Sobre los orígenes del dicho «De la Ceca a la Meca» por Francisco Pérez de Antón


La incorporación del árabe al castellano fue léxica, no sintáctica, y el número de voces que se sumaron a nuestra lengua pasan de cuatro mil. Algunas son fáciles de detectar , como las que, dándoselas de lingüista, menciona don Quijote. Y si algunas como olé y ojalá, relacionadas ambas con Alá, tienen una fonética diferente, se debe al peculiar acento que los cristianos de la España musulmana, los mozárabes, imprimieron a la lengua del Profeta.

La palabra ceca, por tanto, bien podría ser una variante de zaka, cuarta columna del Islam y que significa limosna. Los otros cuatro pilares son la profesión de fe, orar cinco veces al día, ayunar durante Ramadán y peregrinar una vez en la vida a la Meca. Zaka y Meca, por lo tanto, limosna y peregrinación, debieron de ser palabras frecuentes en boca del musulmán, las cuales, algún cristiano chistoso dispuso unir para darles el sentido que hoy le damos.

Pero hay otro posible origen de la frase, menos obvio que el anterior, que derivaría del hecho de que la palabra ceca fuese un nombre propio. En tal caso, ¿era la Ceca una ciudad o un lugar geográfico? ¿Era acaso una persona?
Allá por el siglo X de nuestra era, el emirato hispánico de al-Andalus, hoy Andalucía, se situaba en el cuerno izquierdo de una media luna que abarcaba el Norte de África y se extendía hasta Bagdad, sede del califato o máxima autoridad del creyente. El emirato había sido fundado por un miembro de la dinastía de los Omeyas, huido de Bagdad tras la matanza de su familia por otra rival, los Abasidas. En el término de dos siglos, los Omeyas lograron construir en al-Andalus un mundo solo comparable al de las mil y una noches del que era capital la bellísima ciudad de Córdoba. Con medio millón de habitantes, más de ochenta mil comercios y talleres, culta y a la vez opulenta, ninguna ciudad del Occidente cristiano podía compararse al refinado emporio que se alzaba a orillas del Guadalquivir, y donde científicos, filósofos y poetas se daban cita bajo el mecenazgo y la protección de los Omeyas.

Cuando Abd al-Rahman III llega al poder, en pleno esplendor de al-Andalus, toma el nombre de califa o Príncipe de los Creyentes y dispone separarse de la tutela religiosa de Bagdad. El cuerno izquierdo de la media luna había decidido situarse a la misma altura de su cuerno derecho y proclamarse centro supremo del Islam.

Hasta entonces, la plata y el oro cordobeses eran acuñados en casas privadas que recibían el nombre de «cecas», pero el nuevo califa dispone monopolizar en la suya la acuñación de ambos metales preciosos.

Por razones religiosas y políticas, Abd al-Rahman III emprende también un conjunto de obras públicas, entre ellas una soberbia mezquita de veinte mil metros cuadrados a la que sólo supera en tamaño la de la Kaaba, en la Meca. Y en las cercanías de Córdoba erige una ciudad fabulosa, administrativa y palaciega, especie de Brasilia medieval que pasaría a la historia con el nombre de Medina Azahara. Protegida por doce mil soldados, adornada por seis mil huríes y poblada por un ejército de burócratas , Medina Azahara será también el lugar donde Abd al-Rahman III guarde sus tesoros y construya la ceca de su imperio.
El califato había alcanzado su ápice. El cisma con el oriente musulmán era un hecho consumado. Y si del lado de Oriente se alzaba la Meca, cuna del Islam, en Córdoba, además de una mezquita comparable, estaba la Ceca, es decir, el centro de la abundancia y los metales preciosos.

Esto admitido, «ir de la Ceca a la Meca» encerraría un sentido que desborda el que le damos comúnmente y le daba también Sancho: correr de un lado para otro. Me refiero a ese camino de perfección que supone ir desde la Ceca mundana a la Meca del espíritu. Prueba de ello es que la peregrinación a la ciudad santa del Islam exige al creyente despojarse de todo bien material para entrar limpio y sin más ropa que dos piezas de tela sin coser en la Kaaba, la morada de Alá, el recinto del alma.

Al decir esto estoy consciente de que se trata de una conclusión provisional que debe tomarse con muchas reservas, pero yo quiero creer que el dicho va más allá de ese juego de palabras nacido de la cercanía fonética entre zaka, ceca y meca.

Fuente:
Chapinismos del Quijote, editorial Santillana S.A., Ciudad de Guatemala, 2005, páginas 87 a 90.

Autor: Francisco Pérez de Antón

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