba en mi interior el alma oriental, el alma poética y legendaria de los pueblos sencillos y de imaginación fogosa”.

Gran interés tiene esta atracción de lo árabe para comprender la visión ganivetiana de la Historia de España. Tras el período hispano-árabe, España alcanza la grandeza, pero se pierde así misma, y lo árabe queda como un símbolo de lo que pudo ser y no fue, como una inmarchita esperanza (lúgubre de tan escondida) de una vuelta a la vitalidad del pasado.

“Luego se sentó (Pío Cid) y se quedó largo tiempo absorto, con los ojos fijos en las costas africanas, tras de cuya apenas perceptible silueta creía adivinar todo el inmenso continente, con sus infinitos pueblos y razas; soñó que pasaba volando sobre el mar, y reunía gran golpe de gente árabe, con la cual atravesaba el desierto, y después de larguísima y oscura odisea llegaba a un pueblo escondido (¿los mayas?), donde le acogían con inmenso júbilo. Este pueblo se iba después ensanchando , y animado por nuevo y noble espíritu atraía así a todos los demás pueblos africanos, y conseguía  por fin libertar a Africa del yugo corruptor de Europa.
“–Africa –gritó de repente; y conforme el eco de su voz alejándose hacia el Sur, desde las costas vecinas, parecía repetir: ¡Africa!, se le iba pasando aquella especie de desvarío”.

Esta es la postura de Ganivet para con lo árabe, y nunca podría recordarse mejor aquel verso del poeta: 
“Tengo el alma de nardo del árabe español”.

Todas las notas pueden consultarse en el libro: Estudios de Filosofía Moderna, Constantino Lascaris Comneno, Dirección General de Publicaciones, El Salvador, primera edición 1966, páginas  133, 134 y 135.


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